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El nuevo paradigma de las abuelas

Llevo tiempo pensando en cómo escribir esta entrada desde el respeto y el cariño. Desde la comprensión y la humildad.

Las abuelas y abuelos de hoy en día forman parte de lo que yo llamo “Generación Colador”. Me explico: pertenecen a unas generaciones a las que les han colado de todo: la transición, la democracia, el estado de bienestar, las bondades de la guerra por la paz, el neoliberalismo emancipador, el futuro del progreso tecnológico… De todo, y es que 40 años de dictadura hacen que de cualquier cosa surja la esperanza.

Y entre todas estas cosas: el método Ferber, hoy rebautizado Estivill.

Tanto es así, que ante las figuras de autoridad (médico, pediatra, enfermera, profesora, jefe…) todo lo que saben hacer es asentir y agachar la cabeza, todo espíritu crítico queda diluido en charlas de bar o peluquería… Y claro, a nosotras, esto nos queda… Lejos, lejos… Lejísimo!!

Para mí, reclamar mis derechos, y exigir respeto es tan habitual como comer o dormir… Y eso es mérito suyo claro, porque fue su mérito acabar con la dictadura (o fue la enfermedad? O a lo mejor fue suerte!). Pero lo que sí nos dieron fue la vida y cierta libertad para tomar nuestras decisiones.

Ahora, que ya son abuelas y abuelos, y sobretodo las abuelas (al menos en mi caso) y estaban esperando su momento de “malcriar” a sus nietos y nietas, llegamos nosotras y nuestros parejos a quitárselo porque hemos decidido hacer las cosas de otra manera y criar de forma responsiva, natural, con apego… Sus cables cortocircuitan. Porque éste era su momento! Y nosotras les cortamos el rollo de raíz!

Pero claro, nosotras no somos figuras de autoridad, somos sus hijas, sus hijos, sus nueras, sus yernos… Y ya se armó el pollo!
Porque donde ellas callaron y agacharon la cabeza, nosotras nos mantenemos firmes y hacemos valer nuestro derecho a criar a nuestra manera. Sin filtros. Sin yugos. Sin miedo.

Aunque claro, queremos ser asertivas en plena explosión hormonal y eso cuesta un mundo. Y a mí, antes de desayunar me cuesta un universo. Pero para poder sobrevivir tenemos que escoger nuestras batallas.

Y esto va en función de nuestras personalidades, gustos, manías…
Yo no soy especialmente quisquillosa pero claro, también tengo mis rutinas… Como todas! Y ahora que tengo a mi suegra en casa unos días, me vuelve loca… Algunas dirán que exagero, otras que me quedo corta pero es agotador tener a una persona detrás de ti diciéndote lo que deberías hacer desde que te levantas hasta que te acuestas.

Claro que lo hace desde el cariño y con la mejor de sus intenciones pero eso no quita que la mitad de los consejos (por no decir el 80%), son mitos, chorradas, mentiras o chantajes emocionales. En mi selección de batallas, lo que más centra mi atención es precisamente esto último: el chantaje emocional.

Me parece la más vil de las vilezas.

Me pone histérica. Me saca de mis casillas. Me enfurece. Ver y oír como le dicen a tu hijo o a tu bebé:

Me das un besito que si no lloro. No seas malo y ponte el abrigo. O ya te dije que te ibas a caer, no me haces caso y luego te haces daño

.
Me pone negra.
Y el colmo es cuando le dices a ese familiar que no te gusta y te suelta: “Si no quieres mi ayuda me marcho y ya está”. Vaya, oye que la ayuda te la agradezco mucho, pero esas cosas no las digas. “Es que no se puede decir nada contigo!! Tenéis muy poco aguante!! Si era una broma!! Que no se va a traumatizar!! Tiene que aprender lo dura que es la vida!!”.

Cuando me encuentre otra vez con ánimo, escribiré otro post para profundizar más en el tema porque creo que da para un libro. Pero empezar por esta breve entrada es todo un desahogo y para qué negarlo: una sana canalización de toda la frustración acumulada. Espero recordar todo esto cuando me toque ser abuela y suegra.

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Mi vida con superpoderes: de Mujer Invisible a Hulka

Hace años jamás me habría imaginado que mi vida llegaría a ser lo que es ahora. Ser “ama de casa” es el trabajo más ingrato y agotador que he tenido hasta el momento.

Y lo peor no es la falta de remuneración salarial. Lo peor es que consiste en repetir anodinas tareas repetitivas que pasan desapercibidas a los ojos del mundo entero. Ahí comienza el superpoder de la mujer invisible… Estás todo el día haciendo cosas, luchando contra el caos, sin parar ni para ir al baño (al menos yo sólo voy por oportunidad) y cuando llega la noche y caes rendida en el sofá, suspirando.

Tu parejo pregunta: qué te pasa?
Y respondes: Nada, es que estoy agotada.
Y él (inconsciente temerario): De qué?

Ahí es cuando te posee Hulka, si es que no te invadió antes, cuando tu hija no se quiso poner el pañal por enésima vez, o tu hijo te lleva diciendo que no (a todo literalmente) todo el día.

Porque incluso en esos días que no “haces nada” resulta que has dedicado todo tu tiempo a cuidar a tu peque enfermo, o a hacer las mil llamadas atrasadas.

No recuerdo ya donde lo leí: “En la vida, debemos tener cuidado porque si no, la lista de cosas urgentes se lleva el tiempo de la lista de cosas importantes”.

Yo vivo en medio de un montón de listas que nunca se acaban… Y al final del día, pocas veces recibo un mísero agradecimiento por hacer todo lo que hago. Es más, lo que me suelo encontrar son un sinfín de quejas y exigencias.

Echo de menos mi ciclo menstrual. Parece una locura, y que no tiene nada que ver con lo que explico aquí pero creo que era algo que me ataba al presente, me hacía consciente del paso del tiempo. Me obligaba a vivir el momento. Me ayudaba con la gestión de las emociones. Me limpiaba y purificaba en cuerpo y ánimo.

Ahora me siento pesada, como si mi sangre estuviera turbia y llena de plomo. Y paso de 0 a 100 en un instante. Estaré menopáusica!?

Pues he leído mucho. Y resulta que no. Pero al no tener el ciclo menstrual puedo mostrar algunos síntomas de la menopausia. Como los cambios de humor, insomnio, sofocos…

Si es que ya lo dicen en Spiderman: “Todo gran poder conlleva una gran responsabilidad”

Y al revés?

Todas estas responsabilidades que asumimos como nuestras nos dan poder? Nos lo quitan? Nos embaucan y son un espejismo?

Echo de menos mi menstruación y poder echarle la culpa de mis malestares, de mis cambios de humor, de poder quejarme a gusto y tener una excusa para comerme una tableta de chocolate o una caja de bombones.

Pero la responsabilidad me empuja, no me permite descansar si estoy enferma. Ni dormir cuando me caigo de sueño. Ni tampoco procrastinar cuando necesito evadirme. Ahora sólo me falta controlar a la bestia verde cuando tengo que dejar mis necesidades aparcadas. Y habré conseguido el verdadero superpoder: paciencia infinita…