Joker y los villanos de Batman

Voy a confesarte algo, soy una freaky de los cómics, desde siempre me ha encantado leer y los cómics y las novelas gráficas ocupan mucho espacio en las librerías de mi casa. Aquí mi hombre siempre dice que está harto de mover libros de un sitio para otro (aunque luego disfruta mucho de la lectura también, sobretodo de los cómics).

Dentro del Universo Superhéroes uno de los más conocidos es, sin duda alguna, Batman. Pero lo realmente genial de Batman, no es este superhéroe en sí, sino todo el entorno que le rodea. Gotham City y sus habitantes viven en la oscuridad, en un mundo corrupto, contaminado, sin esperanza. Y aquí es donde entran en juego los supervillanos más geniales de todos: Joker, Bane, Catwoman, Penguin, Poison Eve, Enigma, Two Faces.

Hay más, por supuesto, pero hoy quiero centrarme en estos. ¿Por qué? ¿Qué les hace diferentes a cualquier otro supervillano?

Que son rebeldes. Que lo que quieren es cambiar el mundo no poseerlo. Son los supervillanos más superhéroes porque todos ellos han sufrido la violencia estructural del sistema. Y esto les ha movido a convertirse en lo que son: Supervillanos.

Voy a explicarme mejor, primero analicemos al superhéroe: Batman es, en esencia, Bruce Wayne, un multimillonario de cuna que tuvo la “mala suerte” de perder a sus padres cuando era un niño. Así que se vio al mando de una corporación enorme (¿en serio?¿quién va a dejar que un niño se haga cargo de algo así?) y su mayordomo se encargó de su educación (mayordomo, secretario y niñero). Era evidente que al llegar a la adolescencia se produciría una crisis vital de proporciones estratosféricas.

Así que, tras una formación de élite, entrenamientos varios y una falta de apego enorme decide convertirse en Batman para combatir la corrupción, el mal y a cualquiera que quiera destruir Gotham. No sabemos si esto empezó por su propia corporación o no. Aunque alguno de sus supervillanos salió directamente de Industrias Wayne o de alguna de sus filiales.

Veamos ahora a estos supervillanos.

Two Faces (Dos caras) es un exfiscal que intentó limpiar la ciudad por los canales legales y el mundo del hampa le quemó media cara, decidió entonces que la justicia oficial no daba solución a sus intereses y así se convirtió en juez y verdugo al margen del sistema establecido.

Enigma (El acertijo) es un extrabajador de Industrias Wayne, se dedicaba a desarrollar los fantásticos inventos de Batman hasta que empieza a idear cosas que no entran dentro de las expectativas de su jefe, es despedido y decide vengarse y acabar con el superhéroe para demostrar que es más inteligente que él.

Poison Eve (Hiedra Venenosa) es una científica ecologista a la que creen destruir en su laboratorio pero que se convierte en una fuerza de la naturaleza (tal vez una mezcla de Afrodita y Demeter), su motivación es destruir Gotham para que deje de contaminar a sus “bebés” (las plantas).

Penguin (El pingüino) es un niño deforme cuyo aspecto se asemeja al de un pingüino que busca el reconocimiento social, tras sufrir bullying, humillaciones y vejaciones descubre que su sitio son los bajos fondos, aunque lo que realmente desea es ser Alcalde de Gotham, no por el poder en sí, sino por sentirse amado y respetado.

Catwoman (Gatubela) es confuso su origen, existen historias diferentes, en cualquier caso acaba convirtiéndose en una ladrona de joyas de guante blanco y conquistando al hombre murciélago. Jamás ha buscado poder, eso sí en algunas versiones ha buscado la venganza.

Bane es producto de una infancia vivida entre presidiarios y experimentos con venenos y drogas. Su motivación es destruir la sociedad, así sin más. Acabar con el mundo para que empiece de cero.

Joker (El guasón) por fin hemos llegado al mayor supervillano de todos. Ese personaje demente, loco dónde los haya. Las historias sobre sus orígenes son variadas pero todas llenas de crueldades y paranoias. El mal personificado que busca la destrucción total. El no busca ni dinero, ni poder. Tan sólo quiere ver arder el mundo. Sin más.

Así que aquí tenemos a un montón de supervillanos reaccionando de la peor manera posible a las injusticias que han vivido. En el fondo son unos niños y niñas maltratados por la sociedad, apartados de la misma, desechados. Unas personas tratadas como basura que vuelve de la peor manera posible.

Vale,vale… No todos. No todas.

El caso es que todas las historias tienen su enseñanza vital. Su punto de moraleja. Los supervillanos de Batman también tienen algo que decir. También tienen su propia necesidad de venganza, de resarcimiento, de justicia. En el fondo, todos luchan contra el sistema establecido: héroes y villanos. Coinciden en que es demoledor vivir en un mundo corrupto e injusto. Su misión es cambiarlo.

¿Es esto una locura? ¿Es esto un error?

Se pueden hacer muchas interpretaciones al respecto, con la última película del Joker se han escuchado multitud de críticas sobre si es una glorificación de la violencia, sobre que es una obra que se recrea en el sufrimiento, sobre que el maltrato infantil deriva en enfermedad mental, sobre que este tipo de historias estigmatizan las dolencias de este tipo.

¿Qué es la locura? ¿Por qué nos causa tanto rechazo y miedo?

En general, tememos lo desconocido. Al igual que rechazamos lo salvaje y descontrolado. La locura tiene ambos componentes. Y así es como se toma la parte por el todo y se mete en el mismo saco a un sádico psicópata o a una persona con trastorno de ansiedad provocado por el estrés. Y esto es algo tremendamente injusto.

Dar visibilidad a las enfermedades y trastornos mentales, a sus implicaciones y dificultades diarias es importante para que deje de ser tabú. Para que tengamos menos miedo, ya que la información es poder.

Establecer unas medidas de apoyo sociales a quienes padecen estas afecciones es, sin duda, necesario para que esa percepción de descontrol desaparezca. Y además deben existir canales que actúen a la mayor brevedad posible.

Uno de los grandes males de nuestra asistencia sanitaria es que se invierte mucho más en infraestructuras y materiales que en personal profesional. Te imaginas, sólo por un instante, que en cada centro de salud hubiera una fisioterapeuta, un psicólogo y una terapeuta ocupacional. ¿No sería mucho más efectivo?

A nadie se le ocurriría dejar a una persona con una pierna rota durante meses antes de darle un diagnóstico y un tratamiento. Sin embargo, cuándo alguien sufre depresión o ansiedad es lo habitual. Y el cerebro no se cura como una pierna.

Ya no voy a hablar de tratar las enfermedades mentales con prioridad y eficacia sino de la pura prevención.

En general, dentro de la educación social, el campo que me motiva es el de la prevención. Porque si nos cuidamos, vivimos mejor.

Estamos en un mundo muy exigente y hostil que siempre nos pide un poco más. Una hora más, un atasco más, una mala comida más, un capítulo más, una copa más… Y se lo damos, casi siempre.

Pero cuando nos pasamos, tarde o temprano pagamos el precio, y suele ser mucho más elevado de lo que imaginamos.

Si no paramos cuando es necesario, llega la vida y nos frena en seco.

Ese catarro se convierte en bronquitis, neumonía o pulmonía. Ese esguince se convierte en luxación, en dolor crónico, ese ardor de estómago en úlcera. Esa depresión en un suicidio y esa ansiedad se puede convertir en un Joker.

Hace muchos años que sigo al blog: La crianza con apego es mi forma de cambiar el mundo. Mi manera de cambiarlo es a través de la educación consciente y empoderamiento familiar. Trabajando en la visibilización, la información y la desestigmatización.

¿Me contáis la vuestra?

¿Se puede modificar el odio?

Es una pregunta que a menudo me pregunto cuando hablo con amigas que trabajan en los juzgados, o en los servicios sociales. A veces, intercambiamos impresiones sobre casos que tratamos o de los que nos hablan, incluso de los que saltan a los medios de comunicación.

Y claro, debatimos sobre emociones porque cuando una familia llega a un juzgado o a servicios sociales es porque su historia está llena de sentimientos, de entre los cuáles, el odio es muy habitual.

Mira que llevo años trabajando en este tema y me sigue sorprendiendo como dos personas que se juraban amor eterno pueden llegar a odiarse hasta límites insospechados.

Y es que el odio es un sentimiento que bebe de muchas fuentes: la ira, el asco, la tristeza, el miedo.

Cada relación personal tiene una química muy concreta que, cuando cambia y se transforma, resulta complicado recuperar un equilibrio emocional.

Una de las cosas que solemos comentar es que las relaciones se enquistan por miedo a ampliar la zona de confort. En muchas ocasiones, dos personas ya no se quieren, o se quieren pero no son capaces de convivir, y en vez de dejarse; siguen juntas hasta que no pueden ni verse (o una de ellas se muere).

Evidentemente, estos procesos no suceden de la noche a la mañana. Y no es algo exclusivo del ambiente familiar. Aunque sea el ámbito en el que estoy especializada, estos ciclos se dan en multitud de áreas: trabajo, formación, vecindad, aficiones, cultura, religión, hábitos… Cualquiera que te venga a la mente.

Existen tantas formas de odiar como de amar: infinitas.

Por eso, para algunas personas el término odiar es muy fuerte. Es como el culmen. Existen multitud de sinónimos: aborrecer, molestar, incordiar, despreciar, maldecir, detestar, rechazar… y sin embargo, parecen menos duros. El odio es lo peor que alguien te puede profesar.

Pero vamos al meollo de este artículo: ¿se puede cambiar el odio?

Claro, por poder se puede. Pero el único motor de cambio cuando hablamos de emociones y sentimientos es: la voluntad propia.

Y es que el odio también tiene sus ventajas. La sed de venganza es poderosa. Y más cuándo la combinamos con otros sentimientos: la injusticia, la indignación, la inseguridad, el horror, el poder.

Esto lo vemos claramente cuando uno de estos casos llega a los medios de comunicación de masas y prácticamente se hace un juicio paralelo en ellos. Pero claro, se hace sin pruebas, sin testimonios, sin veracidad, sin control, sin reglas… Se hace sobretodo desde el sentimiento, desde las vísceras. Y así se ha impartido la justicia durante muchas décadas, es más: durante siglos.

Y así se han condenado muchos inocentes, y se han salvado muchos culpables.

El sistema que tenemos no es perfecto, ni tampoco puede garantizar la venganza. Tan sólo puede intentar la rehabilitación de los individuos. Y claro, aquí es dónde las personas que vemos de cerca cómo funciona nos hacemos estas preguntas: ¿se puede rehabilitar a todo el mundo?

Pues no. Si una persona no quiere cambiar, no lo va a hacer. Pero es que además, cambiar es un proceso, y algunas rehabilitaciones son para toda la vida, y hasta puede haber recaídas, y aquí es dónde nuestro sistema falla estrepitosamente. Porque algunos procesos descartan lo emocional de tal manera que lo que logran es aumentar la intensidad del odio, cuando lo que necesitamos es que lo diluya.

Todas conocemos algún caso así:

Una persona que se ve inmersa en un proceso judicial, burocrático, extenuante, en el que se juega algo vital. Y se vuelve loca. Y hace algo drástico. Y la sociedad la juzga. Y entonces hace algo peor.

Y por si fuera poco, nunca nos ponemos en su piel, porque lo que ha hecho no tiene justificación lógica. Porque ni tú, ni yo, ni nadie en su sano juicio haría algo así. Por lo que intentar comprender esa conducta y esos hechos se vuelve algo nauseabundo. Es algo que también me fascina de la gente que escribe o investiga sobre crímenes.

Hace años, vi una película que hablaba de esto, se llama “Tinta roja”, en ella un periodista le explica a su aprendiz que no debe juzgar al escribir unos hechos, y le suelta una frase demoledora pero llena de sabiduría: “la única diferencia entre ese pobre diablo y tú, es que vos lo pensaste pero él lo hizo, nunca sabes a dónde te puede llevar la vida.”

Es precisamente por esto que a mí me cuesta posicionarme con los casos que se hacen públicos. Porque no tengo ni idea de los hechos, ni de las pruebas, ni de los testimonios. Para mí el gran fracasado, el gran culpable es el sistema. Y encima ni siquiera aprende.

Uno de los consejos que doy a todas las familias que acuden a mí, incluso antes de haber cobrado es este: “Solucionad todo lo que podáis entre vosotros, en el momento que interceda una institución en vuestro problema os va a aplicar un protocolo y ahí, vuestros intereses no le van a importar a nadie que decida.”

Y así vamos, por eso trabajo en la prevención, es en dónde la esperanza se muestra con mayor magnitud y eso hace que cuando tengo que trabajar ampliando mi zona de confort, valga la pena.

He llegado a la conclusión de que cambiar el sistema es tan complicado que es más sencillo enseñar a las personas cómo comportarse para no tener que usarlo.

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Quién piensa en l@s niñ@s?

Veo en las noticias el caso del parricidio en Godella y todos los comentarios que se generan alrededor de esta desgracia y siento el impulso de hacer una reflexión al respecto: en qué momento empezaron a importarnos?

Es cierto que a algunas personas le importa mucho la vida de los niños y niñas antes de nacer. A muchas otras les escandaliza ante casos extremos en los que: se suicidan porque ya no aguantan el bullying, los matan las novias de sus padres, los asesinan sus propios padres y/o madres, aparecen cadáveres en una playa o bien enjaulados en una frontera.

Pero, por qué no nos volcamos antes de que sucedan todas estas injusticias? Tal vez muchas pensemos que para eso pagamos impuestos, para que se ocupen de ellos los Servicios Sociales… No vamos a ser nosotras, las ciudadanas de a pie las que podamos intervenir o hacer algo. Y en cierto modo, es cierto, no podemos hacer mucho. Pero tal vez sí podemos hacer pequeños gestos.

Está en la naturaleza de muchas no tomar partido, no implicarse, evitar el conflicto… Y está bien,es totalmente legítimo y comprensible. A veces, no merece la pena meterse en un jardín. Lo que sí podemos hacer es dejar de ser cómplices de algunas conductas. Dejar de pensar en lo malo que es ser “el chivato”, al menos en ciertas ocasiones.

Os voy a contar algo que me sucedió hace años. Yo vivía en una de esos pueblos de extrarradio que llaman ciudad dormitorio. En un edificio enorme con muchas viviendas en cada piso. Un día se mudaron unas vecinas nuevas a la puerta de al lado, entre semana escuchábamos muchos gritos,llantos y todo tipo de discusiones acaloradas en otro idioma. Y el fin de semana era todo fiesta, música alta, jarana y risas.

Así era su rutina, y a mí tampoco me molestaba porque yo solía trabajar mucho y, casi no estaba en casa. Un día, cuando entraba en el portal, salía una de mis vecinas con un chico que le dio un bofetón que la tiró al suelo… Rápidamente me acerqué y le pregunté si estaba bien, ella me dijo que sí, que estaba bien. Yo le dije que no se merecía ese trato. El chico la ayudó a levantarse y me dijo a mí que lo sentía mucho que no había sido su intención, que todo estaba bien.

Yo me quedé con la mosca detrás de la oreja, así que cuando me fui a tomar un café con mi vecina de enfrente, se lo comenté. Y ella me dijo que también había visto cosas raras. Que a ella le parecía que era un “piso de mamis”.

Jamás había oído tal expresión. Un piso de “mamis” es una vivienda en donde viven mujeres que traen engañadas para que ejerzan la prostitución. Al principio, viven con total tranquilidad, y mientras viven ahí las van “convenciendo” para que se prostituyan, unas veces con zalamerías, otras con amenazas y algunas pocas a base de palos y chantajes.

Yo me quedé horrorizada y dije vamos a denunciarlo, mi vecina me dijo que ella me acompañaba y allá nos fuimos. Cuando llegamos al cuartelillo de la guardia civil, nos atendió un “veterano” que escuchó nuestra historia y nos explicó que si queríamos denunciar los hechos teníamos que dejar nuestros datos. Y claro, ahí nos echamos atrás, vivíamos puerta con puerta, y si nos hacían algo? Y si nos llamaban a la puerta y nos amenazaban? Y si nos hacían daño? O algo peor…

Poco tiempo después me quedé embarazada y nos mudamos, en una clase de la facultad abordaron el tema de cómo ayudar a menores en riesgo exclusión social, y nos hablaron del teléfono del menor. Y claro, se me encendió la bombilla, eso tendría que haber hecho!! Llamar al teléfono del menor, poner denuncia anónima (es fácil consultarlo en Internet, cada comunidad tiene el suyo) suele ser además gratuito y según los hechos van a comprobar la situación.

No me había dado cuenta de que, efectivamente, en medio de aquel drama, había un niño pequeño de unos 2 años,inmerso en ese ambiente tóxico. Y que quizás a través de él, podría ayudar a su madre y a todas sus compañeras (al menos 4 mujeres diferentes convivían mientras yo estuve allí).

Seguramente, podría haberlo dejado pasar, no era mi problema… Pero, ante una situación de violencia, maltrato o indefensión creo que nadie debería quedarse impasible, ante una mala conducta, creo que hay que decir algo, hacer algo. Tenemos demasiado normalizada la violencia.

El otro día, en la piscina, mientras esperaba a que salieran mis peques, un padre le dio un cachetito en el culete a su hijo de unos 2 años, le decía: vamos si no quieres que te ponga rojo el culo”. Y nadie hicimos, ni dijimos nada. Y estuvo mal.

Estuvo mal el comportamiento del padre pero, también el mío y el de las demás adultas que allí estaban. Y os soy sincera, cada día me genera más asco, o repugnancia, no actuar ante una situación así. Claro que no le dio fuerte, ni le hizo daño pero, es que no deberíamos consentir ni ese nivel de violencia.

Algunas trabajadoras sociales respondieron ante la noticia del parricidio de Godella, diciendo que los servicios sociales están saturados. Otras que el papeleo burocrático hacía que los procesos fueran muy lentos, otras que en realidad quien toma la decisión sobre qué hacer en esos casos es la fiscalía de menores. Y yo las creo, las creo a todas, también creo que algunas profesionales actúan en la medida de la complejidad que se encuentran.Pero sobretodo creo que si la sociedad en general no admitiésemos ciertas conductas, si no tolerásemos la más mínima violencia, seguramente aligeraríamos mucho el trabajo de los servicios sociales, y por ende, el de los tribunales.

Tal vez me equivoque pero si queremos un mundo más amable y pacífico, no podemos consentir estas prácticas. Y tú, qué opinas?

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