Yo quise ser directora de cine

Sí, con 10 años me regalaron un vídeo VHS. La primera película que grabé en él fue: Con faldas y a lo loco de Billy Wilder. Creo que es la película que más veces he visto en mi vida, no sabría decir cuantas.

El cine es una de las pasiones que heredé de mis padres. En mi casa había miles de películas: primero en cintas VHS, después en DVD y finalmente en streaming. Ahora ya casi no grabo nada. ¿Para qué?

Con 22 años tuve la oportunidad de mi vida: trabajé en una película, en una de verdad: El lápiz del carpintero de Antón Reixa. Allí me enamoré del proceso, del rodaje, de los ensayos, hasta los momentos de conflicto eran emocionantes. En aquella época estaba estudiando el ciclo de Imagen y Sonido, así que cuando mi jefe directo me propuso irme con él a Madrid a trabajar, le dije que no: que tenía que terminar mis estudios. Ese fue un tren que no volvió.

No fue fácil dejar pasar esa oportunidad, muchas personas piensan que soy impulsiva, temperamental y de pronto fácil pero, en realidad no lo soy. Soy muy racional, me pienso las cosas muchísimo, tengo en cuenta muchas variables cada vez que tengo que tomar una decisión: lo que pasa es que lo hago rápido.

Así es como surgió la oportunidad de hacer este corto: En crudo. La idea surgió en mi cabeza tras leer la convocatoria de un concurso de microcortos sobre la maternidad, cuya duración máxima debía ser un minuto. Así que hablé con unas colegas y en dos días teníamos todo organizado, en una tarde lo grabamos y en otra lo montamos.

Así fue: rápido. Pero nada impulsivo. Todo medido y meditado.

Tengo que decir que cree esta historia mucho antes de ser madre. De hecho, la idea de ser madre estaba totalmente descartada en mi conciencia. Yo quería dedicarme al audiovisual, mis bebés serían obras de arte y entretenimiento. Trabajé muy duro durante años en un mundo muy masculino y lleno de ego.

Quizás por eso me gusta debatir con adolescentes, porque están llenos de inmediatez, conflicto, ego y en una búsqueda permanente de su lugar en el mundo. Yo he estado así durante mucho tiempo, aunque ahora me sienta muy diferente, aún no lo he olvidado. Les comprendo y les respeto. tal vez si yo fuera adolescente ahora querría ser youtuber.

Pero a lo que iba, un corto no me hace ser directora de cine.

Un libro no me hace ser escritora.

Un cuento no me hace ser ilustradora.

Maico, un compañero de aquella época, me lo decía constantemente: todos tenemos un corto en un cajón. En el audiovisual muy pocos llegan, y mujeres menos añado. Os voy a explicar porqué.

Hoy, en el día de la mujer y la niña científicas, me parece oportuno explicar que ser mujer y mandar es más difícil que ser hombre y dirigir. Es más complejo porque no se nos respeta igual, nuestras decisiones son más cuestionadas, nuestras opiniones se infravaloran, nuestros esfuerzos deben ser dobles para puntuar la mitad.

Yo quería ser directora de cine pero es que una película cuesta mucho dinero, y requiere tomar decisiones rápida y eficazmente, cada segundo de espera cuesta mucho dinero, es necesario aguantar esa presión. Con razón muchos directores tienen fama de malencarados, amargados y con mucho genio. Cada vez que alguien te cuestiona: pierdes dinero.

Jose Luis Borau me explicó una vez que cada vez que hacía una película la mayor parte de la financiación la ponía él, hipotecando su casa. Y que eso le había costado muchas discusiones con su mujer. Pero que lo hacía porque era la única manera de hacer la película que él tenía en la cabeza.

Si esto le sucede a un hombre respetado y admirado, imaginad a una chica joven. Para mí, mujeres como Isabel Coixet o Iciar Bollain merecen una ola, aunque no me gusten sus películas. Que alguna me gusta, pero es que me las imagino ahí: en el meollo, con un equipo de casi 100 personas esperando a que tomen una decisión (o 1000 decisiones): en esta marca o en esta otra, el movimiento de la cámara hacia adelante o con un zoom, el rizo de la actriz principal a la derecha o a la izquierda, rápido que se nos va la luz y luego en postproducción habrá que corregir el color, etc, etc, etc.

Y es que hay que coordinar a mucha gente, todas importantes, todas tienen su función de vital relevancia, ninguna es prescindible porque si lo fuera: no estaría, que cuesta dinero. Yo trabajaba como técnica de sonido: meritoria, pertiguista (microfonista) y jefa de sonido. Lo dejé. Estaba harta. A nadie le importaba que mi trabajo fuera una chapuza.

Los directores, y directoras, estaban siempre pendientes de la luz, la cámara y la actriz pero el sonido les importaba poco o nada. Parecía que hacían películas mudas. Pensaban que todo se puede solucionar en el montaje: y no. Si yo hubiera sido directora de cine os aseguro que mis películas se oirían que lo flipas. Jamás planificaría una escena de diálogo en un sitio con un eco de 7 segundos o en medio de una calle llena de tráfico y gentío.

Total, que al final, no me convertí en directora de cine, ni tampoco en jefa de sonido de películas, pero sí que grabé un corto, y hoy lo he sacado del cajón.

castañas

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