Reparando su anillo

Preguntemos a quien no le fue bien

Cuando se trata de modificar el sistema educativo nadie pregunta a quienes falló el sistema. A quienes se quedaron en el camino.

Ni siquiera se pregunta a quién se preocupa por esas personas. Porque son personas, y algunas de ellas han llegado a ser personas relevantes, exitosas, capaces y buenos ejemplos.

En el sistema educativo tradicional se premia y se castiga, directa e indirectamente. Se promueven ciertos valores y habilidades y se denostan otros sin pararse a analizar si podrían ser de utilidad para esa persona.

Puede que este tema le resulte absurdo a mucha gente, sin embargo si estás leyendo esto es porque para ti tiene relevancia. Y para mí también.

Somos las personas raras, las inadaptadas, las que no encajamos quienes dotamos al mundo de diversidad, pluralidad y amplitud de miras.

Quienes hacen las cosas de manera diferente, sin duda, son quienes hacen avanzar a la sociedad.

¿Acaso tiene alguna relevancia hacerlo todo como siempre se ha hecho? ¿Habríamos descubierto la manera de hacer fuego? ¿O de conservar los alimentos?

En esta sociedad no sólo se castiga la diferencia, sino que además se repudia el error.

Y esto es terrible.

Nuestro cerebro aprende a base de equivocarse. La repetición es la base del aprendizaje. Sin repetición no se crean nuevas redes neuronales.

¿Nuestro sistema educativo está diseñado para que quienes tienen éxito sean quienes “se esfuerzan” o para quienes “lo saben”? ¿Se valora la “obediencia” o la “crítica”? ¿Se premia la “creatividad” o la “normalidad”?

¿Alguien se ha parado a observar lo que sucede con las personas que no llegan, o las que sobresalen?

Al final llegamos al manido tema de que el sistema está pensado para homogeneizar, regular y aborregar. Pensando que así el voto será más fácil de conseguir. ¿O no?

Y es que parece que sólo tenemos el recurso del consumidor consciente. En este caso: el ciudadano informado.

parece que únicamente podemos hacer algo votando a uno u otro partido. Pero podemos hacer otras cosas:

1. Quejarnos sí pero formalmente. Cubrir formularios. Usar el servicio de atención al ciudadan@. Al defensor del pueblo.

2. Ejercer nuestros derechos. Entre ellos el derecho de petición.

3. Formar redes con personas que tengan nuestros mismos intereses. Nuestras mismas inquietudes. Ya sé que esto lo digo siempre pero es una de las acciones más poderosas. La unión hace la fuerza.

primate en un centro de rescate animal
Primate en un centro de rescate animal

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Niña enfadada

Mis hijos van felices a la escuela

Exposición sobre dinosaurios
Exposición sobre dinosaurios en As Cancelas

Sí, después de muchos años, por fin puedo decir que mis hijos van felices a la escuela. Pero no siempre ha sido así: han tenido que pasar muchas cosas, hemos tenido que vivir muchas experiencias para poder llegar hasta aquí.

Es increíble la cantidad de cosas que aceptamos porque siempre ha sido así. Porque es lo lógico, lo normal. La sociedad trae consigo una inercia que no siempre te lleva por donde tú quieres. Ni a ti, ni a tu familia.

Ayer escribía en mi muro de Facebook que “las medidas escolares cada vez me parecen cada vez más carcelarias”, alguien escribió: “o militares”. Y creo que hizo una puntualización excelente.

Nuestro sistema educativo se enfrenta cada día a multitud de problemas, conflictos y críticas. Y lo hace a la defensiva.

Mi experiencia es que cuando alguien se posiciona a la defensiva en un conflicto, lo que logra es aumentar la intensidad del mismo. Y esta es mi percepción con la educación tradicional actual.

Este es el mes de la vuelta al cole, y siempre está cargado de expectativas (buenas o malas) sobre cómo va a ser el curso, sobre las rutinas, sobre la dinámica familiar… ¿Harán amigos o amigas? ¿La profesora o profesor será buen@? ¿Podremos las familias hacer algo más que organizar las fiestas escolares y las actividades extraescolares? ¿Será muy caro el material de este año?

El profesorado también llega con sus propias expectativas: ¿Tendré un buen horario? ¿Me tocará dar afines? ¿Mi grupo será numeroso? ¿Las clases estarán llenas de rebeldes? ¿Habrá muchas familias deseando inmiscuirse en mi labor docente? ¿Habrán cambiado algún proceso burocrático?

Y así vamos, cada quién capeando el temporal como puede. Y claro, es ahora cuando llegan las sorpresas, siempre fruto de las expectativas, claro. Porque resulta que cuando fuimos a ver la escuela nos encantó que tenía muchas zonas verdes, o que tenían patio cubierto, o que el polideportivo era nuevo, o que la maestra nos cayó bien pero…

Ahora resulta que si tu hij@ se mea (o se caga) le tienes que ir a cambiar porque allí nadie se hace cargo. O resulta que tienes que dejar a tu peque de 3 años en la puerta del recinto y tú no puedes acceder para acompañarle en el trance de su primer día escolar. Y encima mencionan leyes o normativas para justificar dichas medidas, que cuando las lees no ponen absolutamente nada al respecto.

Más graves aún me parecen las medidas que alguna fiscalía propone para acabar con el acoso, como instalar cámaras en aulas y pasillos. O que un profesor (o profesora) les exija a niños y niñas de 6 años que estén horas sin ir al cuarto de baño porque ya son mayores y tienen que aguantar más las ganas de orinar y/o defecar.

¿Por qué me parecen pésimas medidas?

En primer lugar, porque crean ambientes tóxicos. Sí, he dicho tóxicos. Generan desconfianza, falta de transparencia, falta de recursos, carencias emocionales, escasez de miras, falta de empatía, poco o ningún compromiso con el bienestar de la infancia.

En segundo lugar, porque no dan verdadera solución a los problemas que tratan de evitar. Simplemente logran trasladar el problema a otro sitio.

En tercer lugar, porque se basan en modelos de adoctrinamiento, con medidas correctivas, cohercitivas o prohibitivas. Apelan al miedo. Educan en la obediencia ciega. Todo ello mucho más similar a una dinámica militar o penitenciaria.

Y es que tú y yo nos hemos educado en ese sistema, y traemos una mochila cargada de miedos: miedo a no encajar, miedo a la crítica, miedo al error, miedo al fracaso, miedo al éxito, miedo a destacar, miedo a no hacerlo, miedo a la soledad, miedo al vacío, miedo al qué dirán, miedo y más miedo. Y el miedo provoca ansiedad, estrés, nervios, depresión, obsesión y malestar.

Niña enfadada
Niña enfadada

¿Podemos hacer algo para cambiar?

Cambiar el sistema es una tarea titánica, parece imposible. Requiere el esfuerzo de muchas familias, de muchas profesionales y docentes. Pero por algún sitio hay que empezar.

Sin duda lo primero es pensar cuáles son tus prioridades cuando hablamos de la educación de tus peques. ¿Qué es lo que quieres que aprendan? ¿Qué es más importante para ti: conceptos, conocimiento, saber estar, saber comunicarse con las demás, socializar?

Lo segundo es valorar las opciones que tienes: ¿Existe algún centro educativo que esté alineado con tus prioridades?, ¿o se acerque a ellas?

Lo tercero es superar el miedo. Y más concretamente el miedo a reclamar y exigir que se cumplan los derechos de tus hij@s. Sí, lo sé, es difícil. Seguramente el paso que más cuesta: hasta que lo das.

Por último, la unión hace la fuerza. Busca apoyos, encuentra gente con tus mismas (o parecidas) prioridades. Amplia tu red de contactos. Reclama. Exige. Hazte valer.

Sé que da vértigo porque yo estuve ahí. Y me ha costado muchos años de sufrimiento mío y de mi familia. Me ha supuesto dejar atrás todas las creencias limitantes que venían conmigo. Me ha resultado difícil encontrar una escuela en la que se hacen las cosas de manera diferente. Me ha causado desvelos y sudores. Han sido 5 años complicados pero el esfuerzo ha merecido la pena.

Cada mañana que mi hija se levanta ilusionada por acudir al colegio, cada mediodía que mi hijo vuelve con la curiosidad y la creatividad parpadeando en sus pupilas me siento orgullosa de haber superado esos miedos como persona, como madre y como parte de esta familia.

Y tú, ¿qué deseas hacer?

Construir
Construir con piedras

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¿Se puede modificar el odio?

Es una pregunta que a menudo me pregunto cuando hablo con amigas que trabajan en los juzgados, o en los servicios sociales. A veces, intercambiamos impresiones sobre casos que tratamos o de los que nos hablan, incluso de los que saltan a los medios de comunicación.

Y claro, debatimos sobre emociones porque cuando una familia llega a un juzgado o a servicios sociales es porque su historia está llena de sentimientos, de entre los cuáles, el odio es muy habitual.

Mira que llevo años trabajando en este tema y me sigue sorprendiendo como dos personas que se juraban amor eterno pueden llegar a odiarse hasta límites insospechados.

Y es que el odio es un sentimiento que bebe de muchas fuentes: la ira, el asco, la tristeza, el miedo.

Cada relación personal tiene una química muy concreta que, cuando cambia y se transforma, resulta complicado recuperar un equilibrio emocional.

Una de las cosas que solemos comentar es que las relaciones se enquistan por miedo a ampliar la zona de confort. En muchas ocasiones, dos personas ya no se quieren, o se quieren pero no son capaces de convivir, y en vez de dejarse; siguen juntas hasta que no pueden ni verse (o una de ellas se muere).

Evidentemente, estos procesos no suceden de la noche a la mañana. Y no es algo exclusivo del ambiente familiar. Aunque sea el ámbito en el que estoy especializada, estos ciclos se dan en multitud de áreas: trabajo, formación, vecindad, aficiones, cultura, religión, hábitos… Cualquiera que te venga a la mente.

Existen tantas formas de odiar como de amar: infinitas.

Por eso, para algunas personas el término odiar es muy fuerte. Es como el culmen. Existen multitud de sinónimos: aborrecer, molestar, incordiar, despreciar, maldecir, detestar, rechazar… y sin embargo, parecen menos duros. El odio es lo peor que alguien te puede profesar.

Pero vamos al meollo de este artículo: ¿se puede cambiar el odio?

Claro, por poder se puede. Pero el único motor de cambio cuando hablamos de emociones y sentimientos es: la voluntad propia.

Y es que el odio también tiene sus ventajas. La sed de venganza es poderosa. Y más cuándo la combinamos con otros sentimientos: la injusticia, la indignación, la inseguridad, el horror, el poder.

Esto lo vemos claramente cuando uno de estos casos llega a los medios de comunicación de masas y prácticamente se hace un juicio paralelo en ellos. Pero claro, se hace sin pruebas, sin testimonios, sin veracidad, sin control, sin reglas… Se hace sobretodo desde el sentimiento, desde las vísceras. Y así se ha impartido la justicia durante muchas décadas, es más: durante siglos.

Y así se han condenado muchos inocentes, y se han salvado muchos culpables.

El sistema que tenemos no es perfecto, ni tampoco puede garantizar la venganza. Tan sólo puede intentar la rehabilitación de los individuos. Y claro, aquí es dónde las personas que vemos de cerca cómo funciona nos hacemos estas preguntas: ¿se puede rehabilitar a todo el mundo?

Pues no. Si una persona no quiere cambiar, no lo va a hacer. Pero es que además, cambiar es un proceso, y algunas rehabilitaciones son para toda la vida, y hasta puede haber recaídas, y aquí es dónde nuestro sistema falla estrepitosamente. Porque algunos procesos descartan lo emocional de tal manera que lo que logran es aumentar la intensidad del odio, cuando lo que necesitamos es que lo diluya.

Todas conocemos algún caso así:

Una persona que se ve inmersa en un proceso judicial, burocrático, extenuante, en el que se juega algo vital. Y se vuelve loca. Y hace algo drástico. Y la sociedad la juzga. Y entonces hace algo peor.

Y por si fuera poco, nunca nos ponemos en su piel, porque lo que ha hecho no tiene justificación lógica. Porque ni tú, ni yo, ni nadie en su sano juicio haría algo así. Por lo que intentar comprender esa conducta y esos hechos se vuelve algo nauseabundo. Es algo que también me fascina de la gente que escribe o investiga sobre crímenes.

Hace años, vi una película que hablaba de esto, se llama “Tinta roja”, en ella un periodista le explica a su aprendiz que no debe juzgar al escribir unos hechos, y le suelta una frase demoledora pero llena de sabiduría: “la única diferencia entre ese pobre diablo y tú, es que vos lo pensaste pero él lo hizo, nunca sabes a dónde te puede llevar la vida.”

Es precisamente por esto que a mí me cuesta posicionarme con los casos que se hacen públicos. Porque no tengo ni idea de los hechos, ni de las pruebas, ni de los testimonios. Para mí el gran fracasado, el gran culpable es el sistema. Y encima ni siquiera aprende.

Uno de los consejos que doy a todas las familias que acuden a mí, incluso antes de haber cobrado es este: “Solucionad todo lo que podáis entre vosotros, en el momento que interceda una institución en vuestro problema os va a aplicar un protocolo y ahí, vuestros intereses no le van a importar a nadie que decida.”

Y así vamos, por eso trabajo en la prevención, es en dónde la esperanza se muestra con mayor magnitud y eso hace que cuando tengo que trabajar ampliando mi zona de confort, valga la pena.

He llegado a la conclusión de que cambiar el sistema es tan complicado que es más sencillo enseñar a las personas cómo comportarse para no tener que usarlo.

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La bofetada pedagógica

Este es un tema recurrente, cada cierto tiempo, se vuelve a hablar sobre si se puede emplear la violencia para educar a niños y niñas, aunque sea como medida excepcional.

Y aunque, yo trabajo cada día para que esto cambie, mucha gente todavía piensa que es legítimo, que está bien, y que es incluso una herramienta pedagógica pegar a un menor cuando su actitud es desafiante, o no quiere obedecer.

En este vídeo, os cuento mis propias reflexiones al respecto.

 

No creo que a nadie en este mundo le guste recibir bofetadas, ni cachetes (nalgadas), ni collejas, ni pellizcos, ni zarandeos…

Y menos, cuando es porque quieren obligarte a hacer algo que ni quieres, ni has pedido.

Soy la primera en comprender la frustración de una persona adulta ante una actitud desafiante y negativa de un niño o niña, y también en entender que en ese momento caótico y desesperante se te pueda ir la mano pero, está mal.

Está peor que mal.

Es un fracaso.

Es un error.

Y como persona adulta sabes que no debes hacerlo. Sabes que ese peque merece una disculpa. Y merece que te pongas a su nivel, le mires a los ojos y le expliques que te has equivocado, que nadie merece ese trato, que lo sientes y que no volverá a suceder.

Y en tu mano está encontrar herramientas para cumplir tu promesa. Para cumplir ese pacto de tratar con respeto a todo el mundo, y más a quienes necesitan protección y cuidado.

Porque lo que no nos podemos permitir es justificar la violencia, ni el maltrato.

La educación que necesitamos para hacer de este mundo un lugar mejor pasa por revisarnos a nosotras mismas y crecer, aprendiendo a ser más asertivas y responsables. Porque somos el ejemplo de quienes vienen detrás.

Ya no funciona eso de: “Haz lo que te digo y no lo que hago”.

De eso va mi trabajo, de transmitir, difundir y enseñar herramientas de comunicación, educación emocional, gestión de los conflictos, búsqueda de soluciones creativas para el día a día en familia.

Puedes contactar conmigo aquí

 

¿Cuánto cuesta un besito?

No existe nada que despierte más ternura que el besito de un peque. Que un niño o niña te de un besito es muy reconfortante para el corazón. Parece que rejuvenece.

Sin embargo, vivimos en una sociedad que en muchas ocasiones, obliga a que niños y niñas lo hagan cuando no quieren. Y aquí empiezan numerosos chantajes al respecto:

  • Pues me pongo triste si no me lo das.
  • Pues ya no te quiero.
  • Pues no te voy a regalar más juguetes.
  • Pues no te vuelvo a dar helado.

Y digo yo: ¿qué valor tiene para una persona adulta conseguir un beso bajo la extorsión y/o el chantaje emocional?

¿Qué mensaje dais cuando lográis un besito a toda costa?

¿Qué creéis que están aprendiendo estas niñas y niños?

Luego llega una persona malintencionada y les dice:

  • Si te vienes conmigo te doy un regalo.
  • Quieres que te regale un perrito. Ven conmigo.
  • Si no le cuentas esto a nadie te doy un helado.

¿Te parece exagerado?

Ahora muchas personas dirán:

  • A mí me obligaron de pequeña y nunca me pasó nada.
  • Qué mal puede hacer que les den un beso a su abuela.
  • Eso es demagogia, no tiene por qué pasar eso.
  • Es una forma de que niños y niñas entiendan la autoridad.

¿Y qué pasa con las personas que sí les pasó algo?

No nos damos cuenta de cuántas son, no es un tema del que te vaya a hablar nadie, es más, muchas personas ni lo recuerdan, son recuerdos traumáticos que tienen bloqueados.

En mi opinión, tanto niños como niñas necesitan aprender que su cuerpo es suyo, que sus emociones son suyas, que sus afectos son suyos y les corresponde decidir a quien mostrárselos y a quien no.

Me parece apropiado que sepan que los besitos no se compran.

No se venden.

No cuestan una sonrisa, un juguete, una moneda o un postre.

Que sepan que son sólo suyos y sólo se los deben dar a quién sientan que se los deben dar.

Que nadie tiene derecho a obligarl@s a mostrar algo que no sienten, o que simplemente no les apetece en ese momento.

Luego nos convertimos en personas adultas que no sabemos decir que no.

Personas que se sienten obligadas a mostrar afecto (que no respeto) a gente que nos repugna.

Personas que sonreímos a gente que ni nos gusta, ni nos agrada, ni nos aporta.

Personas, al fin y al cabo, que no se sienten libres para mostrar sus emociones y sentimientos.

¿Qué nos pasa que nos cuesta tanto empatizar? ¿Y más aún con niños y niñas?

Así que esa es mi pregunta: ¿cuánto cuesta un besito? ¿Y uno tuyo?

primate en un centro de rescate animal

La semilla del bullying

Cuando era niña, sufrí bullying. El otro día encontré mis notas del colegio y el descenso de mis calificaciones fue directamente proporcional al bullying sufrido. Esto es, cuanto más bullying sufrí más bajaron las susodichas.

No fue todo malo. El acoso no era todos los días, pero sí todas las semanas. Había días de correr y esconderse. Había días de sufrir insultos y humillaciones. No me pegaron demasiado, algo sí pero no tanto como a otros.

Recuerdo decírselo a mis maestros y que ellos me dijeran: eso es porque eres muy guapa y los chicos quieren llamar tu atención.

Recuerdo decírselo a mi madre y que ella me dijera: pues tú llámales cuchufletas.

Recuerdo sentirme sola y desvalida. Me refugiaba en mi mundo de fantasía, cuando llegaba a mi casa escribía en mi diario: Solo quiero ser amiga de todos.

Pasaron los años y bloqueé todos estos recuerdos. En el instituto ya no me hacían bullying, en realidad aprendí a cuidar a mis 3 amigas y mis 5 amigos. El resto me daba igual, me hice inmune a las burlas. A los insultos. Hasta era popular.

En la Universidad estaba centrada en buscar mi lugar en el mundo y la sociedad, aunque a veces me sentí muy sola, en general fue una especie de huida hacia adelante. Y tras muchas luchas, amores, sudores y lágrimas: me encontré.

Pasaron más años, muchos más y me hice madre. Tuve un niño precioso, especial y maravilloso en un entorno hostil, lleno de protocolos y vacío de empatía.

Llegó el momento de que mi peque fuera al cole. Y tras una semana, él no quería ir.

  • Tenía pesadillas
  • Montaba un pollo cada vez que había que ir al colegio.
  • Perdió el control de sus esfínteres.
  • Evadía relacionarse con otros niños, ya fuera en casa, en el parque o en las actividades.
  • Se volvió más gruñón, no quería salir de casa.
  • Las pesadillas se convirtieron en terrores nocturnos.

Y entonces, tras mucho observar, leer e investigar: volvieron todos mis recuerdos del colegio y lo vi claro: mi hijo estaba sufriendo bullying.

Se me cayó el mundo encima.

Me sentí la peor madre del mundo.

Mi confianza en el sistema me costó 3 meses más de maltrato a mi peque.

Perdí la fe en el sistema. Saqué a mi hijo del colegio.

Pasamos por terapia y rehabilitación.

Doy gracias por poderlas pagar.

Doy gracias por tener esa suerte.

Hoy es el día contra el bullying.

Y yo sé que es un largo camino el que nos queda. El sistema es inmovilista.

El sistema esparce las semillas del bullying. Porque el bullying es un proceso complejo que comienza con una burla. Y si nadie la para: enraiza y brota. Crece y se esparce nuevamente.

La burla puede venir de cualquier parte, de cualquier persona, y es en la escuela en dónde se puede corregir o potenciar.

En casa podemos observar, entender y favorecer su autonomía y su autoestima, enseñarles a defenderse…

Si necesitas asesoramiento: contacta. Te puedo asesorar.

La trampa de la mamitis

A menudo atiendo a familias que llegan preocupadas porque no quieren que sus bebés sean dependientes, o que se vuelvan dependientes. Son familias que quieren que sus hijos e hijas sean autónomos e independientes, algo totalmente lógico. Ahora bien, siempre intento definir con ellas ¿qué entiendes por dependiente?

Existe un gran temor a que nuestra propia descendencia dependa de nosotras, y más en concreto,que exista una dependencia emocional. Es como si deseáramos quemar etapas fundamentales para el desarrollo. Me viene a la mente ese capítulo de los Simpsons en el que Lisa bebé se cambia sola los pañales porque sus padres están muy ocupados disciplinando a su hermano Bart. ¿A quién debe vincularse un bebé sano?

Vivimos una sociedad que ensalza por encima de todo la independencia, la autonomía, la auto gestión, sobretodo en lo que a emociones y sentimientos se refiere, claro. Cuando somos una especie social, somos una especie altamente interdependiente, sí. Es así,dependemos unos de otros para sobrevivir. Dependemos las unas de las otras para avanzar, para desarrollarnos, y cuando queremos saltarnos las etapas o acelerarlas, solemos encontrarnos con el efecto contrario al deseado.

Seamos claras, familias, un bebé es un ser altamente dependiente, si no recibe atención, se muere. Fijaos lo que os digo: atención. Ya no hablo de hambre, sueño o condiciones insalubres, os hablo de contacto humano (podéis leer más en este artículo).

Es evidente que cada familia posee sus características y prioridades, y no todas tienen porqué organizarse igual. Sin embargo, cuando nace un bebé lo que espera es estar con su madre; ¿por qué? Pues porque es su entorno conocido, es la respiración que reconoce, el corazón que ha escuchado en el seno materno, el olor que le calma. Esta etapa se llama exterogestación. Una cuna fría es lo último que se espera, por muy limpia y aseada que se la encuentre.

Algunas familias me dicen, ya mujer, eso ahora, pero cuando tenga 2 años yo quiero que sea autónomo, que no dependa de mí. ¿Os acordáis de cuando teníais 2 años?,¿tenéis contacto con bebés de 2 años? Pensáis que un bebé de 2 años puede tener independencia y autonomía. Vale, no voy a negar que alguna sí… Puede comer y beber lo que le ofrezcas, tal vez vestirse (al menos en parte), seguramente desvestirse y sobretodo descalzarse. Puede jugar un breve período de tiempo solo. Caminar, correr, saltar… Pero, seguro que no tiene ni idea de valorar muchos peligros: como cruzar una carretera, meter los dedos en un enchufe o meterse la mano llena de tierra en la boca,o lo que es peor: un objeto pequeño que le provoque la asfixia.

No, no, me dicen: que no tenga mamitis. ¡Acabáramos! ¡Mamitis! Por fin, después de muchas vueltas hemos llegado al quid de la cuestión. ¿Qué es la mamitis y por qué nos incomoda tanto?

Como os decía, un bebé suele venir con la mamitis de serie (y que conste que digo suele porque no me gusta generalizar). Viene preparado para estar con su madre, para mamar de su seno, para estar en sus brazos el mayor tiempo posible. Aunque tú quieras que se acostumbre a estar solo, o sola. En realidad, de una forma totalmente atávica, viene preparado para estar acompañado siempre y tiene sus mecanismos para lograrlo: Son mecanismos de supervivencia, para asegurar su bienestar.

Qué tú bebé tengas mamitis significa que lo estás haciendo bien. Que eres su refugio, su consuelo, su alimento, su modelo y ejemplo. Esto es lo que implica un apego seguro. Sí, apego. Sí, seguro.

La mamitis es sólo una fase, y se pasa, cuando no forzamos el desarrollo natural, construimos personas seguras de sí mismas, forjamos su autoestima y autoconcepto, se convierten en seres autónomos e independientes que no necesitan la aprobación de nadie, con voluntad para tomar sus propias decisiones, que no tienen porqué ir mendigando el cariño porque siempre se han sentido queridos y amados.

Además, un bebé que casi no llora, porque tiene todas sus necesidades cubiertas, tiene un desarrollo pleno. Porque ha invertido la mayor parte de su energía en él. Se reconoce a sí mismo como valioso e importante. Algo fundamental para tener una autoestima sana y poder formar relaciones positivas.

No sé en qué momento, la mamitis se convirtió en un símbolo de niña, o niño malcriado. Ni porqué se asocia a la tiranía o al capricho.

Seguramente, en algún momento de la revolución industrial, cuando el capital necesitó toda la fuerza de trabajo posible e integró en jornadas abusivas tanto a las madres como a sus hijos e hijas.

Y puede que todavía sea una creencia muy arraigada en nuestra cultura pero, quedémonos con las cosas que funcionan o que merecen la pena, ¿no?

Existen costumbres que realmente no sólo no aportan nada sino que entorpecen la crianza y el desarrollo de la humanidad. La teoría de la mamitis es una de ellas, simplemente es una trampa.

Si quieres aprender más sobre cómo se desarrolla nuestro cerebro, nuestra autoestima y nuestras emociones te espero en mi curso: entendiendo las emociones.