LO QUE NUNCA TE CONTARON DEL ASCO

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Si te pregunto por algo que te provoque asco, es probable que tu primera reacción sea pensar en algo viscoso, maloliente, residual. Y es muy común. Es lo lógico. la naturaleza nos ha dado la emoción del asco para sobrevivir a venenos, enfermedades y tóxicos.

Seguramente una de las cosas que más asco nos da a cualquiera es el agua putrefacta. Y es por eso, porque nuestros antepasados si bebían agua en mal estado se morían, pero es que además se morían de una forma muy asquerosa: entre vómitos y diarreas. Otra cosa que nos repugna enormemente.

Puede que a estas alturas ya hayas decidido dejar de leer porque te empiece a dar vueltas la cabeza. Pero espera, te pido un par de líneas para explicarte la evolución que ha tenido esta emoción en nuestra genética y cultura, a través de nuestra historia, hasta su sentido actual.

En el último artículo te hablaba de la presión de grupo, como un mecanismo poderoso para mantener a la comunidad unida, y es precisamente el asco, la emoción que juega un papel importante en este engranaje, ya que es la emoción que puede hacer que un individuo trascienda una conducta perversa y modifique la dinámica de la tribu.

Cada vez que sentimos que un hecho es injusto, la emoción que primero se activa es el asco, aunque luego de paso a otras como la tristeza o el enfado. Porque cuando algo nos parece inaceptable lo que se nos remueve por dentro, nos está avisando de que algo va a ser dañino o perjudicial para nuestro ser. Exactamente lo mismo que con un olor nauseabundo.

De hecho, en 1938, Jean-Paul Sartre escribió una novela reveladora llamada “La náusea” en la que su protagonista sentía esta sensación todo el rato como reacción a la doble moral que le rodeaba.

Algo en su interior pedía a gritos que se revelase ante la presión social existente en la que todos se hacían pasar por hombres de moral intachable cuando en la intimidad cometían actos despreciables.

Y hablando de desprecio, este sentimiento también bebe del asco, aunque pensemos que es la máxima expresión de la indiferencia, en realidad es el asco de quien se cree superior y/o se siente mejor que esa persona a la que mira con desprecio.

Y este sentimiento es muy poderoso en los procesos de bullying, acoso, maltrato…

Porque es también un mecanismo de protección atávico el excluir del grupo a quien “aparentemente” no tiene nada que aportar, o que claramente tiene sus capacidades mermadas.

Y seguramente, en algunas sociedades, la única forma de mantener la estabilidad grupal fuera condenar al ostracismo a las personas que mantenían conductas disruptivas.

Sin embargo, en una sociedad civilizada y justa, sabemos que la diversidad enriquece, sea del tipo que sea, tanto de género, de raza, de capacidades cognitivas, de funcionalidad, de cualquier cosa que se te ocurra.

Por eso es fundamental que el sistema educativo evolucione y diseñe nuevas articulaciones para integrar dichas conductas y destierre la mecánica del abandono, del mirar hacia otra parte, de escurrir el bulto, de mantener la autoridad por encima de cualquier otra cosa.

Necesitamos personas asertivas, diversas, negociadoras, con habilidades sociales y una gran capacidad creativa.

Nadie sabe cómo va a ser el futuro.

No sabemos qué profesiones serán punteras.

Ni tan siquiera sabemos si el aire podrá respirarse.

Lo que sí sabemos es que la violencia como mecanismo resolutivo del conflicto no funciona.

Necesitamos más dinámicas win-win.

Necesitamos líderes que entusiasmen, que unan a la gente, que sepan delegar y motivar equipos. Vivir bajo el yugo del miedo y el placer inmediato está dejando de ser productivo.

Genera mucho trabajo en vacío.

Genera más gasto social que de consumo.

¿Y en casa? Pues lo mismo, necesitamos identificar y aceptar nuestras emociones, aceptarlas, buscar la manera de enfocarnos en las soluciones y practicar las habilidades sociales básicas.

La represión emocional que llevamos arrastrando todos estos años de poco o nada nos ha servido, porque negar lo que sentimos nos lleva al bloqueo. Sin embargo, hemos logrado comprender que este no es el camino.

Y para ello necesitamos estar. Pero estar de verdad. Para conectar. Para tener oportunidades de comunicación. Para cambiar. Estar es imprescindible. Sin presencia la conexión es inútil.

¿Y entonces, es el asco importante? ¿Yo no suelo tener ascos? ¿Seguro? En mi día a día me encuentro con multitud de situaciones molestas: gente que molesta en la carretera, gente que molesta en bares y restaurantes, gente que molesta en las redes sociales.

Muchas personas están soportando situaciones insufribles en su casa, en su trabajo, en su escuela, en su vida familiar. Y aguantan cada día, ignorando todos las señales de asco que refleja su cuerpo.

El asco produce una gran infelicidad. Provoca gran malestar cuando se cronifica. Y nos acaba frustrando y/o amargando. Identifícalo y escucha qué te intenta decir.

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