Cómo encontrar un hombre brillante

Brillante en el sentido de que su sabiduría e ingenio no nublen su vida personal, en el sentido de que su brillo no te ciegue. Imagino que si estás leyendo esto es porque sientes que de alguna manera aún no has encontrado a “tu hombre ideal” o puede que lo hayas encontrado y sientes curiosidad por lo qué voy a contar.

A la hora de buscar pareja llevamos una carga cultural importante, hemos tragado con miles de creencias sobre “la media naranja”, el “amor romántico”, que juegan con tu valor personal. Con tu autoestima, con tu capacidad de recuperarte de los “fracasos” sentimentales.

Y claro, a cualquier hombre le pasa lo mismo, pero su mochila de creencias van en otra dirección: “que no me aten”, “que no se dude de mi masculinidad”, “que no me manipulen”, que llevan mensajes muy diferentes y contradictorios a los que nos han inculcado a las mujeres.

Este hecho hace que sea complejo establecer una relación sentimental duradera. Existen multitud de barreras interiores y exteriores para “atarte” a una persona. Desde barreras puramente físicas como la distancia, a barreras sociales como una familia en la que no encajas.

Pero de todas las barreras, las más difíciles de superar son las mentales. Cambiar esas creencias es lo que sin duda, estropea muchas relaciones. Una de las situaciones más habituales en una ruptura es la falta de confianza.

Cuando falta la confianza aparece en una relación, parece imposible recuperarla. ¿Y qué desencadena este hecho? El engaño. Siempre lo digo: El engaño es libre pero no gratuito. Puede que creas que dicho engaño es sólo de una persona hacia otra pero el más habitual es precisamente el que nos hacemos a nosotras mismas.

El autoengaño es el rey de todos los engaños: es difícil de detectar. Difícil de asumir. Difícil de solventar.

¿Y qué tiene esto que ver con encontrar a un hombre brillante?

Pues todo. Un hombre con una buena autoestima no se va a sentir amenazado por una mujer empoderada, lista, indecisa, fuerte, segura de sí misma, vulnerable, que se cuida, que tiene su propia carrera profesional o que se centra en la crianza de sus hijos e hijas.

Un hombre honesto, sincero y que va más allá de los modelos sociales, se va a preocupar porque la comunicación sea fluida, será sincero con sus sentimientos y emociones, independientemente del “qué dirán”.

¿Necesitas un hombre en tu vida? ¿cualquier hombre? ¿a cualquier precio?

Sé sincera contigo misma: busca dentro de ti: ¿qué buscas en un hombre? ¿pasión? ¿aventura? ¿fama? ¿cuidado? ¿cuerpo? ¿humor? ¿inteligencia? ¿atención? ¿aprobación?

Y todo esto que buscas en un hombre: ¿para qué lo buscas? ¿existen otras formas de encontrar eso mismo?

¡Vaya! Venías buscando respuestas y te traigo un montón de preguntas. Sí. En función de tus respuestas, sabrás ver, con claridad, las señales en el hombre que tienes enfrente, o a tu lado. Y así te darás cuenta de si sólo eres un medio, un entretenimiento, o una distracción para él. Sabrás si quiere crecer contigo. Sabrás si se preocupa por tus intereses. Verás si está dispuesto a construir una relación sincera y saludable.

¡Ojo! Otra creencia que llevamos escrita a fuego es que: una vez encontrado ya seréis felices para siempre. Que las cosas no cambian y las personas menos. Y esto también es un mito. Las relaciones son como los jardines requieren atención y cuidado diario sino se llenan de alimañas y malas hierbas. Y por eso, a veces, toca reencontrarse. Desbrozar a fondo o renovar el riego.

En esto he tenido mucha suerte, camino al lado de un hombre sabio, que me da soporte y consuelo, somos un equipo aunque a veces también nos toque arrancar malas hierbas. Lo importante es que además de querernos, nos entendemos, nos comunicamos y buscamos juntos las soluciones a los obstáculos que nos encontramos en nuestro día a día. ¿Y tú? ¿Compartes con un hombre brillante?

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Las mujeres fuertes también necesitamos apoyo

Sí. Las mujeres fuertes también necesitamos apoyo. Tenemos días malos, días depresivos, días en los que nos derrumbamos. Aunque seamos fuertes, dinámicas, con iniciativa, con carácter, poderosas o el adjetivo que tengas en la cabeza somos humanas y tenemos nuestros momentos de bajón.

Las mujeres fuertes también necesitamos alguien fuerte que nos apoye y sostenga cuando sea necesario. Detrás de una mujer poderosa hay toda una tribu que la mantiene y le da la energía cuando algo falla o se interponen obstáculos.

Esta es una realidad que nos pasa a todas las personas, mujeres, hombres, de cualquier edad, condición social, profesión o circunstancia.

Ser una mujer fuerte conlleva una serie de preconceptos y prejuicios que muchas veces nos obligan a llevar una carga innecesaria, injusta y del todo descomedida.

Vivimos en una sociedad que nos insta a vivir con la sonrisa permanente, sin poder mostrar otras emociones. Y por eso no fuera suficiente resulta ser también altamente exigente y si nos mostramos vulnerables se nos castiga duramente, sufrimos críticas, burlas, se arrastra nuestras reputaciones por el lodo y se nos baja de esos pedestales que jamás pedimos. Porque eso creo que es lo más denigrante: aún no conozco a ninguna mujer fuerte que lo haya pedido.

Yo soy una de esas mujeres (o personas) que mantengo la templanza en situaciones de crisis, y soy capaz de tomar decisiones con la cabeza fría cuando otras a mi alrededor se ven superadas por la situación. Pero cuando la crisis pasa, me vengo abajo. me siento agotada, vulnerable y puede que hasta deprimida.

He tenido suerte (o no), he podido rodearme de personas que me comprenden, me aceptan y me tratan como a una igual. Hace tiempo que huyo de la gente que me venera (o me denigra) porque al final las expectativas juegan en contra. Me gusta tratar como iguales a todas las personas que me rodean y me encuentro en el camino y además mostrarme con franqueza y sinceridad (soy vaga: mentir conlleva mucho trabajo).

Con los años he comprendido que mi capacidad para mantener muchas amistades es limitada. Procuro llevarme bien con compañer@s de trabajo, de formación, clientes, vecin@s, profesor@s, etc. Pero no soy capaz de mantener más “mejores amig@s” (BBF) que dedos tengo en las manos. La amistad hay que cultivarla y cuidarla.

Y claro, tenemos un trabajo, una familia, una mascota, una casa, unas aficiones, una formación continua, una vida tan plena que al final vamos cambiando las amistades según la ola en la que nos movemos. Y mientras coincidimos en el tiempo y el espacio podemos ser grandes amigas pero si cambia una de las dos variables pues: nos distanciamos.

Es una pena, siento que podría compartir mi vida con muchas amigas que se han ido alejando por sus respectivos caminos, sin más. Y en su día fueron grandes apoyos, me hicieron crecer y ser la mujer fuerte que ahora soy. Ojalá yo haya hecho lo mismo por ellas (al menos en parte).

Sin embargo, seguimos remando, con determinación y tal vez por nuestra forma de ser, de entender la vida, de movernos, vamos encontrando nuevos seres con los que compartir experiencias, con los que crecer, en los que reflejarnos.

Así brillamos. Cuando una cae: la sostenemos todas.

Ese es el truco: no nos dejamos aliento para la vuelta. Confiamos en nuestra familia.

La familia que hemos elegido y creado.

Cuando por fin, sabes que la comunidad es la base de tu éxito, y que el sentimiento de pertenencia es también sentido de supervivencia se te pasan muchas elucubraciones sobre la libertad, la independencia, la fortaleza, el sufrimiento, el que dirán, los prejuicios… La fuerza de una al final es el resultado de muchas fuerzas unidas.

Esto es empoderamiento colectivo: saber que cuando estás abajo, otras te sostienen. Que cuando tú no tienes fuerzas para alzar la voz, otras lo están haciendo por ti. Saber que también tu fortaleza inspira a otras. Y que ser vulnerable no te hace ser menos.

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Mi misión profesional

Tal vez debería haber escrito este artículo hace mucho tiempo. Desde que comencé a estudiar educación social he tenido que explicar a qué me dedico. Algunas compañeras y yo misma grabamos un breve vídeo para explicar ¿qué es eso de la educación social?(podéis ver nuestra gran obra aquí).

Al terminar, tenía muy claro que mi verdadera profesión estaba por inventar, es curioso, me coincidió el final de la carrera con mi primer puerperio. Creo que fui de las primeras en hacer un examen mientras daba de mamar a mi bebé. Puede parecer un dato absurdo pero luego entenderás el por qué de su relevancia en esta historia.

Total, que pasaron los años y yo me volqué en la crianza de mi hijo, mientras me seguía formando en pedagogía, leyes, lactancia, alimentación… Ser madre requiere un conocimiento holístico de lo que es un ser humano y su desarrollo. Evidentemente no todas las madres adquirimos el mismo conocimiento, pero nos convertimos en expertas de nuestro hijo, único, especial e irrepetible.

Fue tras casi tres años de maternidad que me quedé embarazada por segunda vez y en mi eterna carrera de voluntaria, de asociacionismo y activismo social, me sumergí en los entresijos de una asociación de lactancia y crianza. Y aquí descubrí mi ikigai, mi objetivo vital.

Ikigai es una palabra de origen japonés que sirve para designar ese punto en el que confluyen tu profesión, tu pasión, tu vocación y tu misión en la vida. Y la mía es guiar a las familias en sus crianzas, en sus decisiones, en su forma de hacer, sentir y vivir.

Algunas personas tardamos mucho en descubrir nuestros talentos, nuestra vocación, o simplemente qué es lo que se nos da bien en la vida. Hay un proverbio chino que dice: “Ningún copo de nieve cae en el lugar equivocado.” Y es en ese momento: en el que una familia se marcha tras una asesoría; cuando me doy cuenta de que cada paso de mi vida me ha traído hasta aquí, y que aunque parezca raro, necesité cada uno de ellos para convertirme en la experta que soy ahora.

Mi experiencia personal me ha permitido ser experta en varios ámbitos:

  1. La mediación: no sólo he estudiado sobre la resolución de conflictos, sino que tengo una experiencia muy amplia, mis más de 25 años en el tejido asociativo me han permitido bregar con todo tipo malentendidos, intereses personales opuestos al bien común, debates, discusiones, conflictos.
  2. La comunicación: ciertamente la comunicación escrita no es mi fuerte, sin embargo se me da fenomenal la comunicación de tú a tú, en presencial gano mucho. Sé escuchar con auténtica atención. Y puede que mi fuerte sea que mi curiosidad me posibilita realizar preguntas poderosas. De esas que te dan impulso.
  3. La crianza: tengo dos hijos: un niño y una niña, son como el día y la noche, he pasado por numerosas dificultades, y las he superado (casi todas). Me he empapado de sus ocurrencias, de sus aprendizajes, han sido mi motor para formarme en multitud de áreas, desde el desarrollo humano hasta la lactancia. Por lo que tengo una perspectiva amplia de la crianza.
  4. La educación emocional: mi talento innato, pero que he cultivado a lo largo de toda mi vida, tanto de forma teórica como práctica. Tengo una capacidad de empatía que sorprende (con los años he visto que desde siempre).
  5. La innovación: Y aquí es dónde la anécdota que te he contado antes cobra su relevancia, porque he sido pionera en muchos campos. No sólo en solicitar poder amamantar a mi bebé recién nacido. Fui de las primeras niñas que quise jugar al fútbol. De las primeras mujeres en dedicarme al sonido directo. De las primeras estudiantes en lograr un presupuesto de 6 cifras para organizar unas jornadas anti-patriarcales en una universidad pública gallega. Soy exploradora, me gusta abrir camino en la sociedad y propagar la tolerancia, el respeto, la diversidad y la solidaridad.
  6. El aprendizaje: he estudiado en todo tipo de circunstancias, formatos, épocas vitales, niveles… Pero es que además, me sigo especializando en el funcionamiento del pensamiento, en neurobiología, en desarrollo cerebral.

Así que, todas estas piezas han creado el puzzle de habilidades que me conforman, que me hacen amar la profesión de la educadora social, sentir pasión por la capacidad de encontrar espacios comunes de entendimiento, ser capaz de ofrecer apoyo, guía y soluciones personalizadas a mis clientes o tener clara mi meta en la vida.

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¿Se puede modificar el odio?

Es una pregunta que a menudo me pregunto cuando hablo con amigas que trabajan en los juzgados, o en los servicios sociales. A veces, intercambiamos impresiones sobre casos que tratamos o de los que nos hablan, incluso de los que saltan a los medios de comunicación.

Y claro, debatimos sobre emociones porque cuando una familia llega a un juzgado o a servicios sociales es porque su historia está llena de sentimientos, de entre los cuáles, el odio es muy habitual.

Mira que llevo años trabajando en este tema y me sigue sorprendiendo como dos personas que se juraban amor eterno pueden llegar a odiarse hasta límites insospechados.

Y es que el odio es un sentimiento que bebe de muchas fuentes: la ira, el asco, la tristeza, el miedo.

Cada relación personal tiene una química muy concreta que, cuando cambia y se transforma, resulta complicado recuperar un equilibrio emocional.

Una de las cosas que solemos comentar es que las relaciones se enquistan por miedo a ampliar la zona de confort. En muchas ocasiones, dos personas ya no se quieren, o se quieren pero no son capaces de convivir, y en vez de dejarse; siguen juntas hasta que no pueden ni verse (o una de ellas se muere).

Evidentemente, estos procesos no suceden de la noche a la mañana. Y no es algo exclusivo del ambiente familiar. Aunque sea el ámbito en el que estoy especializada, estos ciclos se dan en multitud de áreas: trabajo, formación, vecindad, aficiones, cultura, religión, hábitos… Cualquiera que te venga a la mente.

Existen tantas formas de odiar como de amar: infinitas.

Por eso, para algunas personas el término odiar es muy fuerte. Es como el culmen. Existen multitud de sinónimos: aborrecer, molestar, incordiar, despreciar, maldecir, detestar, rechazar… y sin embargo, parecen menos duros. El odio es lo peor que alguien te puede profesar.

Pero vamos al meollo de este artículo: ¿se puede cambiar el odio?

Claro, por poder se puede. Pero el único motor de cambio cuando hablamos de emociones y sentimientos es: la voluntad propia.

Y es que el odio también tiene sus ventajas. La sed de venganza es poderosa. Y más cuándo la combinamos con otros sentimientos: la injusticia, la indignación, la inseguridad, el horror, el poder.

Esto lo vemos claramente cuando uno de estos casos llega a los medios de comunicación de masas y prácticamente se hace un juicio paralelo en ellos. Pero claro, se hace sin pruebas, sin testimonios, sin veracidad, sin control, sin reglas… Se hace sobretodo desde el sentimiento, desde las vísceras. Y así se ha impartido la justicia durante muchas décadas, es más: durante siglos.

Y así se han condenado muchos inocentes, y se han salvado muchos culpables.

El sistema que tenemos no es perfecto, ni tampoco puede garantizar la venganza. Tan sólo puede intentar la rehabilitación de los individuos. Y claro, aquí es dónde las personas que vemos de cerca cómo funciona nos hacemos estas preguntas: ¿se puede rehabilitar a todo el mundo?

Pues no. Si una persona no quiere cambiar, no lo va a hacer. Pero es que además, cambiar es un proceso, y algunas rehabilitaciones son para toda la vida, y hasta puede haber recaídas, y aquí es dónde nuestro sistema falla estrepitosamente. Porque algunos procesos descartan lo emocional de tal manera que lo que logran es aumentar la intensidad del odio, cuando lo que necesitamos es que lo diluya.

Todas conocemos algún caso así:

Una persona que se ve inmersa en un proceso judicial, burocrático, extenuante, en el que se juega algo vital. Y se vuelve loca. Y hace algo drástico. Y la sociedad la juzga. Y entonces hace algo peor.

Y por si fuera poco, nunca nos ponemos en su piel, porque lo que ha hecho no tiene justificación lógica. Porque ni tú, ni yo, ni nadie en su sano juicio haría algo así. Por lo que intentar comprender esa conducta y esos hechos se vuelve algo nauseabundo. Es algo que también me fascina de la gente que escribe o investiga sobre crímenes.

Hace años, vi una película que hablaba de esto, se llama “Tinta roja”, en ella un periodista le explica a su aprendiz que no debe juzgar al escribir unos hechos, y le suelta una frase demoledora pero llena de sabiduría: “la única diferencia entre ese pobre diablo y tú, es que vos lo pensaste pero él lo hizo, nunca sabes a dónde te puede llevar la vida.”

Es precisamente por esto que a mí me cuesta posicionarme con los casos que se hacen públicos. Porque no tengo ni idea de los hechos, ni de las pruebas, ni de los testimonios. Para mí el gran fracasado, el gran culpable es el sistema. Y encima ni siquiera aprende.

Uno de los consejos que doy a todas las familias que acuden a mí, incluso antes de haber cobrado es este: “Solucionad todo lo que podáis entre vosotros, en el momento que interceda una institución en vuestro problema os va a aplicar un protocolo y ahí, vuestros intereses no le van a importar a nadie que decida.”

Y así vamos, por eso trabajo en la prevención, es en dónde la esperanza se muestra con mayor magnitud y eso hace que cuando tengo que trabajar ampliando mi zona de confort, valga la pena.

He llegado a la conclusión de que cambiar el sistema es tan complicado que es más sencillo enseñar a las personas cómo comportarse para no tener que usarlo.

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La bofetada pedagógica

Este es un tema recurrente, cada cierto tiempo, se vuelve a hablar sobre si se puede emplear la violencia para educar a niños y niñas, aunque sea como medida excepcional.

Y aunque, yo trabajo cada día para que esto cambie, mucha gente todavía piensa que es legítimo, que está bien, y que es incluso una herramienta pedagógica pegar a un menor cuando su actitud es desafiante, o no quiere obedecer.

En este vídeo, os cuento mis propias reflexiones al respecto.

 

No creo que a nadie en este mundo le guste recibir bofetadas, ni cachetes (nalgadas), ni collejas, ni pellizcos, ni zarandeos…

Y menos, cuando es porque quieren obligarte a hacer algo que ni quieres, ni has pedido.

Soy la primera en comprender la frustración de una persona adulta ante una actitud desafiante y negativa de un niño o niña, y también en entender que en ese momento caótico y desesperante se te pueda ir la mano pero, está mal.

Está peor que mal.

Es un fracaso.

Es un error.

Y como persona adulta sabes que no debes hacerlo. Sabes que ese peque merece una disculpa. Y merece que te pongas a su nivel, le mires a los ojos y le expliques que te has equivocado, que nadie merece ese trato, que lo sientes y que no volverá a suceder.

Y en tu mano está encontrar herramientas para cumplir tu promesa. Para cumplir ese pacto de tratar con respeto a todo el mundo, y más a quienes necesitan protección y cuidado.

Porque lo que no nos podemos permitir es justificar la violencia, ni el maltrato.

La educación que necesitamos para hacer de este mundo un lugar mejor pasa por revisarnos a nosotras mismas y crecer, aprendiendo a ser más asertivas y responsables. Porque somos el ejemplo de quienes vienen detrás.

Ya no funciona eso de: “Haz lo que te digo y no lo que hago”.

De eso va mi trabajo, de transmitir, difundir y enseñar herramientas de comunicación, educación emocional, gestión de los conflictos, búsqueda de soluciones creativas para el día a día en familia.

Puedes contactar conmigo aquí

 

¿Cuánto cuesta un besito?

No existe nada que despierte más ternura que el besito de un peque. Que un niño o niña te de un besito es muy reconfortante para el corazón. Parece que rejuvenece.

Sin embargo, vivimos en una sociedad que en muchas ocasiones, obliga a que niños y niñas lo hagan cuando no quieren. Y aquí empiezan numerosos chantajes al respecto:

  • Pues me pongo triste si no me lo das.
  • Pues ya no te quiero.
  • Pues no te voy a regalar más juguetes.
  • Pues no te vuelvo a dar helado.

Y digo yo: ¿qué valor tiene para una persona adulta conseguir un beso bajo la extorsión y/o el chantaje emocional?

¿Qué mensaje dais cuando lográis un besito a toda costa?

¿Qué creéis que están aprendiendo estas niñas y niños?

Luego llega una persona malintencionada y les dice:

  • Si te vienes conmigo te doy un regalo.
  • Quieres que te regale un perrito. Ven conmigo.
  • Si no le cuentas esto a nadie te doy un helado.

¿Te parece exagerado?

Ahora muchas personas dirán:

  • A mí me obligaron de pequeña y nunca me pasó nada.
  • Qué mal puede hacer que les den un beso a su abuela.
  • Eso es demagogia, no tiene por qué pasar eso.
  • Es una forma de que niños y niñas entiendan la autoridad.

¿Y qué pasa con las personas que sí les pasó algo?

No nos damos cuenta de cuántas son, no es un tema del que te vaya a hablar nadie, es más, muchas personas ni lo recuerdan, son recuerdos traumáticos que tienen bloqueados.

En mi opinión, tanto niños como niñas necesitan aprender que su cuerpo es suyo, que sus emociones son suyas, que sus afectos son suyos y les corresponde decidir a quien mostrárselos y a quien no.

Me parece apropiado que sepan que los besitos no se compran.

No se venden.

No cuestan una sonrisa, un juguete, una moneda o un postre.

Que sepan que son sólo suyos y sólo se los deben dar a quién sientan que se los deben dar.

Que nadie tiene derecho a obligarl@s a mostrar algo que no sienten, o que simplemente no les apetece en ese momento.

Luego nos convertimos en personas adultas que no sabemos decir que no.

Personas que se sienten obligadas a mostrar afecto (que no respeto) a gente que nos repugna.

Personas que sonreímos a gente que ni nos gusta, ni nos agrada, ni nos aporta.

Personas, al fin y al cabo, que no se sienten libres para mostrar sus emociones y sentimientos.

¿Qué nos pasa que nos cuesta tanto empatizar? ¿Y más aún con niños y niñas?

Así que esa es mi pregunta: ¿cuánto cuesta un besito? ¿Y uno tuyo?

Los secretos del puerperio

Estás embarazada por primera vez. Todo es nuevo, estás llena de dudas. No sabes ni por dónde empezar.

Tal vez era un embarazo deseado y buscado, tal vez no. Tú seguramente tendrás sentimientos encontrados que se mueven entre la alegría y el miedo.¿o no?

Todo va muy rápido y parece que de golpe tienes que tomar un montón de decisiones sobre temas que no tienes ni idea, y para más inri, recibes informaciones contradictorias por todas partes. En mi opinión esta es una de las cosas que genera más dudas. Unas personas te dicen que epidural, otras que parto respetado, otras que vayas a tu hospital más cercano, otras que mejor te busques uno amigo de los niños ¿qué demonios es un hospital amigo de los niños?

En medio de este embrollo, tú y tu pareja confiáis en que vuestra matrona en algún momento te va a dar una cita con ginecología, y allí podréis despejar todas vuestras dudas. Han pasado casi 7 meses de embarazo y si todo ha ido bien, ninguna visita, nada. Te empiezas a poner más nerviosa. Se te da por preguntar a alguna amiga o familiar y te cuenta que seguramente no verás a nadie de ginecología hasta el día del parto. ¿cómo?

Pues sí, los partos los llevan las matronas. Pero no las de atención primaria. ¿Curioso, eh? Otro mito que se cae. También te digo que una buena matrona pro parto respetado es lo mejor que te puede pasar.

Llegan las clases preparto. Y tu piensas: Menos mal. Suspiras.

Pero, no. No sólo no te despejan dudas sino que te generan más. ¿Puedo cortar el cordón? ¿Puedo donarlo? ¿Para qué sirve? Y dirás: Pues podré hacer todas las preguntas en esas clases, que son para eso. Pues no siempre, a veces te quedas ensimismada con un tema concreto, o te encuentras mal,o te da un mareo, o no se te ocurre en el momento.

Total, ¿qué puedes hacer? Buscar información contrastada y veraz, en facebook tienes varios grupos de embarazo, lactancia, crianza… En tu ciudad, o en sus alrededores, puedes acudir a grupos presenciales de lactancia y crianza en dónde encontrarás familias que van a pasar por el puerperio, que lo están pasando o que lo han pasado recientemente. Y por supuesto, leer, tienes multitud de blogs, revistas y libros sobre maternidad y crianza. (Te dejo un par de enlaces de dos blogs que me gustan mucho aquí y aquí).

Ya ha pasado el día del parto, ya habéis dejado el hospital y estáis en casa. Es una sensación tremenda verte sola con tu bebé en casa. Es claramente, una situación nueva y estresante, nunca has pasado por algo así, las clases preparto ahora te parece que quedaron muy lejos en el tiempo, te sabes la teoría pero no tienes ni idea de qué hacer, cómo hacerlo, cuándo hacerlo. Si vienen visitas de familiares y amig@s, lo más seguro es que te ofrezcan soluciones rápidas, eficaces en los primeros momentos pero que en cuanto se marchan por la puerta, dejan de funcionar.

Pedir ayuda es complicado.

Saber a quien acudir es complicado.

Tener la casa llena de gente y de trastos por en medio es complicado.

Te toca tomar muchas decisiones: qué tipo de lactancia, dónde va a dormir, qué pañales, qué ropa, cuando tocan las vacunas, cuándo las revisiones, cómo organizar las tareas del hogar… Y tú sólo quieres dormir y que alguien te diga qué hacer, cómo y cuándo.

El caso es que ahora te toca a ti (y a tu pareja si es el caso) tomar todas las decisiones con respecto a tu bebé. Sólo a esta nueva familia le corresponde: A tu familia.

Y aquí es cuando te doy los dos consejos que considero más importantes al respecto:

  1. Prioriza lo importante, muchas veces lo urgente se lleva lo importante. Hasta que lo importante se vuelve urgente. Yo te digo que muchas de las cosas que tienes en tu lista de urgentes no lo son tanto. Las cosas importantes sí suelen serlo. Procura prestarles atención.
  2. Infórmate y mantén la calma, solemos tomar muchas decisiones por impulso, pero las prisas son nuestras enemigas en cuanto a crianza se refiere, en este artículo te hablo de ello.

Aunque en medio del caos, no es fácil ver la luz y mantener la tranquilidad, el puerperio, como todo, es una etapa más, y pasa rápido. En el grupo de crianza y lactancia lo decimos mucho: los días son largos pero los años cortos. Te invito a disfrutar cada momento y pedir ayuda siempre que lo necesites. La mía la puedes encontrar aquí.

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