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Juguetes que piden versus juguetes que molan

A veces, tenemos que perdernos para encontrar el camino. A veces, tenemos que tener expectativas para poder avanzar.

Una vez acabadas las navidades he querido hacer balance de lo que han supuesto los regalos, no sólo por el coste material, sino por la satisfacción emocional.

Cuando deseamos algo, y nos ilusiona, puede que simplemente nos inspire, que lo usemos todos los días, que no sea lo que esperábamos o que supere nuestras expectativas.

Esto mismo les pasa a los peques cuando reciben los regalos. Pero sin filtro emocional… Y mientras los abren, ahí estamos nosotros esperando nuestra recompensa: su sorpresa, alegría y entusiasmo.

Aunque no siempre es así.

A veces, lo que deseaban hace una semana o 15 días ya no es lo que quieren. A veces, se lo imaginaban de otra manera, de otro tamaño, con otras características… Y sus caras muestran decepción, tristeza, enfado.
Para eso no solemos estar preparados. Y es que en el fondo creemos que la magia navideña siempre va a “acertar” y responder a los deseos del peque.

Por mucho que pensemos que ciertos juguetes serán más utilizados o aprovechados (en nuestro caso: puzzles, disfraces, construcciones de madera…). Siempre habrá juguetes que desean y piden y no sean de nuestro agrado (en nuestro caso: power rangers y transformers). Sin embargo, también son necesarios.

Por qué? Muchas veces son un nexo entre compañeros para jugar o iniciar una conversación. Otras veces, son un deseo de alcanzar un status en el grupo, como un reclamo, tengo este juguete para que vengas a jugar a mi casa.

También nos debemos preocupar por encontrar un equilibrio entre los que piden y los que necesitan. Recordando siempre que el mejor juguete es el que nos aporta tiempo de calidad juntos.

Termino con una frase que compruebo cada vez que mi casa se ve invadida por juguetes: “Cuanto menos estructurado es un juguete, más facilita la imaginación del niño”.

Y así… Mi salón está siempre lleno de cajas de cartón, recortes de papel, pinzas de la ropa, gomas elásticas y cinta de carrocero.

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Llorar o no llorar: esa es la cuestión

Cuando salíamos de entregar la carta a sus Majestades de Oriente, detrás venían dos mamás con sus respectivos carritos, en uno de ellos venía un bebé de unos 18 meses llorando desesperadamente. La conversación entre ellas fue descorazonadora e inquietante:

Mamá 1: qué le pasó?
Mamá 2: nada, que tiene mamitis!
Mamá 1: mujer estará cansado, tanto ruido y tanta gente…
Mamá 2: de eso nada, todos los días igual, mamá para todo y a todas horas y si no venga a llorar, estoy harta. Es un pesado. Un llorón.

Y a mí se me rompía el corazón de oírlo llorar así. Se lo digo a mi marido. Y la conversación fue más o menos así:

Papá: Es tu hijo?
Yo: No pero, me da pena igual.
Papá: Pues que no te dé. Si a ella no le afecta a ti tampoco. Cada uno decide en su casa.
Yo: Si a ella no le afecta el llanto desesperado de su propio hijo, el de los demás mucho menos.
Papá: exactamente.

Entonces me pregunté: El método Stivill es responsable de la falta de valores de nuestra sociedad?

Si no somos capaces de empatizar con el sufrimiento de nuestro bebé porqué íbamos a empatizar con nadie?

Qué tipo de sociedad queremos? Qué tipo de personas queremos? Si siento que soy una molestia y un estorbo para mi madre y que no tengo modo de comunicarme con ella, en quién voy a confiar cuando crezca?

Para qué tienen hijos e hijas algunas personas?

No alcanzo a comprender cómo alguna gente es capaz de informarse y contrastar opiniones, pensar y tomarse el tiempo necesario para decidir el color de las paredes de su casa pero luego decide tener un bebé sin sopesar las responsabilidades que tendrá que asumir.

Y así nos va… En esta sociedad tan igualitaria y desarrollada cualquier forma de criar que implique querer estar con tu bebé, llevarle a todas partes e integrarle en tus ritmos y modos de vida se convierte en un acto transgresor, en una reivindicación de la visibilización de la maternidad.

Y así, somos las madres que no dejamos llorar a nuestros bebés las que tenemos que dar justificación de todo lo que hacemos, rendir cuentas de todo lo que decidimos, explicar cada cariño y expresión de afecto.

Y sin embargo, quienes ignoran los llantos son objeto de loa y ensalzamiento. Heroínas y perfectas!

Para mí tan sólo son el símbolo de una sociedad enferma, cuya única cura es la visibilización del afecto, del amor, de lo bueno de la vida.

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Maternidad y feminismo

Empiezo este cuaderno con una reflexión sobre mi maternidad, en la que me gustaría exponer mis posturas feminista y ecologista.

En primer lugar, quiero dejar claro que esto no es una justificación, desde que nos quedamos embarazadas la sociedad nos infantiliza y nos cuestiona cada decisión que tomamos en el proceso de gestación y puerperio. Pasamos de ser adultas capaces y responsables a ser unas locas hormonadas e hipersensibles. Mi postura al respecto es que la sociedad debería apoyarnos y facilitar toda la información sin esos aires paternalistas. La maternidad es nuestro mayor poder y como tal debe ser tratado.
Y esto significa asumir una gran responsabilidad, por lo que hacerlo sin miedo, de manera consciente e informada será la manera que nos dará fuerza y templanza para soportar perder el control. Porque la primera cosa que aprendes como madre es que la vida es la que controla y que nosotras somos sólo dueñas de nuestras decisiones. La capacidad de improvisación, de resiliencia, de adaptación a los cambios es la que nos permite avanzar, fluir con la vida.

Por tanto, cuando la sociedad nos infantiliza, en realidad nos impide fluir, nos obliga a luchar por el control, nos desorienta y confunde. Esto debería cambiar. Nuestra sociedad sería más fuerte y justa con madres empoderadas y resilientes.

En algún momento, el patriarcado se dió cuenta de esto (intuyo que en la edad media) y encontró múltiples formas para controlar y oprimir a la mujer y despojarla de su poder y sabiduría. Y trasladarlos a los hombres… Así debieron de nacer la medicina, la educación, la economía… Campos del conocimiento que nos pertenecían y que nos daban gran poder.
Y en algún momento, (intuyo que en el siglo XIX) esta opresión se llevó también el apego… Así debió nacer la psicología.

El feminismo forma parte de mis valores porque reivindica la igualdad de derechos entre hombres y mujeres pero eso no significa que seamos iguales. Y de hecho, somos diferentes, en muchos aspectos y en algunas necesidades.
Durante la maternidad he tenido que revisarme a mí misma a cada paso, en cada decisión importante. Me he descubierto pensando que lo que más me importa es mi familia, mi tiempo en familia es mi mayor tesoro y muchas veces me he preguntado si esto es así por la educación que recibí, por mi bagage cultural, por la sociedad patriarcal en la que vivo… Y siempre me respondo que no. Que soy así. Que siento así… Se pueden modificar las conductas, se pueden manipular los pensamientos pero: qué pasa con los sentimientos?

Responda lo que responda, al final siempre llego a la misma conclusión, lo importante es que podamos elegir. La libertad es una elección. Y cuando dicha elección ha sido sin coacciones es totalmente respetable, tanto si queremos vivir solas, acompañadas, con carrera profesional, con familia o sin ella. Lo que cuenta es que podemos hacer esa elección y no deberíamos tener que justificar cada paso del camino a las demás.

Entonces, desde una perspectiva feminista vale cualquier tipo de maternidad?

Personalmente creo que cada madre vive su maternidad de diferente forma, yo he elegido criar de forma natural y con apego. Y esto también ha sido una elección meditada e informada.

La crianza natural fundamentada en la lactancia materna, el porteo y el colecho ha sido mi forma de entender la maternidad, la forma que respeta mis valores e ideales porque es la que menos impacto ecológico genera, porque es la que me aporta seguridad en mi relación con mi familia y porque es la que me conecta con el mundo y la naturaleza.

En esto mis valores ecologistas han pesado mucho, al apostar por la lactancia materna, el alimento lo produzco yo, sin intermediarios, sin tóxicos, sin explotación animal, sin transportes largos y costosos. Totalmente adaptada a las necesidades del bebé.
Además, te despojas de multitud de trastos e inventos a cada paso que doy, me hacen falta menos cosas: no necesito: biberones, tetinas, chupetes, esterilizadores… Ni tampoco el espacio para guardarlos, ni los recursos para calentarlos, limpiarlos.
Con el porteo, el bebé va pegado a mí, en una postura que facilita su maduración y el contacto conmigo me da la tranquilidad de saber (o al menos intuir) sus necesidades con rapidez. Y nos ahorramos los carritos, capachos y sillitas.
Con el colecho facilitamos la lactancia materna y los vínculos familiares. Y nos ahorramos la cuna, la minicuna, el Moisés, las sabanitas, las chichoneras, los miniedredones… Y el espacio y su montaje.

Y cuando empiezas ya vas descubriendo más: los pañales y las compresas de tela. La alimentación sin papillas.

La vida sin consumismo es más sencilla.

Y el apego me conecta con mi parte más humana y sensible. Me obliga a estar al 100% con mis hijos, aquí y ahora. Me obliga a aprender a respetar y a respetarme a mí misma. Me veo a través de sus ojos y veo cuánto tengo que desaprender, cuánto por mejorar.

Cuando hablo de esta forma de criar algunas personas tienden a confundir términos… Para algunas parece que estoy malcriando, consintiendo o educando sin límites.

Y no es así, se trata de criar desde el respeto, desde la comprensión y desde el afecto. Se trata de entender que todas esas cosas molestas que hacen las niñas, y los niños, son para aprender, o porque forman parte de su desarrollo, o porque necesitan conectar con nuestra esencia. Significa que tenemos que estar: aquí y ahora. Y al 100%. No les vale que estés pero con la cabeza en otra parte, o que estés pero planchando ropa.

El apego me empodera como mujer, la lactancia me empodera como mujer, la crianza me empodera como madre que soy y que he venido a este mundo a dejar mejores personas. Que sepan respetar y ser empáticas, asertivas, sinceras, auténticas y seguras de sí mismas.