Lactante distraido

¿Para qué sirven las tetas?

Estamos en la Semana Europea de la Lactancia Materna y me apetece hablar de un tema muy tabú sobre el uso que le damos a nuestras tetas. Voy a dar respuesta a la pregunta: ¿Para qué sirven las tetas?

Puede parecer una pregunta sencilla pero encierra muchos tabúes en nuestra sociedad. Las mujeres occidentales llevamos muchos años, décadas, aprendiendo que las tetas son otro órgano sexual, y en parte así es, algunas mujeres jamás las usarán con otro fin que el de el propio placer sexual.

Sin embargo, la naturaleza le ha otorgado otras funciones de vital importancia para nuestra supervivencia. La principal es la de producir alimento para nuestras crías. Pero no sólo alimento en sí: nutrientes, líquidos, vitaminas, grasas, etc. La leche materna transporta defensas, bacterias vivas, se adapta a las necesidades de nuestro bebé. 

De hecho, durante la lactancia (sobretodo al comienzo, durante la exterogestación) el cerebro de la madre regula la homeostásis de su bebé. Eso significa que hasta las hormonas del bebé están, en parte, reguladas por el cerebro materno. Por tanto, la implicación de la madre en la crianza llega a niveles físicos, psicológicos, mentales y emocionales. Y es algo programado por la naturaleza. Somos mamíferas.

Chapas de la Asociación Teta e Coliño
Chapas de la Asociación de lactancia y crianza Teta e Coliño

¿Y cuál es el problema?

Pues el problema del que quiero hablar es el tabú que existe en nuestra sociedad sobre la sexualidad. Y en concreto, sobre la sexualidad femenina.

Ojo: sexualidad que no sexo. La sexualidad engloba mucho más que el sexo: la amistad, el cariño, el deseo, la pasión, la fraternidad, la camaradería, el aprecio…

Y hablar de esto es tabú.

Y compaginar el amor por tu bebé con el deseo sexual es complejo. Porque nos genera un gran rechazo sentir excitación sexual cuando alimentamos a nuestro bebé. Esto creo que es fácil de comprender pero es realmente difícil de exponer sin tergiversaciones, malas influencias, juicios o exageraciones.

Hace años cuando estudiaba para ser asesora de lactancia, investigué mucho sobre la “agitación en el amamantamiento” y en concreto sobre sus causas. Era un tema tan tabú que hasta mis profesoras evadieron mis preguntas con un: si llega ese momento entonces es momento de destetar.

Así que leí, mucho. Todo lo que encontré al respecto. No fue mucho. Hoy ya puedes leer sobre el tema aquí, aquí o aquí. También leí algún estudio antropológico después de mucho buscar y buscar, pero no daban respuesta a mi pregunta: ¿Por qué sucede la agitación por amamantamiento?

Tengo la teoría de que además del cansancio, o de las hormonas, entran en juego también nuestras creencias culturales. Y es que vivimos en un sistema en el que no tenemos ni educación sexual, ni emocional, ni social.

Y además parece que a nadie le importa. ¿Para qué buscar las causas si podemos parchear los síntomas? ¿Para qué encontrar los orígenes si podemos decir a las madres que no se sientan culpables?

Y es que es lógico que te sientas culpable cuándo sientes un impulso visceral a negarle el pecho a tu bebé, o a tu hija de más de 2 años, o a tu hijo de 4 años. Porque como madre sabes todos los beneficios que le aporta pero como mujer una parte de ti necesita restablecer su sexualidad y las soluciones que te dan apelan al descanso, al destete, a tener paciencia.

Sé que es complicado separar sensaciones. Es difícil mantener separadas la excitación sexual y el placer del amamantamiento cuando la sensibilidad de tu pezón es tan similar. Y ahí estás tú sintiéndote la peor madre del mundo, sin comprender qué pasa, navegando por las soluciones que te dan pero sin profundizar en ellas, no vaya a ser que de pronto conectes con tu mamífera interna y sitúes tu propio placer en el centro de tu sexualidad.

Estamos en la Semana Europea de la Lactancia Materna y el lema de este año es: ¡Empodéremonos! ¡Hagamos posible la lactancia materna! Así que me ha parecido apropiado hablar de este tema: Lactancia y sexualidad, dos funciones de nuestras tetas. Y dos partes importantes de la sexualidad de la mujer. Por tanto, resulta imprescindible hablar de ambas cuando pretendemos un empoderamiento colectivo al respecto, ¿o no?

Manzana caída
Manzana caída

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Familia

Problemas emocionales e instituciones públicas

Llevo toda la semana preguntando en mi muro personal de Facebook sobre problemas emocionales. ¿Por qué?

¿Crres que el sistema educativo/sanitario/judicial está preparado para solucionar problemas emocionales?
Preguntas en Facebook

En primer lugar, porque veo grandes carencias en nuestra sociedad al respecto. Y tal vez sea el momento de llenarlas. La educación emocional está dando gran valor a nuestras vidas, está resolviendo multitud de situaciones, y veo que sería de gran utilidad para todas las familias que “se pusiera de moda”.

En segundo lugar, porque desde hace años veo que lo mejor para solucionar problemas (sean del tipo que sean) de una manera eficaz es trabajar en la prevención. Si evitas el problema, si no lo generas, pues fenomenal: sufrimiento que nos ahorramos todos.

En tercer lugar, porque mientras no exijamos regeneración, mejoras o actualizaciones: el sistema se va a resistir a cualquier cambio. Y sinceramente, está en juego nuestra salud y la de nuestras familias.

Una amiga, muy sagaz, me preguntó: ¿Qué es un problema emocional?

Bien, es una pregunta certera, las palabras sin significado concreto dan lugar a malas interpretaciones y malos entendidos. Es algo que sucede hasta con conceptos aparentemente sencillos y hasta con características físicas como una plaza o un parque; así que sin duda sucederá con un concepto abstracto como “problema emocional”.

Para mí existen diferentes expresiones de un problema emocional.

  • Puede ser que una emoción te embarga y no eres capaz de salir de ella, como por ejemplo la tan temida “rabieta” de un niño de 2 años.
  • Puede ser una emoción bloqueada, que no se ha dejado salir, acompañar o transitar, como por ejemplo esa frustración que sientes cuándo una persona importante para ti te ha dado varios plantones pero tú no le has dicho nada, ni mucho menos mostrado tu malestar.
  • Puede ser una emoción que encubre a otra, como por ejemplo una tristeza que enmascara un enfado o un enfado que está ocultando un profundo asco, y entonces no sabes qué es lo que te está pasando.
  • Puede ser que te han enseñado a poner el foco en el lugar equivocado, durante muchos años, y ahora no eres capaz de respirar sin un amuleto, un placebo o un medicamento, porque lo bueno de la vida queda oculto y sólo eres capaz de ver lo malo, lo peligroso, lo nauseabundo.

En cualquier caso, un problema emocional nos genera desasosiego y malestar. Por tanto, es importante que aprendamos a gestionarlo, solucionarlo, acompañarlo, transitarlo… Existen muchas formas de expresar lo mismo, y dentro del ámbito de las emociones podemos emplear cualquiera de estas formas. Pero al final, lo realmente importante es que tú y yo necesitamos ayuda muchas veces y vamos como pollo sin cabeza: rebotando de un lugar a otro, sin saber a quién acudir.

Porque las instituciones (sean de la titularidad que sean: públicas, privadas o concertadas) no están dando soluciones efectivas a nuestros problemas emocionales. De hecho, como muchas personas han comentado, “en multitud de casos se dedican a generar más”.

Y aquí es cuando un problema se convierte en la Odisea de Ulises. Porque resulta que tu hijo llora cada mañana para ir al colegio, o más bien para no ir. Y hay días que hasta se aferra a la pata de la cama. Y tú te desesperas.

Y tu pareja se desespera.

Y vas a hablar con el tutor: “Nada. Aquí está todo bien”. “Es cosa vuestra. Lo tenéis sobreprotegido”. “Está muy mimado. Os torea”. (Pon aquí la frase que más te convenga)

Y aquí empieza una cascada interminable de conflictos.

Uno se fía del criterio ajeno y otro se fía de su intuición y de los lamentos de su retoño.

Discusiones.

Tensión.

La primera institución que debería haber aportado soluciones, crea problemas. La escuela es el pilar fundamental de la educación y de la socialización entre iguales. Y en educación emocional está anclada en el siglo XVIII, es que ni siquiera ha llegado el siglo XIX a ella. Y encima cuando hablamos de neuroeducación se inventa un montón de mitos para permanecer estancada.

Llega un momento en el que te encuentras mal. Tu pareja también. Tu hijo empieza a tener regresiones, no quiere crecer, quiere volver a ser un bebé. ¿Y qué haces? Acudes a la médico, al pediatra, tal vez a un psicólogo o psiquiatra.

Medicación para toda la familia en un abrir y cerrar de ojos.

La tensión va en aumento. Nadie te entiende.

Tu hijo te preocupa.

Tu pareja te preocupa.

La escuela te preocupa.

La segunda institución implicada en la obtención de soluciones, guía o como mínimo información te ha fallado estrepitosamente. Es verdad que la medicación te mantiene “calmada” al menos una gran parte del día pero no ves avances.

Tal vez, si tienes la suerte de poder pagar la terapia, veas la luz al final del túnel, o puede que te ayude a relativizar lo que le sucede a tu familia.

Si tan sólo puedes acudir a la unidad de salud mental de tu centro de salud de referencia (es muy poco lo que obtienes) tal vez una o dos sesiones al año (¿en serio?). Esto es todo lo que podemos obtener de una institución básica, necesaria y que debería ser universal en el acceso a la terapia (sea del tipo que sea) y más si hablamos de la salud mental de un niño.

Total, que a nadie parece importarle que tu familia sea un manojo de nervios y estrés en vez del refugio que tú y tu pareja habíais creado. Ya no es un “hogar dulce hogar”.

Empieza a parecerse al infierno.

Te duele la cabeza. O el estómago. O la espalda. Más medicación.

Y un día, sin saber de dónde, aparece una voz en tu cabeza. ¡Ya basta!

¡Se acabó!

Decides que mejor cada uno por su lado, que tu hijo se va a adaptar mejor a una familia separada que a seguir en ese colegio. Que ya no puedes seguir viviendo en un ambiente tóxico. Y tu hijo menos.

Así que acudes al juzgado, o al colegio de abogados, o al servicio de mediación. Y ¡tachán! Es todo muy complejo. Cuesta arriba. Nadie trabaja por el win-win.

A nadie le importa tu hijo. A nadie le importa tu pareja. A nadie le importas tú.

Lo único que existe es un protocolo estándar para todas y cada una de las familias que por allí pasan. Independientemente de su situación, estado, gravedad del conflicto, intensidad de la angustia vivida, etc, etc, etc.

La tercera institución que debería dar algún tipo de solución o guía para tu salud emocional y la de tu familia te está aplicando un cortapisas en el que, si encajas fenomenal, y si no: ¡apáñatelas!

Porque en un proceso de mediación debería atenderse al bienestar de toda la familia pero especialmente a la de la infancia. Y en un proceso judicial deberían de tenerse en cuenta todas las circunstancias particulares de esa familia que está traumatizada.

Y esto es algo obvio: Una familia feliz no va a solicitar una demanda de divorcio. La familia que se rompe necesita apoyo emocional, tal vez terapia psicológica. Un sistema que ayude a transitar un proceso doloroso.

Esta historia es tan sólo un ejemplo de los muchos casos que atiendo. Existen muchas otras situaciones en las que nuestras instituciones nos dejan abandonadas:

  • En el duelo por la muerte de un familiar.
  • En cualquier clase de enfermedad mental y/o psicológica.
  • En la explotación laboral.
  • En el acoso escolar.
  • En el acoso sexual..
  • En el acoso laboral.

Y suma y sigue… Y en todos esos casos: ¡Búscate la vida!

Cuando nos han educado para callar y obedecer.

Cuando nadie nos ha explicado cómo funciona el sistema.

Cuando hemos llegado aquí tras una cascada de conflictos que jamás habría tenido lugar si nuestro sistema educativo se actualizara y se diera cuenta de que vivimos en pleno siglo XXI.

Por último, hice la siguiente pregunta:

¿En dónde crees que deben resolverse los problemas emocionales?
¿En dónde crees que deben resolverse los problemas emocionales?

Y la mayoría de la gente respondió que los problemas emocionales son cosa nuestra. Que se resuelven en la intimidad. Que las instituciones no se deben de ocupar de ellos, o que no saben ocuparse de ellos.

Sin embargo, como ya dije antes, a mí me gusta trabajar en la prevención. Y las instituciones tienen mucho que aportar en este ámbito. Se pueden mejorar enormemente los mecanismos y protocolos.

Se puede empezar por evitar que un niño, o una niña, llore desesperadamente porque no quiere ir al colegio.

Se puede enseñar empatía.

Se puede aprender escucha activa.

Se puede enseñar a gestionar los conflictos.

Se puede aprender asertividad.

De verdad, se puede lograr y tú también puedes colaborar en la prevención.

¿Solucionas problemas o gestionas problemas?
¿Solucionas problemas o Gestionas problemas?

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Infancia

Molestan

Infancia
Parque infantil en Moaña

Molestan los niños.

Molestan las niñas.

Molestan los perros, y también las perras.

Los gatos y gatas no molestan, o están en casa o se les puede atropellar.

Molesta el dolor.

Molesta la pena.

Molesta la vida. Pero la muerte aún más.

Molestan las lágrimas y se bloquean.

Molestan las tetas que amamantan. Y las que caen también molestan. 

Molestan los vicios: los ajenos.

Molestan las discriminaciones: las propias.

Molestan los bloqueos: mentales, físicos y emocionales. Todos menos los de la redes sociales.

Molestan los argumentos, las tesis, la filosofía y el pensamiento crítico.

Molesta darse cuenta de que no eres tan buenrollista como creías. Molesta mucho.

Molestan los besos. Los que te roban, los que te obligan. Pero los que más molestan son los que envidias.

Molestan las risas: las ajenas.

Molestan las cosquillas: las propias.

Molestan las promesas. Se cumplan o no.

Molestan quienes no encajan. Y quien encaja molesta. 

Molestan los gritos y las peleas. Sean propias o extranjeras.

Molestan las arrugas, los guisantes bajo la cama y sobre todo, molestan las migajas.

Molesta conformarse. Molesta quejarse. Molesta cambiar.

Molesta todo. Nada se libra.

Todo molesta cuando pones el foco en las demás.

¿Se puede modificar el odio?

Es una pregunta que a menudo me pregunto cuando hablo con amigas que trabajan en los juzgados, o en los servicios sociales. A veces, intercambiamos impresiones sobre casos que tratamos o de los que nos hablan, incluso de los que saltan a los medios de comunicación.

Y claro, debatimos sobre emociones porque cuando una familia llega a un juzgado o a servicios sociales es porque su historia está llena de sentimientos, de entre los cuáles, el odio es muy habitual.

Mira que llevo años trabajando en este tema y me sigue sorprendiendo como dos personas que se juraban amor eterno pueden llegar a odiarse hasta límites insospechados.

Y es que el odio es un sentimiento que bebe de muchas fuentes: la ira, el asco, la tristeza, el miedo.

Cada relación personal tiene una química muy concreta que, cuando cambia y se transforma, resulta complicado recuperar un equilibrio emocional.

Una de las cosas que solemos comentar es que las relaciones se enquistan por miedo a ampliar la zona de confort. En muchas ocasiones, dos personas ya no se quieren, o se quieren pero no son capaces de convivir, y en vez de dejarse; siguen juntas hasta que no pueden ni verse (o una de ellas se muere).

Evidentemente, estos procesos no suceden de la noche a la mañana. Y no es algo exclusivo del ambiente familiar. Aunque sea el ámbito en el que estoy especializada, estos ciclos se dan en multitud de áreas: trabajo, formación, vecindad, aficiones, cultura, religión, hábitos… Cualquiera que te venga a la mente.

Existen tantas formas de odiar como de amar: infinitas.

Por eso, para algunas personas el término odiar es muy fuerte. Es como el culmen. Existen multitud de sinónimos: aborrecer, molestar, incordiar, despreciar, maldecir, detestar, rechazar… y sin embargo, parecen menos duros. El odio es lo peor que alguien te puede profesar.

Pero vamos al meollo de este artículo: ¿se puede cambiar el odio?

Claro, por poder se puede. Pero el único motor de cambio cuando hablamos de emociones y sentimientos es: la voluntad propia.

Y es que el odio también tiene sus ventajas. La sed de venganza es poderosa. Y más cuándo la combinamos con otros sentimientos: la injusticia, la indignación, la inseguridad, el horror, el poder.

Esto lo vemos claramente cuando uno de estos casos llega a los medios de comunicación de masas y prácticamente se hace un juicio paralelo en ellos. Pero claro, se hace sin pruebas, sin testimonios, sin veracidad, sin control, sin reglas… Se hace sobretodo desde el sentimiento, desde las vísceras. Y así se ha impartido la justicia durante muchas décadas, es más: durante siglos.

Y así se han condenado muchos inocentes, y se han salvado muchos culpables.

El sistema que tenemos no es perfecto, ni tampoco puede garantizar la venganza. Tan sólo puede intentar la rehabilitación de los individuos. Y claro, aquí es dónde las personas que vemos de cerca cómo funciona nos hacemos estas preguntas: ¿se puede rehabilitar a todo el mundo?

Pues no. Si una persona no quiere cambiar, no lo va a hacer. Pero es que además, cambiar es un proceso, y algunas rehabilitaciones son para toda la vida, y hasta puede haber recaídas, y aquí es dónde nuestro sistema falla estrepitosamente. Porque algunos procesos descartan lo emocional de tal manera que lo que logran es aumentar la intensidad del odio, cuando lo que necesitamos es que lo diluya.

Todas conocemos algún caso así:

Una persona que se ve inmersa en un proceso judicial, burocrático, extenuante, en el que se juega algo vital. Y se vuelve loca. Y hace algo drástico. Y la sociedad la juzga. Y entonces hace algo peor.

Y por si fuera poco, nunca nos ponemos en su piel, porque lo que ha hecho no tiene justificación lógica. Porque ni tú, ni yo, ni nadie en su sano juicio haría algo así. Por lo que intentar comprender esa conducta y esos hechos se vuelve algo nauseabundo. Es algo que también me fascina de la gente que escribe o investiga sobre crímenes.

Hace años, vi una película que hablaba de esto, se llama “Tinta roja”, en ella un periodista le explica a su aprendiz que no debe juzgar al escribir unos hechos, y le suelta una frase demoledora pero llena de sabiduría: “la única diferencia entre ese pobre diablo y tú, es que vos lo pensaste pero él lo hizo, nunca sabes a dónde te puede llevar la vida.”

Es precisamente por esto que a mí me cuesta posicionarme con los casos que se hacen públicos. Porque no tengo ni idea de los hechos, ni de las pruebas, ni de los testimonios. Para mí el gran fracasado, el gran culpable es el sistema. Y encima ni siquiera aprende.

Uno de los consejos que doy a todas las familias que acuden a mí, incluso antes de haber cobrado es este: “Solucionad todo lo que podáis entre vosotros, en el momento que interceda una institución en vuestro problema os va a aplicar un protocolo y ahí, vuestros intereses no le van a importar a nadie que decida.”

Y así vamos, por eso trabajo en la prevención, es en dónde la esperanza se muestra con mayor magnitud y eso hace que cuando tengo que trabajar ampliando mi zona de confort, valga la pena.

He llegado a la conclusión de que cambiar el sistema es tan complicado que es más sencillo enseñar a las personas cómo comportarse para no tener que usarlo.

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Construir

El poder de la presión de grupo

 

Hace muchos años, ya no recuerdo la fecha exacta, en mi mente recuerdo tener unos 20 años (pero puede que ya tuviera 25 ó 26), viví un suceso paranormal.

Era un día de verano, de esos en los que por la noche se está a gusto (de esas que no necesitas chaquetita), entre semana no solía salir demasiado y casualidades de la vida, cuando volvía a mi casa, serían las doce o la una de la madrugada, en una de las plazas más emblemáticas de mi ciudad, me encontré a un amigo tocando un didgeridoo (diyiridú) y como me apeteció pues me quedé con él un rato, a disfrutar la noche, las estrellas y la calma.

Al cabo de un rato, apareció un grupito de 5 peregrin@s: Un argentino, una inglesa, una alemana, una austríaca y un italiano. Sé que parece un chiste pero os aseguro que no lo fue, en Santiago de Compostela, durante la canícula, lo difícil era encontrarnos a dos picheleiros de pura cepa a las dos de la madrugada (así que tal vez, fue más raro para ellos encontrarnos a nosotras que al revés). Total, que me desvío del tema, allí se unieron a nosotros y nos contaron anécdotas del camino, cantamos y reímos.

Cuando de pronto…

A la chica austríaca le dió una extraña convulsión, rodó unas cuántas escaleras hacia abajo y salió corriendo poniendo unas voces extrañísimas y gritando en alemán.

Fue un momento impactante, de hecho hacía tiempo que no lo rememoraba pero aún puedo escuchar esas voces infernales en el eco de la Quintana, rebotando contra las paredes de la catedral.

Total, que ni corta ni perezosa, me dispongo a sacar el móvil del bolso para llamar a una ambulancia y la chica inglesa me coge las manos, me mira y me dice: No, we need your faith. She’s got a demon inside. We need a priest. (Para quien no sepa inglés,os hago una traducción de lo que yo entendí: No, necesitamos tu fe. Ella está poseída. Lo que necesita es un cura). Seguramente, me dijo muchas más cosas pero lo que yo recuerdo fue así.

Y así las cosas, me guardé el teléfono y me vi formando parte de un grupo energético para exorcizar un demonio maligno del interior de una peregrina a las tres de la mañana a los pies de la catedral de Santiago de Compostela. Incluso me fui con el chico argentino por los conventos de los aledaños gritando: ¡Necesitamos un cura! ¡Necesitamos un cura!

Aún me cuesta entender cómo me dejé llevar por esa situación rocambolesca, dado que  aunque tenga cierta parte espiritual, ni soy creyente,ni religiosa. De hecho soy una persona bastante racional y pragmática. Cuando llegué a mi casa, con el susto todavía puesto, mi padre se despertó y analizamos juntos la situación.

Para quien no lo sepa, mi padre era sociólogo, así que me hizo recordar qué era lo que yo había hecho antes de guardar el móvil; con una simple pregunta: ¿Cuándo la chica te dijo eso, dónde estaba tu amigo? Mi amigo ya estaba formando parte del círculo místico. Pues eso fue lo que te pasó: te pudo la presión de grupo.

Y es que la presión de grupo es algo muy potente, difícil de entender, de hecho existen multitud de experimentos en los que han intentado dar explicación a su funcionamiento, sus causas y para qués.

Quizás uno de los experimentos más populares sea el Experimento de Asch, En el que constataron que cuando un grupo responde de forma unánime de manera incorrecta la tendencia es a responder erróneamente aunque tengas la certeza de que dicha respuesta es incorrecta.

Puede parecer trivial pero es que somos seres sociales, necesitamos sentir que pertenecemos a una comunidad. Esto nos puede jugar una mala pasada en cualquier momento, y de hecho, es uno de los mecanismos que se pone en juego en los procesos de bullying, de acoso, de escarnio y mofa.

Lo hemos visto en multitud de películas, series, novelas, historias y cuentos: quedarse sola es lo peor que nos puede pasar. Pero no la soledad en una isla desierta a lo Robinson Crusoe, no. La soledad en medio de la multitud es la que es realmente devastadora, la peor condena es la del ostracismo.

De esta manera perduran algunas conductas inmorales, denigrantes y/o violentas en nuestra sociedad porque aunque tú sepas que ese comportamiento es perverso o equivocado, te puede esa presión, te puede el mero hecho de ser la única voz discordante.

Todas las personas nos alineamos y rodeamos de personas que están en sintonía con nuestros valores, y cuando no es así: sufrimos.

Es un mecanismo tan sencillo y efectivo que asusta. Se necesitan muchas herramientas y habilidades para ir contracorriente. Aquí os dejo otro vídeo del experimento en el que se puede ver, cómo prácticamente la única manera de romper dicho engranaje es teniendo al menos una persona aliada dentro del mismo grupo social.

¿Quién iba a pensar que vivimos en el cuento: “El traje nuevo del emperador”? Pues sí, la mayoría lo hacemos. Por eso es tan importante fomentar el espíritu crítico, debatir, escuchar opiniones diferentes, aprender a razonar y argumentar por una misma.

Saber que tu tribu, familia, comunidad, grupo o vecindario está tomando la dirección equivocada, o que su comportamiento es indigno, es fácil, basta responder a unas preguntas: ¿te gustaría que te lo hicieran a ti? ¿es útil? ¿es beneficioso? ¿es de ayuda? ¿es agradable? Si en alguna de ellas la respuesta es un no rotundo: algo falla. Es el momento de pensar y encontrar apoyos.

Sin embargo, no lo hacemos en multitud de ocasiones ¿por qué?

  • No nos damos cuenta: vamos en modo automático. Ensimismadas en nuestras preocupaciones y simplemente no nos enteramos.
  • No empatizamos: desde nuestra perspectiva nos parece algo trivial, o que no es grave, o que tiene fácil solución, o que a ti jamás te pasaría eso.
  • Nos preocupan las opiniones de las demás personas: en el fondo nos incomoda ser el centro de atención y evadimos el qué dirán.
  • No sabemos gestionar los conflictos: nos incomoda el conflicto,así que huimos de él o nos ponemos a la defensiva por lo que cuando no nos toca directamente, simplemente lo evitamos.
  • Disfrutamos con el dolor ajeno: sí, a veces nos pasa, ante una injusticia, unos celos, una envidia sentimos placer en la venganza, tenemos esa capacidad de sentir que: se lo merece.

Tampoco se trata de convertirnos en adalides de la justicia social, soy de las que procuro no meterme en la vida de las demás personas, ni tampoco me gusta ir dando lecciones de moralidad, simplemente quería hacer una reflexión sobre por qué creo que todavía nos quedan muchos años por delante para ser una sociedad evolucionada.

Y por qué nos quedan décadas para erradicar: machismo, racismo, xenofobia, y cualquier otra fobia social que se os pueda ocurrir. E incluso otras prácticas reprobables como la contaminación, la explotación laboral o la esclavitud.

Cada día construimos con nuestras palabras y con nuestros actos. Creando redes de apoyo, comunidades con valores, haciendo virales las buenas prácticas… Es como avanzamos hacia un mundo más amable y responsable. ¿Te unes?

EL CLUB DE LAS FAMILIAS EMPODERADAS

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La bofetada pedagógica

Este es un tema recurrente, cada cierto tiempo, se vuelve a hablar sobre si se puede emplear la violencia para educar a niños y niñas, aunque sea como medida excepcional.

Y aunque, yo trabajo cada día para que esto cambie, mucha gente todavía piensa que es legítimo, que está bien, y que es incluso una herramienta pedagógica pegar a un menor cuando su actitud es desafiante, o no quiere obedecer.

En este vídeo, os cuento mis propias reflexiones al respecto.

 

No creo que a nadie en este mundo le guste recibir bofetadas, ni cachetes (nalgadas), ni collejas, ni pellizcos, ni zarandeos…

Y menos, cuando es porque quieren obligarte a hacer algo que ni quieres, ni has pedido.

Soy la primera en comprender la frustración de una persona adulta ante una actitud desafiante y negativa de un niño o niña, y también en entender que en ese momento caótico y desesperante se te pueda ir la mano pero, está mal.

Está peor que mal.

Es un fracaso.

Es un error.

Y como persona adulta sabes que no debes hacerlo. Sabes que ese peque merece una disculpa. Y merece que te pongas a su nivel, le mires a los ojos y le expliques que te has equivocado, que nadie merece ese trato, que lo sientes y que no volverá a suceder.

Y en tu mano está encontrar herramientas para cumplir tu promesa. Para cumplir ese pacto de tratar con respeto a todo el mundo, y más a quienes necesitan protección y cuidado.

Porque lo que no nos podemos permitir es justificar la violencia, ni el maltrato.

La educación que necesitamos para hacer de este mundo un lugar mejor pasa por revisarnos a nosotras mismas y crecer, aprendiendo a ser más asertivas y responsables. Porque somos el ejemplo de quienes vienen detrás.

Ya no funciona eso de: “Haz lo que te digo y no lo que hago”.

De eso va mi trabajo, de transmitir, difundir y enseñar herramientas de comunicación, educación emocional, gestión de los conflictos, búsqueda de soluciones creativas para el día a día en familia.

Puedes contactar conmigo aquí

 

Los 3 estados de un bloqueo emocional

A veces, no dejamos que una emoción salga a la luz, la escondemos dentro deseando que desaparezca. O vivimos un suceso traumático que bloqueamos para evitar un mal mayor. Incluso llegamos a olvidar el recuerdo y de pronto, un día algo nos hace click. La maternidad (y la paternidad) en muchas ocasiones nos remueven por dentro y sacan todos estos secretos guardados en lo más profundo. Así que suele ser un buen momento para deshacernos de nuestros bloqueos emocionales.

Estado de Conexión: Cada vez que tu peque hace esa acción te llevan los 1000 demonios y pierdes los papeles. Esto es muy habitual, en general hemos recibido una educación en la que se nos coartaba llorar, gritar, o cualquier acción que muestre tristeza, enfado o asco. Hemos sido reprimidos durante muchos años, sobretodo en la infancia, para guardarnos nuestras emociones y no mostrarlas. Durante años hemos escuchado: “no llores”, “no grites”, “ya pasó”, “no es para tanto”, “eres un llorón o llorona”, “menudo genio”, “vaya carácter”… Y así innumerables frases u órdenes de control sobre nuestras emociones. Ahora cuando se trata de nuestros peques, de pronto, nos damos cuenta de que en determinados momentos no somos capaces de controlarnos y acabamos repitiendo los patrones de nuestra infancia.

¿Qué puedes hacer?

Requiere mucha paciencia, requiere hacer memoria y ahondar en nuestros recuerdos, recordar qué nos decían y cómo nos sentíamos en aquellos momentos. Es complicado, pero un paso imprescindible para poder cambiar nuestro enfoque. Requiere mucha práctica y autoconocimiento.

Estado de Confusión: Sientes una emoción que no sabes de dónde viene. De pronto, sin venir a cuento te invade la tristeza, o sientes una oleada de ira, o te dan náuseas descontroladas (al margen de que puedan tener un origen fisiologico). Este tipo de reacciones se dan cuando hemos bloqueado un sentimiento.

¿Qué puedes hacer?

Busca un momento tranquilo, en un espacio en el que encuentres seguridad. Deja aflorar ese sentimiento con toda la fuerza e intensidad que necesites. Descarga la emoción y aprovecha para observar qué sientes, qué pensamientos vienen a tu mente. Anotalos e intenta recordar de dónde pueden venir. Seguramente, será muy revelador para ti.

Estado de Bloqueo total: Sientes una fobia pero no tienes un recuerdo traumático. Es el mayor nivel de bloqueo, seguramente has pasado por una situación traumática que tu mente ha bloqueado, incluso el recuerdo.

¿Qué puedes hacer?

Acude a un profesional que te ayude a recuperar tus recuerdos, te ofrezca un espacio seguro, te de confianza y apoyo. No te quedes con la primera persona, busca una que te de verdadera calma. Alguien con quien conectes.

La mejor inversión es tu propio bienestar.

De todo esto hablaremos en profundidad en mi curso online: Entendiendo las emociones.