Nuestra primera mochila

En brazos se acostumbran

Cuando nació mi primer hijo también nació en mí la necesidad de cuidarlo como una auténtica leona. Mi parto fue uno de esos partos medicalizados, horribles y traumáticos. De esos en los que entras en una cascada de intervenciones que acaban con tu bebé en la UCIN y contigo destrozada física, mental y emocionalmente.

Pasé una semana en la que lloré mucho. Muchísimo. Algunas personas me dijeron que lo mío era una depresión postparto. Ahora que lo puedo ver en la distancia diría que se equivocaron. Creo que lo mío fue un Síndrome de estrés postraumático tras sufrir un claro caso de violencia obstétrica. Pero esto es otra historia.

A lo que iba, cuando logramos sacar a mi hijo del hospital, decidí que tenía que recuperar mucho tiempo perdido. Y decidí que lo iba a tener en mis brazos todo el tiempo que yo pudiera (mi hombre creo que pensó lo mismo).

Así que nuestro pequeño llegó a casa con dos biberones de leche maternizada artificial que estuvieron 24 horas en la nevera para después irse por el desagüe del fregadero porque mi misión en esos días era tenerlo en mi pecho día y noche. Sin descanso. Motivación máxima.

Así lo hice, (o lo hicimos) y si no estaba en mis brazos estaba en los brazos de su padre. Quiso el destino que tras ocho meses descubriera el mundo del porteo por pura casualidad. Casi sin pensarlo compré nuestra primera mochila; llegó como agua de mayo, porque mi espalda se empezaba a resentir de lo lindo (tengo una doble discopatía lumbar y cervical que de vez en cuando me da la lata). De mi suelo pélvico os hablaré en otra ocasión.

Y así pasamos los días, los meses y los años…

Pero claro, nuestro entorno de aquel entonces era reacio a todo lo diferente. Nos llovían los consejos no solicitados. Las críticas destructivas. Las sentencias sobre nuestra forma de criar. Era agotador. Una lucha constante.

¿Cómo hacer frente a las críticas?

Al principio todo era a la defensiva. Justificando cada paso y cada decisión. Esto era muy cansino. Hacía mella en nuestra autoestima y en nuestra autoimagen. Hacía que dudásemos de nuestras intuiciones y de nuestras decisiones como padres (o madre y padre).

Después vivimos una breve fase de aislamiento, nos retiramos a nuestra “cueva” o dicho de otra manera “hogar”, aunque para nosotros era más un refugio. Tampoco nos duró mucho. Vivimos en una sociedad que exige atención. La familia reclama visitas, pide “favores”, necesita que estés allí.

Finalmente, logramos empoderarnos, sí, no fue fácil. Hemos ido aprendiendo a decir que no. A poner límites. Pero no sólo a nuestros peques, sino a todos nuestros familiares. Porque el tiempo es limitado. La paciencia es limitada. La energía es un bien escaso. Lo que inviertes en una parte no lo haces en otra.

Cuando te empoderas te pasan cosas geniales. Dejas de dar explicaciones. Se despejan las dudas. Pasas de ser un manojo de nervios a ser una persona templada. Cambias tu relación con la autoridad. Dejas de necesitar evadirte a cada rato.

De pronto, te das cuenta de que únicamente tienes control sobre dos cosas: tus pensamientos y en qué inviertes tu tiempo.

¿Y qué tiene esto que ver con la Crianza en Brazos?

Pues es sencillo, leerás en todas partes los beneficios que tiene para tu bebé. Que son muchos. Este viernes 11 a las 11.00 tendré una invitada especial en mi muro de Facebook que nos hablará de todos ellos. (Colgaré la entrevista después para que no te la pierdas).

Pero pocas veces te van a hablar de los beneficios que tiene para ti. Y menos aún te hablarán de la cantidad de creencias limitantes que te van a remover por dentro. Además de la seguridad, de la comodidad y de la libertad que te aporta el porteo.

Criar en brazos te va a cambiar tus estructuras mentales (o no).

  • Te va a permitir mayor control sobre quién se acerca a tu bebé, quién le toca, quién le besa.
  • Te va a generar un gran bienestar poder oler a tu bebé, poder notar su respiración, su latido.

Y eso se traduce en calma y confianza en ti. (Seas madre o seas padre).

De paseo
De paseo

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Reparando su anillo

Preguntemos a quien no le fue bien

Cuando se trata de modificar el sistema educativo nadie pregunta a quienes falló el sistema. A quienes se quedaron en el camino.

Ni siquiera se pregunta a quién se preocupa por esas personas. Porque son personas, y algunas de ellas han llegado a ser personas relevantes, exitosas, capaces y buenos ejemplos.

En el sistema educativo tradicional se premia y se castiga, directa e indirectamente. Se promueven ciertos valores y habilidades y se denostan otros sin pararse a analizar si podrían ser de utilidad para esa persona.

Puede que este tema le resulte absurdo a mucha gente, sin embargo si estás leyendo esto es porque para ti tiene relevancia. Y para mí también.

Somos las personas raras, las inadaptadas, las que no encajamos quienes dotamos al mundo de diversidad, pluralidad y amplitud de miras.

Quienes hacen las cosas de manera diferente, sin duda, son quienes hacen avanzar a la sociedad.

¿Acaso tiene alguna relevancia hacerlo todo como siempre se ha hecho? ¿Habríamos descubierto la manera de hacer fuego? ¿O de conservar los alimentos?

En esta sociedad no sólo se castiga la diferencia, sino que además se repudia el error.

Y esto es terrible.

Nuestro cerebro aprende a base de equivocarse. La repetición es la base del aprendizaje. Sin repetición no se crean nuevas redes neuronales.

¿Nuestro sistema educativo está diseñado para que quienes tienen éxito sean quienes “se esfuerzan” o para quienes “lo saben”? ¿Se valora la “obediencia” o la “crítica”? ¿Se premia la “creatividad” o la “normalidad”?

¿Alguien se ha parado a observar lo que sucede con las personas que no llegan, o las que sobresalen?

Al final llegamos al manido tema de que el sistema está pensado para homogeneizar, regular y aborregar. Pensando que así el voto será más fácil de conseguir. ¿O no?

Y es que parece que sólo tenemos el recurso del consumidor consciente. En este caso: el ciudadano informado.

parece que únicamente podemos hacer algo votando a uno u otro partido. Pero podemos hacer otras cosas:

1. Quejarnos sí pero formalmente. Cubrir formularios. Usar el servicio de atención al ciudadan@. Al defensor del pueblo.

2. Ejercer nuestros derechos. Entre ellos el derecho de petición.

3. Formar redes con personas que tengan nuestros mismos intereses. Nuestras mismas inquietudes. Ya sé que esto lo digo siempre pero es una de las acciones más poderosas. La unión hace la fuerza.

primate en un centro de rescate animal
Primate en un centro de rescate animal

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Niña enfadada

Mis hijos van felices a la escuela

Exposición sobre dinosaurios
Exposición sobre dinosaurios en As Cancelas

Sí, después de muchos años, por fin puedo decir que mis hijos van felices a la escuela. Pero no siempre ha sido así: han tenido que pasar muchas cosas, hemos tenido que vivir muchas experiencias para poder llegar hasta aquí.

Es increíble la cantidad de cosas que aceptamos porque siempre ha sido así. Porque es lo lógico, lo normal. La sociedad trae consigo una inercia que no siempre te lleva por donde tú quieres. Ni a ti, ni a tu familia.

Ayer escribía en mi muro de Facebook que “las medidas escolares cada vez me parecen cada vez más carcelarias”, alguien escribió: “o militares”. Y creo que hizo una puntualización excelente.

Nuestro sistema educativo se enfrenta cada día a multitud de problemas, conflictos y críticas. Y lo hace a la defensiva.

Mi experiencia es que cuando alguien se posiciona a la defensiva en un conflicto, lo que logra es aumentar la intensidad del mismo. Y esta es mi percepción con la educación tradicional actual.

Este es el mes de la vuelta al cole, y siempre está cargado de expectativas (buenas o malas) sobre cómo va a ser el curso, sobre las rutinas, sobre la dinámica familiar… ¿Harán amigos o amigas? ¿La profesora o profesor será buen@? ¿Podremos las familias hacer algo más que organizar las fiestas escolares y las actividades extraescolares? ¿Será muy caro el material de este año?

El profesorado también llega con sus propias expectativas: ¿Tendré un buen horario? ¿Me tocará dar afines? ¿Mi grupo será numeroso? ¿Las clases estarán llenas de rebeldes? ¿Habrá muchas familias deseando inmiscuirse en mi labor docente? ¿Habrán cambiado algún proceso burocrático?

Y así vamos, cada quién capeando el temporal como puede. Y claro, es ahora cuando llegan las sorpresas, siempre fruto de las expectativas, claro. Porque resulta que cuando fuimos a ver la escuela nos encantó que tenía muchas zonas verdes, o que tenían patio cubierto, o que el polideportivo era nuevo, o que la maestra nos cayó bien pero…

Ahora resulta que si tu hij@ se mea (o se caga) le tienes que ir a cambiar porque allí nadie se hace cargo. O resulta que tienes que dejar a tu peque de 3 años en la puerta del recinto y tú no puedes acceder para acompañarle en el trance de su primer día escolar. Y encima mencionan leyes o normativas para justificar dichas medidas, que cuando las lees no ponen absolutamente nada al respecto.

Más graves aún me parecen las medidas que alguna fiscalía propone para acabar con el acoso, como instalar cámaras en aulas y pasillos. O que un profesor (o profesora) les exija a niños y niñas de 6 años que estén horas sin ir al cuarto de baño porque ya son mayores y tienen que aguantar más las ganas de orinar y/o defecar.

¿Por qué me parecen pésimas medidas?

En primer lugar, porque crean ambientes tóxicos. Sí, he dicho tóxicos. Generan desconfianza, falta de transparencia, falta de recursos, carencias emocionales, escasez de miras, falta de empatía, poco o ningún compromiso con el bienestar de la infancia.

En segundo lugar, porque no dan verdadera solución a los problemas que tratan de evitar. Simplemente logran trasladar el problema a otro sitio.

En tercer lugar, porque se basan en modelos de adoctrinamiento, con medidas correctivas, cohercitivas o prohibitivas. Apelan al miedo. Educan en la obediencia ciega. Todo ello mucho más similar a una dinámica militar o penitenciaria.

Y es que tú y yo nos hemos educado en ese sistema, y traemos una mochila cargada de miedos: miedo a no encajar, miedo a la crítica, miedo al error, miedo al fracaso, miedo al éxito, miedo a destacar, miedo a no hacerlo, miedo a la soledad, miedo al vacío, miedo al qué dirán, miedo y más miedo. Y el miedo provoca ansiedad, estrés, nervios, depresión, obsesión y malestar.

Niña enfadada
Niña enfadada

¿Podemos hacer algo para cambiar?

Cambiar el sistema es una tarea titánica, parece imposible. Requiere el esfuerzo de muchas familias, de muchas profesionales y docentes. Pero por algún sitio hay que empezar.

Sin duda lo primero es pensar cuáles son tus prioridades cuando hablamos de la educación de tus peques. ¿Qué es lo que quieres que aprendan? ¿Qué es más importante para ti: conceptos, conocimiento, saber estar, saber comunicarse con las demás, socializar?

Lo segundo es valorar las opciones que tienes: ¿Existe algún centro educativo que esté alineado con tus prioridades?, ¿o se acerque a ellas?

Lo tercero es superar el miedo. Y más concretamente el miedo a reclamar y exigir que se cumplan los derechos de tus hij@s. Sí, lo sé, es difícil. Seguramente el paso que más cuesta: hasta que lo das.

Por último, la unión hace la fuerza. Busca apoyos, encuentra gente con tus mismas (o parecidas) prioridades. Amplia tu red de contactos. Reclama. Exige. Hazte valer.

Sé que da vértigo porque yo estuve ahí. Y me ha costado muchos años de sufrimiento mío y de mi familia. Me ha supuesto dejar atrás todas las creencias limitantes que venían conmigo. Me ha resultado difícil encontrar una escuela en la que se hacen las cosas de manera diferente. Me ha causado desvelos y sudores. Han sido 5 años complicados pero el esfuerzo ha merecido la pena.

Cada mañana que mi hija se levanta ilusionada por acudir al colegio, cada mediodía que mi hijo vuelve con la curiosidad y la creatividad parpadeando en sus pupilas me siento orgullosa de haber superado esos miedos como persona, como madre y como parte de esta familia.

Y tú, ¿qué deseas hacer?

Construir
Construir con piedras

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Construir

El poder de la presión de grupo

 

Hace muchos años, ya no recuerdo la fecha exacta, en mi mente recuerdo tener unos 20 años (pero puede que ya tuviera 25 ó 26), viví un suceso paranormal.

Era un día de verano, de esos en los que por la noche se está a gusto (de esas que no necesitas chaquetita), entre semana no solía salir demasiado y casualidades de la vida, cuando volvía a mi casa, serían las doce o la una de la madrugada, en una de las plazas más emblemáticas de mi ciudad, me encontré a un amigo tocando un didgeridoo (diyiridú) y como me apeteció pues me quedé con él un rato, a disfrutar la noche, las estrellas y la calma.

Al cabo de un rato, apareció un grupito de 5 peregrin@s: Un argentino, una inglesa, una alemana, una austríaca y un italiano. Sé que parece un chiste pero os aseguro que no lo fue, en Santiago de Compostela, durante la canícula, lo difícil era encontrarnos a dos picheleiros de pura cepa a las dos de la madrugada (así que tal vez, fue más raro para ellos encontrarnos a nosotras que al revés). Total, que me desvío del tema, allí se unieron a nosotros y nos contaron anécdotas del camino, cantamos y reímos.

Cuando de pronto…

A la chica austríaca le dió una extraña convulsión, rodó unas cuántas escaleras hacia abajo y salió corriendo poniendo unas voces extrañísimas y gritando en alemán.

Fue un momento impactante, de hecho hacía tiempo que no lo rememoraba pero aún puedo escuchar esas voces infernales en el eco de la Quintana, rebotando contra las paredes de la catedral.

Total, que ni corta ni perezosa, me dispongo a sacar el móvil del bolso para llamar a una ambulancia y la chica inglesa me coge las manos, me mira y me dice: No, we need your faith. She’s got a demon inside. We need a priest. (Para quien no sepa inglés,os hago una traducción de lo que yo entendí: No, necesitamos tu fe. Ella está poseída. Lo que necesita es un cura). Seguramente, me dijo muchas más cosas pero lo que yo recuerdo fue así.

Y así las cosas, me guardé el teléfono y me vi formando parte de un grupo energético para exorcizar un demonio maligno del interior de una peregrina a las tres de la mañana a los pies de la catedral de Santiago de Compostela. Incluso me fui con el chico argentino por los conventos de los aledaños gritando: ¡Necesitamos un cura! ¡Necesitamos un cura!

Aún me cuesta entender cómo me dejé llevar por esa situación rocambolesca, dado que  aunque tenga cierta parte espiritual, ni soy creyente,ni religiosa. De hecho soy una persona bastante racional y pragmática. Cuando llegué a mi casa, con el susto todavía puesto, mi padre se despertó y analizamos juntos la situación.

Para quien no lo sepa, mi padre era sociólogo, así que me hizo recordar qué era lo que yo había hecho antes de guardar el móvil; con una simple pregunta: ¿Cuándo la chica te dijo eso, dónde estaba tu amigo? Mi amigo ya estaba formando parte del círculo místico. Pues eso fue lo que te pasó: te pudo la presión de grupo.

Y es que la presión de grupo es algo muy potente, difícil de entender, de hecho existen multitud de experimentos en los que han intentado dar explicación a su funcionamiento, sus causas y para qués.

Quizás uno de los experimentos más populares sea el Experimento de Asch, En el que constataron que cuando un grupo responde de forma unánime de manera incorrecta la tendencia es a responder erróneamente aunque tengas la certeza de que dicha respuesta es incorrecta.

Puede parecer trivial pero es que somos seres sociales, necesitamos sentir que pertenecemos a una comunidad. Esto nos puede jugar una mala pasada en cualquier momento, y de hecho, es uno de los mecanismos que se pone en juego en los procesos de bullying, de acoso, de escarnio y mofa.

Lo hemos visto en multitud de películas, series, novelas, historias y cuentos: quedarse sola es lo peor que nos puede pasar. Pero no la soledad en una isla desierta a lo Robinson Crusoe, no. La soledad en medio de la multitud es la que es realmente devastadora, la peor condena es la del ostracismo.

De esta manera perduran algunas conductas inmorales, denigrantes y/o violentas en nuestra sociedad porque aunque tú sepas que ese comportamiento es perverso o equivocado, te puede esa presión, te puede el mero hecho de ser la única voz discordante.

Todas las personas nos alineamos y rodeamos de personas que están en sintonía con nuestros valores, y cuando no es así: sufrimos.

Es un mecanismo tan sencillo y efectivo que asusta. Se necesitan muchas herramientas y habilidades para ir contracorriente. Aquí os dejo otro vídeo del experimento en el que se puede ver, cómo prácticamente la única manera de romper dicho engranaje es teniendo al menos una persona aliada dentro del mismo grupo social.

¿Quién iba a pensar que vivimos en el cuento: “El traje nuevo del emperador”? Pues sí, la mayoría lo hacemos. Por eso es tan importante fomentar el espíritu crítico, debatir, escuchar opiniones diferentes, aprender a razonar y argumentar por una misma.

Saber que tu tribu, familia, comunidad, grupo o vecindario está tomando la dirección equivocada, o que su comportamiento es indigno, es fácil, basta responder a unas preguntas: ¿te gustaría que te lo hicieran a ti? ¿es útil? ¿es beneficioso? ¿es de ayuda? ¿es agradable? Si en alguna de ellas la respuesta es un no rotundo: algo falla. Es el momento de pensar y encontrar apoyos.

Sin embargo, no lo hacemos en multitud de ocasiones ¿por qué?

  • No nos damos cuenta: vamos en modo automático. Ensimismadas en nuestras preocupaciones y simplemente no nos enteramos.
  • No empatizamos: desde nuestra perspectiva nos parece algo trivial, o que no es grave, o que tiene fácil solución, o que a ti jamás te pasaría eso.
  • Nos preocupan las opiniones de las demás personas: en el fondo nos incomoda ser el centro de atención y evadimos el qué dirán.
  • No sabemos gestionar los conflictos: nos incomoda el conflicto,así que huimos de él o nos ponemos a la defensiva por lo que cuando no nos toca directamente, simplemente lo evitamos.
  • Disfrutamos con el dolor ajeno: sí, a veces nos pasa, ante una injusticia, unos celos, una envidia sentimos placer en la venganza, tenemos esa capacidad de sentir que: se lo merece.

Tampoco se trata de convertirnos en adalides de la justicia social, soy de las que procuro no meterme en la vida de las demás personas, ni tampoco me gusta ir dando lecciones de moralidad, simplemente quería hacer una reflexión sobre por qué creo que todavía nos quedan muchos años por delante para ser una sociedad evolucionada.

Y por qué nos quedan décadas para erradicar: machismo, racismo, xenofobia, y cualquier otra fobia social que se os pueda ocurrir. E incluso otras prácticas reprobables como la contaminación, la explotación laboral o la esclavitud.

Cada día construimos con nuestras palabras y con nuestros actos. Creando redes de apoyo, comunidades con valores, haciendo virales las buenas prácticas… Es como avanzamos hacia un mundo más amable y responsable. ¿Te unes?

EL CLUB DE LAS FAMILIAS EMPODERADAS

dav

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La bofetada pedagógica

Este es un tema recurrente, cada cierto tiempo, se vuelve a hablar sobre si se puede emplear la violencia para educar a niños y niñas, aunque sea como medida excepcional.

Y aunque, yo trabajo cada día para que esto cambie, mucha gente todavía piensa que es legítimo, que está bien, y que es incluso una herramienta pedagógica pegar a un menor cuando su actitud es desafiante, o no quiere obedecer.

En este vídeo, os cuento mis propias reflexiones al respecto.

 

No creo que a nadie en este mundo le guste recibir bofetadas, ni cachetes (nalgadas), ni collejas, ni pellizcos, ni zarandeos…

Y menos, cuando es porque quieren obligarte a hacer algo que ni quieres, ni has pedido.

Soy la primera en comprender la frustración de una persona adulta ante una actitud desafiante y negativa de un niño o niña, y también en entender que en ese momento caótico y desesperante se te pueda ir la mano pero, está mal.

Está peor que mal.

Es un fracaso.

Es un error.

Y como persona adulta sabes que no debes hacerlo. Sabes que ese peque merece una disculpa. Y merece que te pongas a su nivel, le mires a los ojos y le expliques que te has equivocado, que nadie merece ese trato, que lo sientes y que no volverá a suceder.

Y en tu mano está encontrar herramientas para cumplir tu promesa. Para cumplir ese pacto de tratar con respeto a todo el mundo, y más a quienes necesitan protección y cuidado.

Porque lo que no nos podemos permitir es justificar la violencia, ni el maltrato.

La educación que necesitamos para hacer de este mundo un lugar mejor pasa por revisarnos a nosotras mismas y crecer, aprendiendo a ser más asertivas y responsables. Porque somos el ejemplo de quienes vienen detrás.

Ya no funciona eso de: “Haz lo que te digo y no lo que hago”.

De eso va mi trabajo, de transmitir, difundir y enseñar herramientas de comunicación, educación emocional, gestión de los conflictos, búsqueda de soluciones creativas para el día a día en familia.

Puedes contactar conmigo aquí

 

¿Cuánto cuesta un besito?

No existe nada que despierte más ternura que el besito de un peque. Que un niño o niña te de un besito es muy reconfortante para el corazón. Parece que rejuvenece.

Sin embargo, vivimos en una sociedad que en muchas ocasiones, obliga a que niños y niñas lo hagan cuando no quieren. Y aquí empiezan numerosos chantajes al respecto:

  • Pues me pongo triste si no me lo das.
  • Pues ya no te quiero.
  • Pues no te voy a regalar más juguetes.
  • Pues no te vuelvo a dar helado.

Y digo yo: ¿qué valor tiene para una persona adulta conseguir un beso bajo la extorsión y/o el chantaje emocional?

¿Qué mensaje dais cuando lográis un besito a toda costa?

¿Qué creéis que están aprendiendo estas niñas y niños?

Luego llega una persona malintencionada y les dice:

  • Si te vienes conmigo te doy un regalo.
  • Quieres que te regale un perrito. Ven conmigo.
  • Si no le cuentas esto a nadie te doy un helado.

¿Te parece exagerado?

Ahora muchas personas dirán:

  • A mí me obligaron de pequeña y nunca me pasó nada.
  • Qué mal puede hacer que les den un beso a su abuela.
  • Eso es demagogia, no tiene por qué pasar eso.
  • Es una forma de que niños y niñas entiendan la autoridad.

¿Y qué pasa con las personas que sí les pasó algo?

No nos damos cuenta de cuántas son, no es un tema del que te vaya a hablar nadie, es más, muchas personas ni lo recuerdan, son recuerdos traumáticos que tienen bloqueados.

En mi opinión, tanto niños como niñas necesitan aprender que su cuerpo es suyo, que sus emociones son suyas, que sus afectos son suyos y les corresponde decidir a quien mostrárselos y a quien no.

Me parece apropiado que sepan que los besitos no se compran.

No se venden.

No cuestan una sonrisa, un juguete, una moneda o un postre.

Que sepan que son sólo suyos y sólo se los deben dar a quién sientan que se los deben dar.

Que nadie tiene derecho a obligarl@s a mostrar algo que no sienten, o que simplemente no les apetece en ese momento.

Luego nos convertimos en personas adultas que no sabemos decir que no.

Personas que se sienten obligadas a mostrar afecto (que no respeto) a gente que nos repugna.

Personas que sonreímos a gente que ni nos gusta, ni nos agrada, ni nos aporta.

Personas, al fin y al cabo, que no se sienten libres para mostrar sus emociones y sentimientos.

¿Qué nos pasa que nos cuesta tanto empatizar? ¿Y más aún con niños y niñas?

Así que esa es mi pregunta: ¿cuánto cuesta un besito? ¿Y uno tuyo?

Los 3 estados de un bloqueo emocional

A veces, no dejamos que una emoción salga a la luz, la escondemos dentro deseando que desaparezca. O vivimos un suceso traumático que bloqueamos para evitar un mal mayor. Incluso llegamos a olvidar el recuerdo y de pronto, un día algo nos hace click. La maternidad (y la paternidad) en muchas ocasiones nos remueven por dentro y sacan todos estos secretos guardados en lo más profundo. Así que suele ser un buen momento para deshacernos de nuestros bloqueos emocionales.

Estado de Conexión: Cada vez que tu peque hace esa acción te llevan los 1000 demonios y pierdes los papeles. Esto es muy habitual, en general hemos recibido una educación en la que se nos coartaba llorar, gritar, o cualquier acción que muestre tristeza, enfado o asco. Hemos sido reprimidos durante muchos años, sobretodo en la infancia, para guardarnos nuestras emociones y no mostrarlas. Durante años hemos escuchado: “no llores”, “no grites”, “ya pasó”, “no es para tanto”, “eres un llorón o llorona”, “menudo genio”, “vaya carácter”… Y así innumerables frases u órdenes de control sobre nuestras emociones. Ahora cuando se trata de nuestros peques, de pronto, nos damos cuenta de que en determinados momentos no somos capaces de controlarnos y acabamos repitiendo los patrones de nuestra infancia.

¿Qué puedes hacer?

Requiere mucha paciencia, requiere hacer memoria y ahondar en nuestros recuerdos, recordar qué nos decían y cómo nos sentíamos en aquellos momentos. Es complicado, pero un paso imprescindible para poder cambiar nuestro enfoque. Requiere mucha práctica y autoconocimiento.

Estado de Confusión: Sientes una emoción que no sabes de dónde viene. De pronto, sin venir a cuento te invade la tristeza, o sientes una oleada de ira, o te dan náuseas descontroladas (al margen de que puedan tener un origen fisiologico). Este tipo de reacciones se dan cuando hemos bloqueado un sentimiento.

¿Qué puedes hacer?

Busca un momento tranquilo, en un espacio en el que encuentres seguridad. Deja aflorar ese sentimiento con toda la fuerza e intensidad que necesites. Descarga la emoción y aprovecha para observar qué sientes, qué pensamientos vienen a tu mente. Anotalos e intenta recordar de dónde pueden venir. Seguramente, será muy revelador para ti.

Estado de Bloqueo total: Sientes una fobia pero no tienes un recuerdo traumático. Es el mayor nivel de bloqueo, seguramente has pasado por una situación traumática que tu mente ha bloqueado, incluso el recuerdo.

¿Qué puedes hacer?

Acude a un profesional que te ayude a recuperar tus recuerdos, te ofrezca un espacio seguro, te de confianza y apoyo. No te quedes con la primera persona, busca una que te de verdadera calma. Alguien con quien conectes.

La mejor inversión es tu propio bienestar.

De todo esto hablaremos en profundidad en mi curso online: Entendiendo las emociones.