Cuando perdemos el centro de gravedad: Mi breve historia de parto

Cuando estaba embarazada todo el mundo me hacía las mismas preguntas, que forman parte del protocolo patriarcal para infantilizar a las embarazadas: para cuando? Ya sabes si es niño o niña? Tienes todo preparado? Como se va a llamar? No te da miedo el parto?…

Y yo siempre daba las mismas respuestas, pensando que era una mujer feminista y liberada: para cuando quiera. Lo importante es que venga con salud. Nunca se está preparada. Ya veremos. El parto pasa, me da miedo lo que viene después.

Y debo decir que aún me asusta.

En mi primer parto me robaron mi momento piel con piel. Esto es un hecho. El primer momento especial de mi maternidad se lo llevaron los protocolos hospitalarios. Tal vez eso explique mi puerperio de leona.

Con mi primer hijo, iba preparada para casi todo, menos para que se lo llevarán. No hubo un sólo día que no saliera llorando de neonatos… Destrozada! Sin poderlo abrazar y amamantar todo el tiempo que me dió la gana… Me lo dejaban con cuentagotas como si me hicieran un favor, como si no fuera mío, como si lo hubieran parido las matronas y yo fuera una loca secuestradora.

Pasé un puerperio de loba-leona-cocodrilo! Que nadie lo toque! Es mío! Sólo mío! Es mi pedazo de cielo! Mi luz! Mi vida! Mi esencia!
Me lo quitaron 5 días pero me voy a asegurar de que no me lo vuelvan a quitar… Me pasó lo que pasa siempre que no tengo información, que no sé de qué va el tema, que me vence el miedo o el sistema: que cuando no tomo mis propias decisiones, vienen a tomarlas por mí, y no son mis intereses los que prevalecen.

Aún me resbalan las lágrimas cuando lo recuerdo.

Sin embargo, como si de un sádico ritual iniciático se hubiese tratado, renací como madre empoderada. Saqué una fuerza y una determinación sorprendentes, que me llevaron a buscar información tanto externa, como interna. Me enfrenté a mis miedos y me prometí a mí misma que mi siguiente parto sería consciente. Que mi maternidad sería así: consciente y responsable. Resiliente pero asertiva. De pronto: maduré.

Y así, llegó mi segundo embarazo y mi segundo parto me reconcilió con el mundo. Fue sanador y cicatrizante. Tuve el parto que yo quería y salí aún más empoderada porque no sólo me sentí llena de razón y alegría.
Me sentí completa por primera vez en toda mi vida. Me sentí viva y agradecida. Comprendí esa conexión universal y mística que tenemos de madres a hijas e hijos. Me até a la tierra y dejé de huir. Por fin, había llegado a casa.

Entonces me entró una fiebre de perfección… Mi vida era tan plena que no quería que nada la perturbara. Me resistí al cambio y me volví una maniática del control.

Y ahora… Ahora me voy relajando poco a poco, me estoy volviendo como un junco al viento. Estoy aprendiendo a soltar las riendas aunque me cuesta y a veces me paso y peco de hedonista.

Pero mantengo mi objetivo y sigo siendo una madre responsable, consciente y cada día un poco más asertiva.

Si yo pude, si yo puedo: tú también!

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