aceptación, duelo, familia, muerte

Mil aspersores

Y al final… Se murió mi padre… Se lo llevó la diabetes y un sistema sanitario lleno de recortes.

Si para despedirme de su pie necesité la lluvia reparadora de un aspersor… Ahora me harán falta mil… Un millón… Innumerables!

La muerte inesperada de un ser querido es algo trágico. Te deja en estado de shock. En una especie de nube de incredulidad. Te mueves entre la pena, la rabia y la sorpresa.

Y en ese mejunje te toca lidiar con muchas cosas. Te toca tomar decisiones rápidamente. Y todo el mundo a tu alrededor tiene algo que explicarte.

En un velatorio hay abrazos que te reconfortan y otros que necesitan consuelo. Se mezclan muchas emociones y te sorprendes de cómo la energía va a dónde se la necesita.

En medio de ese tumulto yo sólo quería meterme en mi cama y despertarme al día siguiente deseando que todo fuera una broma macabra. Una pesadilla horrible.

Pero no.

Ahora que ya han pasado unos días y la pena está dejando más sitio al enfado… Necesitaba escribir algunas sensaciones y percepciones.

La muerte es tabú. Es incómoda. Es molesta. Parece de otro mundo… Mi corazón arde y a la vez está como apretado.

Los abrazos reconfortan. Pero la soledad alivia. El duelo necesita ambas cosas.

Dos personas tendrán formas absolutamente diferentes de entender las voluntades de quien ha muerto. La esencia nos trasciende de maneras muy distintas. Lo que para una es importante para otra persona es una nimiedad.

Y viceversa…

La mayoría te quiere explicar lo que tienes que hacer. Lo que TIENES que hacer.

Algunas personas querrán aprovecharse y sacar réditos a costa de tu estado post-traumático.

Algunas personas te demostrarán que están ahí también para los malos momentos. Y con eso: llega.

Repartir una herencia es demoledor. Es un ejercicio de cuasicanibalismo. Estoy segura de que mi padre lo sabía y no quería que yo viviese este trance horrible. Si lo pienso mucho no quiero nada. Lo quería vivo. Lo demás son sólo cosas.

Pero, si lo siento un poco. Lo quiero todo. Y lo quiero repartir como yo quiera, para que permanezca su legado y llegue a quien más me importa: mis peques.

Mi padre no dejó una gran fortuna pero nos dejó un tesoro incalculable.

La administración lo pone todo muy difícil. El papeleo es inmenso, engorroso y poco claro.

Y si te descuidas te deja con una mano delante y otra detrás.

El protocolo cuando sucede un fallecimiento en el hospital es atroz. Es doloroso, inhumano, cruel y sin tacto. En mi opinión deberían poner a trabajar a tod@s es@s psicólog@s.

Por mucho que quieras ayudar… Al final, lo que cuenta no es la intención sino el resultado. Piensa un poco antes de decir algo.

La prisa sólo dificulta el proceso. Y sí, es un proceso… Para algun@s más largo que para otr@s.

Hoy ya no siento sólo pena, siento rabia, indignación y enfado porque mi padre para mí era una persona muy diferente a cómo la veían otr@s.

Mí padre fue un gran padre, un mejor marido, un profesor estupendo y una buena persona. Era alegre, con sentido del humor, le gustaba disfrutar de la vida, fue un trabajador incansable, consciente, responsable y comprometido.

Ojalá pudiera ver todo el cariño que sembró estos años.

Mil aspersores serán pocos.

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