Niña enfadada

Mis hijos van felices a la escuela

Exposición sobre dinosaurios
Exposición sobre dinosaurios en As Cancelas

Sí, después de muchos años, por fin puedo decir que mis hijos van felices a la escuela. Pero no siempre ha sido así: han tenido que pasar muchas cosas, hemos tenido que vivir muchas experiencias para poder llegar hasta aquí.

Es increíble la cantidad de cosas que aceptamos porque siempre ha sido así. Porque es lo lógico, lo normal. La sociedad trae consigo una inercia que no siempre te lleva por donde tú quieres. Ni a ti, ni a tu familia.

Ayer escribía en mi muro de Facebook que “las medidas escolares cada vez me parecen cada vez más carcelarias”, alguien escribió: “o militares”. Y creo que hizo una puntualización excelente.

Nuestro sistema educativo se enfrenta cada día a multitud de problemas, conflictos y críticas. Y lo hace a la defensiva.

Mi experiencia es que cuando alguien se posiciona a la defensiva en un conflicto, lo que logra es aumentar la intensidad del mismo. Y esta es mi percepción con la educación tradicional actual.

Este es el mes de la vuelta al cole, y siempre está cargado de expectativas (buenas o malas) sobre cómo va a ser el curso, sobre las rutinas, sobre la dinámica familiar… ¿Harán amigos o amigas? ¿La profesora o profesor será buen@? ¿Podremos las familias hacer algo más que organizar las fiestas escolares y las actividades extraescolares? ¿Será muy caro el material de este año?

El profesorado también llega con sus propias expectativas: ¿Tendré un buen horario? ¿Me tocará dar afines? ¿Mi grupo será numeroso? ¿Las clases estarán llenas de rebeldes? ¿Habrá muchas familias deseando inmiscuirse en mi labor docente? ¿Habrán cambiado algún proceso burocrático?

Y así vamos, cada quién capeando el temporal como puede. Y claro, es ahora cuando llegan las sorpresas, siempre fruto de las expectativas, claro. Porque resulta que cuando fuimos a ver la escuela nos encantó que tenía muchas zonas verdes, o que tenían patio cubierto, o que el polideportivo era nuevo, o que la maestra nos cayó bien pero…

Ahora resulta que si tu hij@ se mea (o se caga) le tienes que ir a cambiar porque allí nadie se hace cargo. O resulta que tienes que dejar a tu peque de 3 años en la puerta del recinto y tú no puedes acceder para acompañarle en el trance de su primer día escolar. Y encima mencionan leyes o normativas para justificar dichas medidas, que cuando las lees no ponen absolutamente nada al respecto.

Más graves aún me parecen las medidas que alguna fiscalía propone para acabar con el acoso, como instalar cámaras en aulas y pasillos. O que un profesor (o profesora) les exija a niños y niñas de 6 años que estén horas sin ir al cuarto de baño porque ya son mayores y tienen que aguantar más las ganas de orinar y/o defecar.

¿Por qué me parecen pésimas medidas?

En primer lugar, porque crean ambientes tóxicos. Sí, he dicho tóxicos. Generan desconfianza, falta de transparencia, falta de recursos, carencias emocionales, escasez de miras, falta de empatía, poco o ningún compromiso con el bienestar de la infancia.

En segundo lugar, porque no dan verdadera solución a los problemas que tratan de evitar. Simplemente logran trasladar el problema a otro sitio.

En tercer lugar, porque se basan en modelos de adoctrinamiento, con medidas correctivas, cohercitivas o prohibitivas. Apelan al miedo. Educan en la obediencia ciega. Todo ello mucho más similar a una dinámica militar o penitenciaria.

Y es que tú y yo nos hemos educado en ese sistema, y traemos una mochila cargada de miedos: miedo a no encajar, miedo a la crítica, miedo al error, miedo al fracaso, miedo al éxito, miedo a destacar, miedo a no hacerlo, miedo a la soledad, miedo al vacío, miedo al qué dirán, miedo y más miedo. Y el miedo provoca ansiedad, estrés, nervios, depresión, obsesión y malestar.

Niña enfadada
Niña enfadada

¿Podemos hacer algo para cambiar?

Cambiar el sistema es una tarea titánica, parece imposible. Requiere el esfuerzo de muchas familias, de muchas profesionales y docentes. Pero por algún sitio hay que empezar.

Sin duda lo primero es pensar cuáles son tus prioridades cuando hablamos de la educación de tus peques. ¿Qué es lo que quieres que aprendan? ¿Qué es más importante para ti: conceptos, conocimiento, saber estar, saber comunicarse con las demás, socializar?

Lo segundo es valorar las opciones que tienes: ¿Existe algún centro educativo que esté alineado con tus prioridades?, ¿o se acerque a ellas?

Lo tercero es superar el miedo. Y más concretamente el miedo a reclamar y exigir que se cumplan los derechos de tus hij@s. Sí, lo sé, es difícil. Seguramente el paso que más cuesta: hasta que lo das.

Por último, la unión hace la fuerza. Busca apoyos, encuentra gente con tus mismas (o parecidas) prioridades. Amplia tu red de contactos. Reclama. Exige. Hazte valer.

Sé que da vértigo porque yo estuve ahí. Y me ha costado muchos años de sufrimiento mío y de mi familia. Me ha supuesto dejar atrás todas las creencias limitantes que venían conmigo. Me ha resultado difícil encontrar una escuela en la que se hacen las cosas de manera diferente. Me ha causado desvelos y sudores. Han sido 5 años complicados pero el esfuerzo ha merecido la pena.

Cada mañana que mi hija se levanta ilusionada por acudir al colegio, cada mediodía que mi hijo vuelve con la curiosidad y la creatividad parpadeando en sus pupilas me siento orgullosa de haber superado esos miedos como persona, como madre y como parte de esta familia.

Y tú, ¿qué deseas hacer?

Construir
Construir con piedras

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Infancia

Molestan

Infancia
Parque infantil en Moaña

Molestan los niños.

Molestan las niñas.

Molestan los perros, y también las perras.

Los gatos y gatas no molestan, o están en casa o se les puede atropellar.

Molesta el dolor.

Molesta la pena.

Molesta la vida. Pero la muerte aún más.

Molestan las lágrimas y se bloquean.

Molestan las tetas que amamantan. Y las que caen también molestan. 

Molestan los vicios: los ajenos.

Molestan las discriminaciones: las propias.

Molestan los bloqueos: mentales, físicos y emocionales. Todos menos los de la redes sociales.

Molestan los argumentos, las tesis, la filosofía y el pensamiento crítico.

Molesta darse cuenta de que no eres tan buenrollista como creías. Molesta mucho.

Molestan los besos. Los que te roban, los que te obligan. Pero los que más molestan son los que envidias.

Molestan las risas: las ajenas.

Molestan las cosquillas: las propias.

Molestan las promesas. Se cumplan o no.

Molestan quienes no encajan. Y quien encaja molesta. 

Molestan los gritos y las peleas. Sean propias o extranjeras.

Molestan las arrugas, los guisantes bajo la cama y sobre todo, molestan las migajas.

Molesta conformarse. Molesta quejarse. Molesta cambiar.

Molesta todo. Nada se libra.

Todo molesta cuando pones el foco en las demás.

La importancia de los descansos

Descansar es esa actividad que todo el mundo sabe que es imprescindible pero siempre aplazamos en este mundo acelerado en el que vivimos. Parece que si te tomas tus descansos te vas a ganar fama de perezoso, vaga, o que sé yo…

Además, vivimos con la idea de que el descanso es una recompensa. Como si no fuera lo que realmente es: una necesidad. Y además, según el momento en el que estemos, descansar puede marcar la diferencia en nuestra salud, y por ende, en nuestra vida.

Sin salud, no hay nada.

El mercado laboral nos marca los descansos, y hasta la época y manera de planificarlos. No siempre nos valen. No siempre llegan cuándo son realmente decisivos. Llevo ya varias semanas escribiendo esta frase: Cuando necesitas parar y no lo haces, llega la vida y te para de golpe.

Y no nos gusta nada.

Parar de golpe exige un nivel enorme de reposo. O bien, enfermamos, o bien nos sucede algo dramático (una mudanza, un funeral, un cambio de trabajo, una separación…) que además, nos suele pillar de sorpresa y/o de bajón.

Es como si fuéramos cocinando a fuego lento una resaca de esas que te tumban.

El ser humano puede llegar a complicarse la vida de formas fascinantes.

Podemos llegar a unos niveles de complejidad alucinantes.

Por si nuestra sociedad no fuera ya suficientemente problemática y enrevesada.

Somos capaces de darle aún más vueltas de tuerca.

Tenemos muy bien entrenada esa voz que nos dice: sólo un día más. sólo una hora más, sólo un café más, sólo un envío más…

Y así, enfermamos.

No sabemos parar. O simplemente bajar el ritmo.

Nos han educado para hacer springs pero la vida de lo que está compuesta es de maratones.

Lo queremos todo y lo queremos ya pero, la vida son procesos que requieren paciencia.

Aprovecho este artículo para anunciarte mis propias vacaciones. Volveré en Septiembre con más artículos sobre temas de educación emocional, resolución de conflictos, reivindicaciones y lo que se tercie (ya sabes que cualquier sugerencia es bien recibida y tu opinión es importante para mí).

Espero que tú también puedas descansar y disfrutar unas merecidas (o no) vacaciones (¿acaso no son siempre merecidas?) y que generes muchos recuerdos valiosos con tu familia. Espero también que la vuelta a la rutina no sea tediosa.

Y que este texto sirva para que te permitas hacer los descansos que sabes que son vitales para ti y tu gente.

CERRADO

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Cómo encontrar un hombre brillante

Brillante en el sentido de que su sabiduría e ingenio no nublen su vida personal, en el sentido de que su brillo no te ciegue. Imagino que si estás leyendo esto es porque sientes que de alguna manera aún no has encontrado a “tu hombre ideal” o puede que lo hayas encontrado y sientes curiosidad por lo qué voy a contar.

A la hora de buscar pareja llevamos una carga cultural importante, hemos tragado con miles de creencias sobre “la media naranja”, el “amor romántico”, que juegan con tu valor personal. Con tu autoestima, con tu capacidad de recuperarte de los “fracasos” sentimentales.

Y claro, a cualquier hombre le pasa lo mismo, pero su mochila de creencias van en otra dirección: “que no me aten”, “que no se dude de mi masculinidad”, “que no me manipulen”, que llevan mensajes muy diferentes y contradictorios a los que nos han inculcado a las mujeres.

Este hecho hace que sea complejo establecer una relación sentimental duradera. Existen multitud de barreras interiores y exteriores para “atarte” a una persona. Desde barreras puramente físicas como la distancia, a barreras sociales como una familia en la que no encajas.

Pero de todas las barreras, las más difíciles de superar son las mentales. Cambiar esas creencias es lo que sin duda, estropea muchas relaciones. Una de las situaciones más habituales en una ruptura es la falta de confianza.

Cuando falta la confianza aparece en una relación, parece imposible recuperarla. ¿Y qué desencadena este hecho? El engaño. Siempre lo digo: El engaño es libre pero no gratuito. Puede que creas que dicho engaño es sólo de una persona hacia otra pero el más habitual es precisamente el que nos hacemos a nosotras mismas.

El autoengaño es el rey de todos los engaños: es difícil de detectar. Difícil de asumir. Difícil de solventar.

¿Y qué tiene esto que ver con encontrar a un hombre brillante?

Pues todo. Un hombre con una buena autoestima no se va a sentir amenazado por una mujer empoderada, lista, indecisa, fuerte, segura de sí misma, vulnerable, que se cuida, que tiene su propia carrera profesional o que se centra en la crianza de sus hijos e hijas.

Un hombre honesto, sincero y que va más allá de los modelos sociales, se va a preocupar porque la comunicación sea fluida, será sincero con sus sentimientos y emociones, independientemente del “qué dirán”.

¿Necesitas un hombre en tu vida? ¿cualquier hombre? ¿a cualquier precio?

Sé sincera contigo misma: busca dentro de ti: ¿qué buscas en un hombre? ¿pasión? ¿aventura? ¿fama? ¿cuidado? ¿cuerpo? ¿humor? ¿inteligencia? ¿atención? ¿aprobación?

Y todo esto que buscas en un hombre: ¿para qué lo buscas? ¿existen otras formas de encontrar eso mismo?

¡Vaya! Venías buscando respuestas y te traigo un montón de preguntas. Sí. En función de tus respuestas, sabrás ver, con claridad, las señales en el hombre que tienes enfrente, o a tu lado. Y así te darás cuenta de si sólo eres un medio, un entretenimiento, o una distracción para él. Sabrás si quiere crecer contigo. Sabrás si se preocupa por tus intereses. Verás si está dispuesto a construir una relación sincera y saludable.

¡Ojo! Otra creencia que llevamos escrita a fuego es que: una vez encontrado ya seréis felices para siempre. Que las cosas no cambian y las personas menos. Y esto también es un mito. Las relaciones son como los jardines requieren atención y cuidado diario sino se llenan de alimañas y malas hierbas. Y por eso, a veces, toca reencontrarse. Desbrozar a fondo o renovar el riego.

En esto he tenido mucha suerte, camino al lado de un hombre sabio, que me da soporte y consuelo, somos un equipo aunque a veces también nos toque arrancar malas hierbas. Lo importante es que además de querernos, nos entendemos, nos comunicamos y buscamos juntos las soluciones a los obstáculos que nos encontramos en nuestro día a día. ¿Y tú? ¿Compartes con un hombre brillante?

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Las mujeres fuertes también necesitamos apoyo

Sí. Las mujeres fuertes también necesitamos apoyo. Tenemos días malos, días depresivos, días en los que nos derrumbamos. Aunque seamos fuertes, dinámicas, con iniciativa, con carácter, poderosas o el adjetivo que tengas en la cabeza somos humanas y tenemos nuestros momentos de bajón.

Las mujeres fuertes también necesitamos alguien fuerte que nos apoye y sostenga cuando sea necesario. Detrás de una mujer poderosa hay toda una tribu que la mantiene y le da la energía cuando algo falla o se interponen obstáculos.

Esta es una realidad que nos pasa a todas las personas, mujeres, hombres, de cualquier edad, condición social, profesión o circunstancia.

Ser una mujer fuerte conlleva una serie de preconceptos y prejuicios que muchas veces nos obligan a llevar una carga innecesaria, injusta y del todo descomedida.

Vivimos en una sociedad que nos insta a vivir con la sonrisa permanente, sin poder mostrar otras emociones. Y por eso no fuera suficiente resulta ser también altamente exigente y si nos mostramos vulnerables se nos castiga duramente, sufrimos críticas, burlas, se arrastra nuestras reputaciones por el lodo y se nos baja de esos pedestales que jamás pedimos. Porque eso creo que es lo más denigrante: aún no conozco a ninguna mujer fuerte que lo haya pedido.

Yo soy una de esas mujeres (o personas) que mantengo la templanza en situaciones de crisis, y soy capaz de tomar decisiones con la cabeza fría cuando otras a mi alrededor se ven superadas por la situación. Pero cuando la crisis pasa, me vengo abajo. me siento agotada, vulnerable y puede que hasta deprimida.

He tenido suerte (o no), he podido rodearme de personas que me comprenden, me aceptan y me tratan como a una igual. Hace tiempo que huyo de la gente que me venera (o me denigra) porque al final las expectativas juegan en contra. Me gusta tratar como iguales a todas las personas que me rodean y me encuentro en el camino y además mostrarme con franqueza y sinceridad (soy vaga: mentir conlleva mucho trabajo).

Con los años he comprendido que mi capacidad para mantener muchas amistades es limitada. Procuro llevarme bien con compañer@s de trabajo, de formación, clientes, vecin@s, profesor@s, etc. Pero no soy capaz de mantener más “mejores amig@s” (BBF) que dedos tengo en las manos. La amistad hay que cultivarla y cuidarla.

Y claro, tenemos un trabajo, una familia, una mascota, una casa, unas aficiones, una formación continua, una vida tan plena que al final vamos cambiando las amistades según la ola en la que nos movemos. Y mientras coincidimos en el tiempo y el espacio podemos ser grandes amigas pero si cambia una de las dos variables pues: nos distanciamos.

Es una pena, siento que podría compartir mi vida con muchas amigas que se han ido alejando por sus respectivos caminos, sin más. Y en su día fueron grandes apoyos, me hicieron crecer y ser la mujer fuerte que ahora soy. Ojalá yo haya hecho lo mismo por ellas (al menos en parte).

Sin embargo, seguimos remando, con determinación y tal vez por nuestra forma de ser, de entender la vida, de movernos, vamos encontrando nuevos seres con los que compartir experiencias, con los que crecer, en los que reflejarnos.

Así brillamos. Cuando una cae: la sostenemos todas.

Ese es el truco: no nos dejamos aliento para la vuelta. Confiamos en nuestra familia.

La familia que hemos elegido y creado.

Cuando por fin, sabes que la comunidad es la base de tu éxito, y que el sentimiento de pertenencia es también sentido de supervivencia se te pasan muchas elucubraciones sobre la libertad, la independencia, la fortaleza, el sufrimiento, el que dirán, los prejuicios… La fuerza de una al final es el resultado de muchas fuerzas unidas.

Esto es empoderamiento colectivo: saber que cuando estás abajo, otras te sostienen. Que cuando tú no tienes fuerzas para alzar la voz, otras lo están haciendo por ti. Saber que también tu fortaleza inspira a otras. Y que ser vulnerable no te hace ser menos.

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Mi misión profesional

Tal vez debería haber escrito este artículo hace mucho tiempo. Desde que comencé a estudiar educación social he tenido que explicar a qué me dedico. Algunas compañeras y yo misma grabamos un breve vídeo para explicar ¿qué es eso de la educación social?(podéis ver nuestra gran obra aquí).

Al terminar, tenía muy claro que mi verdadera profesión estaba por inventar, es curioso, me coincidió el final de la carrera con mi primer puerperio. Creo que fui de las primeras en hacer un examen mientras daba de mamar a mi bebé. Puede parecer un dato absurdo pero luego entenderás el por qué de su relevancia en esta historia.

Total, que pasaron los años y yo me volqué en la crianza de mi hijo, mientras me seguía formando en pedagogía, leyes, lactancia, alimentación… Ser madre requiere un conocimiento holístico de lo que es un ser humano y su desarrollo. Evidentemente no todas las madres adquirimos el mismo conocimiento, pero nos convertimos en expertas de nuestro hijo, único, especial e irrepetible.

Fue tras casi tres años de maternidad que me quedé embarazada por segunda vez y en mi eterna carrera de voluntaria, de asociacionismo y activismo social, me sumergí en los entresijos de una asociación de lactancia y crianza. Y aquí descubrí mi ikigai, mi objetivo vital.

Ikigai es una palabra de origen japonés que sirve para designar ese punto en el que confluyen tu profesión, tu pasión, tu vocación y tu misión en la vida. Y la mía es guiar a las familias en sus crianzas, en sus decisiones, en su forma de hacer, sentir y vivir.

Algunas personas tardamos mucho en descubrir nuestros talentos, nuestra vocación, o simplemente qué es lo que se nos da bien en la vida. Hay un proverbio chino que dice: “Ningún copo de nieve cae en el lugar equivocado.” Y es en ese momento: en el que una familia se marcha tras una asesoría; cuando me doy cuenta de que cada paso de mi vida me ha traído hasta aquí, y que aunque parezca raro, necesité cada uno de ellos para convertirme en la experta que soy ahora.

Mi experiencia personal me ha permitido ser experta en varios ámbitos:

  1. La mediación: no sólo he estudiado sobre la resolución de conflictos, sino que tengo una experiencia muy amplia, mis más de 25 años en el tejido asociativo me han permitido bregar con todo tipo malentendidos, intereses personales opuestos al bien común, debates, discusiones, conflictos.
  2. La comunicación: ciertamente la comunicación escrita no es mi fuerte, sin embargo se me da fenomenal la comunicación de tú a tú, en presencial gano mucho. Sé escuchar con auténtica atención. Y puede que mi fuerte sea que mi curiosidad me posibilita realizar preguntas poderosas. De esas que te dan impulso.
  3. La crianza: tengo dos hijos: un niño y una niña, son como el día y la noche, he pasado por numerosas dificultades, y las he superado (casi todas). Me he empapado de sus ocurrencias, de sus aprendizajes, han sido mi motor para formarme en multitud de áreas, desde el desarrollo humano hasta la lactancia. Por lo que tengo una perspectiva amplia de la crianza.
  4. La educación emocional: mi talento innato, pero que he cultivado a lo largo de toda mi vida, tanto de forma teórica como práctica. Tengo una capacidad de empatía que sorprende (con los años he visto que desde siempre).
  5. La innovación: Y aquí es dónde la anécdota que te he contado antes cobra su relevancia, porque he sido pionera en muchos campos. No sólo en solicitar poder amamantar a mi bebé recién nacido. Fui de las primeras niñas que quise jugar al fútbol. De las primeras mujeres en dedicarme al sonido directo. De las primeras estudiantes en lograr un presupuesto de 6 cifras para organizar unas jornadas anti-patriarcales en una universidad pública gallega. Soy exploradora, me gusta abrir camino en la sociedad y propagar la tolerancia, el respeto, la diversidad y la solidaridad.
  6. El aprendizaje: he estudiado en todo tipo de circunstancias, formatos, épocas vitales, niveles… Pero es que además, me sigo especializando en el funcionamiento del pensamiento, en neurobiología, en desarrollo cerebral.

Así que, todas estas piezas han creado el puzzle de habilidades que me conforman, que me hacen amar la profesión de la educadora social, sentir pasión por la capacidad de encontrar espacios comunes de entendimiento, ser capaz de ofrecer apoyo, guía y soluciones personalizadas a mis clientes o tener clara mi meta en la vida.

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¿Se puede modificar el odio?

Es una pregunta que a menudo me pregunto cuando hablo con amigas que trabajan en los juzgados, o en los servicios sociales. A veces, intercambiamos impresiones sobre casos que tratamos o de los que nos hablan, incluso de los que saltan a los medios de comunicación.

Y claro, debatimos sobre emociones porque cuando una familia llega a un juzgado o a servicios sociales es porque su historia está llena de sentimientos, de entre los cuáles, el odio es muy habitual.

Mira que llevo años trabajando en este tema y me sigue sorprendiendo como dos personas que se juraban amor eterno pueden llegar a odiarse hasta límites insospechados.

Y es que el odio es un sentimiento que bebe de muchas fuentes: la ira, el asco, la tristeza, el miedo.

Cada relación personal tiene una química muy concreta que, cuando cambia y se transforma, resulta complicado recuperar un equilibrio emocional.

Una de las cosas que solemos comentar es que las relaciones se enquistan por miedo a ampliar la zona de confort. En muchas ocasiones, dos personas ya no se quieren, o se quieren pero no son capaces de convivir, y en vez de dejarse; siguen juntas hasta que no pueden ni verse (o una de ellas se muere).

Evidentemente, estos procesos no suceden de la noche a la mañana. Y no es algo exclusivo del ambiente familiar. Aunque sea el ámbito en el que estoy especializada, estos ciclos se dan en multitud de áreas: trabajo, formación, vecindad, aficiones, cultura, religión, hábitos… Cualquiera que te venga a la mente.

Existen tantas formas de odiar como de amar: infinitas.

Por eso, para algunas personas el término odiar es muy fuerte. Es como el culmen. Existen multitud de sinónimos: aborrecer, molestar, incordiar, despreciar, maldecir, detestar, rechazar… y sin embargo, parecen menos duros. El odio es lo peor que alguien te puede profesar.

Pero vamos al meollo de este artículo: ¿se puede cambiar el odio?

Claro, por poder se puede. Pero el único motor de cambio cuando hablamos de emociones y sentimientos es: la voluntad propia.

Y es que el odio también tiene sus ventajas. La sed de venganza es poderosa. Y más cuándo la combinamos con otros sentimientos: la injusticia, la indignación, la inseguridad, el horror, el poder.

Esto lo vemos claramente cuando uno de estos casos llega a los medios de comunicación de masas y prácticamente se hace un juicio paralelo en ellos. Pero claro, se hace sin pruebas, sin testimonios, sin veracidad, sin control, sin reglas… Se hace sobretodo desde el sentimiento, desde las vísceras. Y así se ha impartido la justicia durante muchas décadas, es más: durante siglos.

Y así se han condenado muchos inocentes, y se han salvado muchos culpables.

El sistema que tenemos no es perfecto, ni tampoco puede garantizar la venganza. Tan sólo puede intentar la rehabilitación de los individuos. Y claro, aquí es dónde las personas que vemos de cerca cómo funciona nos hacemos estas preguntas: ¿se puede rehabilitar a todo el mundo?

Pues no. Si una persona no quiere cambiar, no lo va a hacer. Pero es que además, cambiar es un proceso, y algunas rehabilitaciones son para toda la vida, y hasta puede haber recaídas, y aquí es dónde nuestro sistema falla estrepitosamente. Porque algunos procesos descartan lo emocional de tal manera que lo que logran es aumentar la intensidad del odio, cuando lo que necesitamos es que lo diluya.

Todas conocemos algún caso así:

Una persona que se ve inmersa en un proceso judicial, burocrático, extenuante, en el que se juega algo vital. Y se vuelve loca. Y hace algo drástico. Y la sociedad la juzga. Y entonces hace algo peor.

Y por si fuera poco, nunca nos ponemos en su piel, porque lo que ha hecho no tiene justificación lógica. Porque ni tú, ni yo, ni nadie en su sano juicio haría algo así. Por lo que intentar comprender esa conducta y esos hechos se vuelve algo nauseabundo. Es algo que también me fascina de la gente que escribe o investiga sobre crímenes.

Hace años, vi una película que hablaba de esto, se llama “Tinta roja”, en ella un periodista le explica a su aprendiz que no debe juzgar al escribir unos hechos, y le suelta una frase demoledora pero llena de sabiduría: “la única diferencia entre ese pobre diablo y tú, es que vos lo pensaste pero él lo hizo, nunca sabes a dónde te puede llevar la vida.”

Es precisamente por esto que a mí me cuesta posicionarme con los casos que se hacen públicos. Porque no tengo ni idea de los hechos, ni de las pruebas, ni de los testimonios. Para mí el gran fracasado, el gran culpable es el sistema. Y encima ni siquiera aprende.

Uno de los consejos que doy a todas las familias que acuden a mí, incluso antes de haber cobrado es este: “Solucionad todo lo que podáis entre vosotros, en el momento que interceda una institución en vuestro problema os va a aplicar un protocolo y ahí, vuestros intereses no le van a importar a nadie que decida.”

Y así vamos, por eso trabajo en la prevención, es en dónde la esperanza se muestra con mayor magnitud y eso hace que cuando tengo que trabajar ampliando mi zona de confort, valga la pena.

He llegado a la conclusión de que cambiar el sistema es tan complicado que es más sencillo enseñar a las personas cómo comportarse para no tener que usarlo.

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