La importancia de los descansos

Descansar es esa actividad que todo el mundo sabe que es imprescindible pero siempre aplazamos en este mundo acelerado en el que vivimos. Parece que si te tomas tus descansos te vas a ganar fama de perezoso, vaga, o que sé yo…

Además, vivimos con la idea de que el descanso es una recompensa. Como si no fuera lo que realmente es: una necesidad. Y además, según el momento en el que estemos, descansar puede marcar la diferencia en nuestra salud, y por ende, en nuestra vida.

Sin salud, no hay nada.

El mercado laboral nos marca los descansos, y hasta la época y manera de planificarlos. No siempre nos valen. No siempre llegan cuándo son realmente decisivos. Llevo ya varias semanas escribiendo esta frase: Cuando necesitas parar y no lo haces, llega la vida y te para de golpe.

Y no nos gusta nada.

Parar de golpe exige un nivel enorme de reposo. O bien, enfermamos, o bien nos sucede algo dramático (una mudanza, un funeral, un cambio de trabajo, una separación…) que además, nos suele pillar de sorpresa y/o de bajón.

Es como si fuéramos cocinando a fuego lento una resaca de esas que te tumban.

El ser humano puede llegar a complicarse la vida de formas fascinantes.

Podemos llegar a unos niveles de complejidad alucinantes.

Por si nuestra sociedad no fuera ya suficientemente problemática y enrevesada.

Somos capaces de darle aún más vueltas de tuerca.

Tenemos muy bien entrenada esa voz que nos dice: sólo un día más. sólo una hora más, sólo un café más, sólo un envío más…

Y así, enfermamos.

No sabemos parar. O simplemente bajar el ritmo.

Nos han educado para hacer springs pero la vida de lo que está compuesta es de maratones.

Lo queremos todo y lo queremos ya pero, la vida son procesos que requieren paciencia.

Aprovecho este artículo para anunciarte mis propias vacaciones. Volveré en Septiembre con más artículos sobre temas de educación emocional, resolución de conflictos, reivindicaciones y lo que se tercie (ya sabes que cualquier sugerencia es bien recibida y tu opinión es importante para mí).

Espero que tú también puedas descansar y disfrutar unas merecidas (o no) vacaciones (¿acaso no son siempre merecidas?) y que generes muchos recuerdos valiosos con tu familia. Espero también que la vuelta a la rutina no sea tediosa.

Y que este texto sirva para que te permitas hacer los descansos que sabes que son vitales para ti y tu gente.

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Mi misión profesional

Tal vez debería haber escrito este artículo hace mucho tiempo. Desde que comencé a estudiar educación social he tenido que explicar a qué me dedico. Algunas compañeras y yo misma grabamos un breve vídeo para explicar ¿qué es eso de la educación social?(podéis ver nuestra gran obra aquí).

Al terminar, tenía muy claro que mi verdadera profesión estaba por inventar, es curioso, me coincidió el final de la carrera con mi primer puerperio. Creo que fui de las primeras en hacer un examen mientras daba de mamar a mi bebé. Puede parecer un dato absurdo pero luego entenderás el por qué de su relevancia en esta historia.

Total, que pasaron los años y yo me volqué en la crianza de mi hijo, mientras me seguía formando en pedagogía, leyes, lactancia, alimentación… Ser madre requiere un conocimiento holístico de lo que es un ser humano y su desarrollo. Evidentemente no todas las madres adquirimos el mismo conocimiento, pero nos convertimos en expertas de nuestro hijo, único, especial e irrepetible.

Fue tras casi tres años de maternidad que me quedé embarazada por segunda vez y en mi eterna carrera de voluntaria, de asociacionismo y activismo social, me sumergí en los entresijos de una asociación de lactancia y crianza. Y aquí descubrí mi ikigai, mi objetivo vital.

Ikigai es una palabra de origen japonés que sirve para designar ese punto en el que confluyen tu profesión, tu pasión, tu vocación y tu misión en la vida. Y la mía es guiar a las familias en sus crianzas, en sus decisiones, en su forma de hacer, sentir y vivir.

Algunas personas tardamos mucho en descubrir nuestros talentos, nuestra vocación, o simplemente qué es lo que se nos da bien en la vida. Hay un proverbio chino que dice: “Ningún copo de nieve cae en el lugar equivocado.” Y es en ese momento: en el que una familia se marcha tras una asesoría; cuando me doy cuenta de que cada paso de mi vida me ha traído hasta aquí, y que aunque parezca raro, necesité cada uno de ellos para convertirme en la experta que soy ahora.

Mi experiencia personal me ha permitido ser experta en varios ámbitos:

  1. La mediación: no sólo he estudiado sobre la resolución de conflictos, sino que tengo una experiencia muy amplia, mis más de 25 años en el tejido asociativo me han permitido bregar con todo tipo malentendidos, intereses personales opuestos al bien común, debates, discusiones, conflictos.
  2. La comunicación: ciertamente la comunicación escrita no es mi fuerte, sin embargo se me da fenomenal la comunicación de tú a tú, en presencial gano mucho. Sé escuchar con auténtica atención. Y puede que mi fuerte sea que mi curiosidad me posibilita realizar preguntas poderosas. De esas que te dan impulso.
  3. La crianza: tengo dos hijos: un niño y una niña, son como el día y la noche, he pasado por numerosas dificultades, y las he superado (casi todas). Me he empapado de sus ocurrencias, de sus aprendizajes, han sido mi motor para formarme en multitud de áreas, desde el desarrollo humano hasta la lactancia. Por lo que tengo una perspectiva amplia de la crianza.
  4. La educación emocional: mi talento innato, pero que he cultivado a lo largo de toda mi vida, tanto de forma teórica como práctica. Tengo una capacidad de empatía que sorprende (con los años he visto que desde siempre).
  5. La innovación: Y aquí es dónde la anécdota que te he contado antes cobra su relevancia, porque he sido pionera en muchos campos. No sólo en solicitar poder amamantar a mi bebé recién nacido. Fui de las primeras niñas que quise jugar al fútbol. De las primeras mujeres en dedicarme al sonido directo. De las primeras estudiantes en lograr un presupuesto de 6 cifras para organizar unas jornadas anti-patriarcales en una universidad pública gallega. Soy exploradora, me gusta abrir camino en la sociedad y propagar la tolerancia, el respeto, la diversidad y la solidaridad.
  6. El aprendizaje: he estudiado en todo tipo de circunstancias, formatos, épocas vitales, niveles… Pero es que además, me sigo especializando en el funcionamiento del pensamiento, en neurobiología, en desarrollo cerebral.

Así que, todas estas piezas han creado el puzzle de habilidades que me conforman, que me hacen amar la profesión de la educadora social, sentir pasión por la capacidad de encontrar espacios comunes de entendimiento, ser capaz de ofrecer apoyo, guía y soluciones personalizadas a mis clientes o tener clara mi meta en la vida.

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LO QUE NUNCA TE CONTARON DEL ASCO

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Si te pregunto por algo que te provoque asco, es probable que tu primera reacción sea pensar en algo viscoso, maloliente, residual. Y es muy común. Es lo lógico. la naturaleza nos ha dado la emoción del asco para sobrevivir a venenos, enfermedades y tóxicos.

Seguramente una de las cosas que más asco nos da a cualquiera es el agua putrefacta. Y es por eso, porque nuestros antepasados si bebían agua en mal estado se morían, pero es que además se morían de una forma muy asquerosa: entre vómitos y diarreas. Otra cosa que nos repugna enormemente.

Puede que a estas alturas ya hayas decidido dejar de leer porque te empiece a dar vueltas la cabeza. Pero espera, te pido un par de líneas para explicarte la evolución que ha tenido esta emoción en nuestra genética y cultura, a través de nuestra historia, hasta su sentido actual.

En el último artículo te hablaba de la presión de grupo, como un mecanismo poderoso para mantener a la comunidad unida, y es precisamente el asco, la emoción que juega un papel importante en este engranaje, ya que es la emoción que puede hacer que un individuo trascienda una conducta perversa y modifique la dinámica de la tribu.

Cada vez que sentimos que un hecho es injusto, la emoción que primero se activa es el asco, aunque luego de paso a otras como la tristeza o el enfado. Porque cuando algo nos parece inaceptable lo que se nos remueve por dentro, nos está avisando de que algo va a ser dañino o perjudicial para nuestro ser. Exactamente lo mismo que con un olor nauseabundo.

De hecho, en 1938, Jean-Paul Sartre escribió una novela reveladora llamada “La náusea” en la que su protagonista sentía esta sensación todo el rato como reacción a la doble moral que le rodeaba.

Algo en su interior pedía a gritos que se revelase ante la presión social existente en la que todos se hacían pasar por hombres de moral intachable cuando en la intimidad cometían actos despreciables.

Y hablando de desprecio, este sentimiento también bebe del asco, aunque pensemos que es la máxima expresión de la indiferencia, en realidad es el asco de quien se cree superior y/o se siente mejor que esa persona a la que mira con desprecio.

Y este sentimiento es muy poderoso en los procesos de bullying, acoso, maltrato…

Porque es también un mecanismo de protección atávico el excluir del grupo a quien “aparentemente” no tiene nada que aportar, o que claramente tiene sus capacidades mermadas.

Y seguramente, en algunas sociedades, la única forma de mantener la estabilidad grupal fuera condenar al ostracismo a las personas que mantenían conductas disruptivas.

Sin embargo, en una sociedad civilizada y justa, sabemos que la diversidad enriquece, sea del tipo que sea, tanto de género, de raza, de capacidades cognitivas, de funcionalidad, de cualquier cosa que se te ocurra.

Por eso es fundamental que el sistema educativo evolucione y diseñe nuevas articulaciones para integrar dichas conductas y destierre la mecánica del abandono, del mirar hacia otra parte, de escurrir el bulto, de mantener la autoridad por encima de cualquier otra cosa.

Necesitamos personas asertivas, diversas, negociadoras, con habilidades sociales y una gran capacidad creativa.

Nadie sabe cómo va a ser el futuro.

No sabemos qué profesiones serán punteras.

Ni tan siquiera sabemos si el aire podrá respirarse.

Lo que sí sabemos es que la violencia como mecanismo resolutivo del conflicto no funciona.

Necesitamos más dinámicas win-win.

Necesitamos líderes que entusiasmen, que unan a la gente, que sepan delegar y motivar equipos. Vivir bajo el yugo del miedo y el placer inmediato está dejando de ser productivo.

Genera mucho trabajo en vacío.

Genera más gasto social que de consumo.

¿Y en casa? Pues lo mismo, necesitamos identificar y aceptar nuestras emociones, aceptarlas, buscar la manera de enfocarnos en las soluciones y practicar las habilidades sociales básicas.

La represión emocional que llevamos arrastrando todos estos años de poco o nada nos ha servido, porque negar lo que sentimos nos lleva al bloqueo. Sin embargo, hemos logrado comprender que este no es el camino.

Y para ello necesitamos estar. Pero estar de verdad. Para conectar. Para tener oportunidades de comunicación. Para cambiar. Estar es imprescindible. Sin presencia la conexión es inútil.

¿Y entonces, es el asco importante? ¿Yo no suelo tener ascos? ¿Seguro? En mi día a día me encuentro con multitud de situaciones molestas: gente que molesta en la carretera, gente que molesta en bares y restaurantes, gente que molesta en las redes sociales.

Muchas personas están soportando situaciones insufribles en su casa, en su trabajo, en su escuela, en su vida familiar. Y aguantan cada día, ignorando todos las señales de asco que refleja su cuerpo.

El asco produce una gran infelicidad. Provoca gran malestar cuando se cronifica. Y nos acaba frustrando y/o amargando. Identifícalo y escucha qué te intenta decir.

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El poder de la presión de grupo

 

Hace muchos años, ya no recuerdo la fecha exacta, en mi mente recuerdo tener unos 20 años (pero puede que ya tuviera 25 ó 26), viví un suceso paranormal.

Era un día de verano, de esos en los que por la noche se está a gusto (de esas que no necesitas chaquetita), entre semana no solía salir demasiado y casualidades de la vida, cuando volvía a mi casa, serían las doce o la una de la madrugada, en una de las plazas más emblemáticas de mi ciudad, me encontré a un amigo tocando un didgeridoo (diyiridú) y como me apeteció pues me quedé con él un rato, a disfrutar la noche, las estrellas y la calma.

Al cabo de un rato, apareció un grupito de 5 peregrin@s: Un argentino, una inglesa, una alemana, una austríaca y un italiano. Sé que parece un chiste pero os aseguro que no lo fue, en Santiago de Compostela, durante la canícula, lo difícil era encontrarnos a dos picheleiros de pura cepa a las dos de la madrugada (así que tal vez, fue más raro para ellos encontrarnos a nosotras que al revés). Total, que me desvío del tema, allí se unieron a nosotros y nos contaron anécdotas del camino, cantamos y reímos.

Cuando de pronto…

A la chica austríaca le dió una extraña convulsión, rodó unas cuántas escaleras hacia abajo y salió corriendo poniendo unas voces extrañísimas y gritando en alemán.

Fue un momento impactante, de hecho hacía tiempo que no lo rememoraba pero aún puedo escuchar esas voces infernales en el eco de la Quintana, rebotando contra las paredes de la catedral.

Total, que ni corta ni perezosa, me dispongo a sacar el móvil del bolso para llamar a una ambulancia y la chica inglesa me coge las manos, me mira y me dice: No, we need your faith. She’s got a demon inside. We need a priest. (Para quien no sepa inglés,os hago una traducción de lo que yo entendí: No, necesitamos tu fe. Ella está poseída. Lo que necesita es un cura). Seguramente, me dijo muchas más cosas pero lo que yo recuerdo fue así.

Y así las cosas, me guardé el teléfono y me vi formando parte de un grupo energético para exorcizar un demonio maligno del interior de una peregrina a las tres de la mañana a los pies de la catedral de Santiago de Compostela. Incluso me fui con el chico argentino por los conventos de los aledaños gritando: ¡Necesitamos un cura! ¡Necesitamos un cura!

Aún me cuesta entender cómo me dejé llevar por esa situación rocambolesca, dado que  aunque tenga cierta parte espiritual, ni soy creyente,ni religiosa. De hecho soy una persona bastante racional y pragmática. Cuando llegué a mi casa, con el susto todavía puesto, mi padre se despertó y analizamos juntos la situación.

Para quien no lo sepa, mi padre era sociólogo, así que me hizo recordar qué era lo que yo había hecho antes de guardar el móvil; con una simple pregunta: ¿Cuándo la chica te dijo eso, dónde estaba tu amigo? Mi amigo ya estaba formando parte del círculo místico. Pues eso fue lo que te pasó: te pudo la presión de grupo.

Y es que la presión de grupo es algo muy potente, difícil de entender, de hecho existen multitud de experimentos en los que han intentado dar explicación a su funcionamiento, sus causas y para qués.

Quizás uno de los experimentos más populares sea el Experimento de Asch, En el que constataron que cuando un grupo responde de forma unánime de manera incorrecta la tendencia es a responder erróneamente aunque tengas la certeza de que dicha respuesta es incorrecta.

Puede parecer trivial pero es que somos seres sociales, necesitamos sentir que pertenecemos a una comunidad. Esto nos puede jugar una mala pasada en cualquier momento, y de hecho, es uno de los mecanismos que se pone en juego en los procesos de bullying, de acoso, de escarnio y mofa.

Lo hemos visto en multitud de películas, series, novelas, historias y cuentos: quedarse sola es lo peor que nos puede pasar. Pero no la soledad en una isla desierta a lo Robinson Crusoe, no. La soledad en medio de la multitud es la que es realmente devastadora, la peor condena es la del ostracismo.

De esta manera perduran algunas conductas inmorales, denigrantes y/o violentas en nuestra sociedad porque aunque tú sepas que ese comportamiento es perverso o equivocado, te puede esa presión, te puede el mero hecho de ser la única voz discordante.

Todas las personas nos alineamos y rodeamos de personas que están en sintonía con nuestros valores, y cuando no es así: sufrimos.

Es un mecanismo tan sencillo y efectivo que asusta. Se necesitan muchas herramientas y habilidades para ir contracorriente. Aquí os dejo otro vídeo del experimento en el que se puede ver, cómo prácticamente la única manera de romper dicho engranaje es teniendo al menos una persona aliada dentro del mismo grupo social.

¿Quién iba a pensar que vivimos en el cuento: “El traje nuevo del emperador”? Pues sí, la mayoría lo hacemos. Por eso es tan importante fomentar el espíritu crítico, debatir, escuchar opiniones diferentes, aprender a razonar y argumentar por una misma.

Saber que tu tribu, familia, comunidad, grupo o vecindario está tomando la dirección equivocada, o que su comportamiento es indigno, es fácil, basta responder a unas preguntas: ¿te gustaría que te lo hicieran a ti? ¿es útil? ¿es beneficioso? ¿es de ayuda? ¿es agradable? Si en alguna de ellas la respuesta es un no rotundo: algo falla. Es el momento de pensar y encontrar apoyos.

Sin embargo, no lo hacemos en multitud de ocasiones ¿por qué?

  • No nos damos cuenta: vamos en modo automático. Ensimismadas en nuestras preocupaciones y simplemente no nos enteramos.
  • No empatizamos: desde nuestra perspectiva nos parece algo trivial, o que no es grave, o que tiene fácil solución, o que a ti jamás te pasaría eso.
  • Nos preocupan las opiniones de las demás personas: en el fondo nos incomoda ser el centro de atención y evadimos el qué dirán.
  • No sabemos gestionar los conflictos: nos incomoda el conflicto,así que huimos de él o nos ponemos a la defensiva por lo que cuando no nos toca directamente, simplemente lo evitamos.
  • Disfrutamos con el dolor ajeno: sí, a veces nos pasa, ante una injusticia, unos celos, una envidia sentimos placer en la venganza, tenemos esa capacidad de sentir que: se lo merece.

Tampoco se trata de convertirnos en adalides de la justicia social, soy de las que procuro no meterme en la vida de las demás personas, ni tampoco me gusta ir dando lecciones de moralidad, simplemente quería hacer una reflexión sobre por qué creo que todavía nos quedan muchos años por delante para ser una sociedad evolucionada.

Y por qué nos quedan décadas para erradicar: machismo, racismo, xenofobia, y cualquier otra fobia social que se os pueda ocurrir. E incluso otras prácticas reprobables como la contaminación, la explotación laboral o la esclavitud.

Cada día construimos con nuestras palabras y con nuestros actos. Creando redes de apoyo, comunidades con valores, haciendo virales las buenas prácticas… Es como avanzamos hacia un mundo más amable y responsable. ¿Te unes?

EL CLUB DE LAS FAMILIAS EMPODERADAS

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El engaño de cuidarse

A todas nos pasa, llegamos a una edad, o a una etapa en la que “toca cuidarse”. Y claro, decides enfocarte y sacar tiempo y ganas (esto de las ganas es muy importante) para hacer deporte, cuidar la dieta, dejar de fumar…

Y durante una temporada lo logras, porque es verdad que cambiar de hábitos durante 21 días es posible, es verdad que puedes incluir verduras en tu dieta, y que eres capaz de ir a clases de yoga, pilates, hipopresivos o tai-chi durante unos meses…

Hasta que pasa algo: Te cambian de puesto en el trabajo, tus peques tienen vacaciones, llega la Navidad, etc. En cualquier caso, te surge un imprevisto, un estrés indeseado o un compromiso social en el que todo el mundo te suelta las manidas frases: “Por un día no pasa nada”, “¿Qué mal te va a hacer que pruebes un poquito?”, “La piscina seguirá ahí mañana”… Y zas, semanas (o meses) de esfuerzo al garete.

Y todo ese sudor, toda esa fuerza, toda la motivación te abandonan.

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¿Por qué?

Pues porque te has dejado atrás uno de los pilares fundamentales, has caído en el engaño de cuidarse pero por fuera, o del cuidado físico… Y te has dejado atrás la mente, y lo que es más importante: el corazón. O como le llamamos ahora: la gestión emocional.

Es así, crear un hábito no se hace en 21 días. ¡Vaya! Qué chasco!

Es todo un proceso en el que cuerpo, mente y corazón (o alma) van de la mano. Por mucho que trabajes uno, si no los acompañas de los otros, en cuanto algo surja se te irá todo por el desagüe.

¿Qué puedes hacer?

Para empezar entender cómo funcionas, conocerte, comprender tus creencias y tus valores. ¿Cómo si no vas a poder mantener tus motivaciones?

Para crear un hábito lo mejor es estar alineada con tus creencias. Te pongo un ejemplo: Tal vez tú quieres bajar de peso, y lo quieres hacer por salud, es una buena motivación, sin embargo, entre tus creencias,una de las más fuertes es: Hay que comer de todo. O una muy habitual: Hay que dejar el plato limpio.

Luchar contra estas creencias es complejo. Porque están muy arraigadas. Entonces hay que tener otras estrategias. Como por ejemplo: usar platos más pequeños, o cambiar la cantidad de los alimentos (aumentar las verduras y bajar las salsas). O reducir el consumo de ciertos alimentos al mínimo.

Con la actividad física también nos pasa: queremos empezar a tope y a medio camino nos quedamos sin fuelle. Tal vez, en tu cabeza resuena una voz que te dice: Lo importante es participar. Lo has intentado. No pasa nada si no lo acabas.

Y así con todo. Escucharse a una misma es complicado. Pero no imposible. Existen numerosas técnicas y formas de acallar estas voces internas.

Es importante mantenerte conectada con tus emociones. Darte cuenta de qué sientes y cuándo lo sientes.

Es posible que seas capaz de hacerlo tú sola pero si ves que no, da el paso, pide ayuda, busca apoyo, somos parte de una comunidad y el poder del grupo es poderoso. Ánimo.

Tu momento es ahora.

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La bofetada pedagógica

Este es un tema recurrente, cada cierto tiempo, se vuelve a hablar sobre si se puede emplear la violencia para educar a niños y niñas, aunque sea como medida excepcional.

Y aunque, yo trabajo cada día para que esto cambie, mucha gente todavía piensa que es legítimo, que está bien, y que es incluso una herramienta pedagógica pegar a un menor cuando su actitud es desafiante, o no quiere obedecer.

En este vídeo, os cuento mis propias reflexiones al respecto.

 

No creo que a nadie en este mundo le guste recibir bofetadas, ni cachetes (nalgadas), ni collejas, ni pellizcos, ni zarandeos…

Y menos, cuando es porque quieren obligarte a hacer algo que ni quieres, ni has pedido.

Soy la primera en comprender la frustración de una persona adulta ante una actitud desafiante y negativa de un niño o niña, y también en entender que en ese momento caótico y desesperante se te pueda ir la mano pero, está mal.

Está peor que mal.

Es un fracaso.

Es un error.

Y como persona adulta sabes que no debes hacerlo. Sabes que ese peque merece una disculpa. Y merece que te pongas a su nivel, le mires a los ojos y le expliques que te has equivocado, que nadie merece ese trato, que lo sientes y que no volverá a suceder.

Y en tu mano está encontrar herramientas para cumplir tu promesa. Para cumplir ese pacto de tratar con respeto a todo el mundo, y más a quienes necesitan protección y cuidado.

Porque lo que no nos podemos permitir es justificar la violencia, ni el maltrato.

La educación que necesitamos para hacer de este mundo un lugar mejor pasa por revisarnos a nosotras mismas y crecer, aprendiendo a ser más asertivas y responsables. Porque somos el ejemplo de quienes vienen detrás.

Ya no funciona eso de: “Haz lo que te digo y no lo que hago”.

De eso va mi trabajo, de transmitir, difundir y enseñar herramientas de comunicación, educación emocional, gestión de los conflictos, búsqueda de soluciones creativas para el día a día en familia.

Puedes contactar conmigo aquí

 

¿Cuánto cuesta un besito?

No existe nada que despierte más ternura que el besito de un peque. Que un niño o niña te de un besito es muy reconfortante para el corazón. Parece que rejuvenece.

Sin embargo, vivimos en una sociedad que en muchas ocasiones, obliga a que niños y niñas lo hagan cuando no quieren. Y aquí empiezan numerosos chantajes al respecto:

  • Pues me pongo triste si no me lo das.
  • Pues ya no te quiero.
  • Pues no te voy a regalar más juguetes.
  • Pues no te vuelvo a dar helado.

Y digo yo: ¿qué valor tiene para una persona adulta conseguir un beso bajo la extorsión y/o el chantaje emocional?

¿Qué mensaje dais cuando lográis un besito a toda costa?

¿Qué creéis que están aprendiendo estas niñas y niños?

Luego llega una persona malintencionada y les dice:

  • Si te vienes conmigo te doy un regalo.
  • Quieres que te regale un perrito. Ven conmigo.
  • Si no le cuentas esto a nadie te doy un helado.

¿Te parece exagerado?

Ahora muchas personas dirán:

  • A mí me obligaron de pequeña y nunca me pasó nada.
  • Qué mal puede hacer que les den un beso a su abuela.
  • Eso es demagogia, no tiene por qué pasar eso.
  • Es una forma de que niños y niñas entiendan la autoridad.

¿Y qué pasa con las personas que sí les pasó algo?

No nos damos cuenta de cuántas son, no es un tema del que te vaya a hablar nadie, es más, muchas personas ni lo recuerdan, son recuerdos traumáticos que tienen bloqueados.

En mi opinión, tanto niños como niñas necesitan aprender que su cuerpo es suyo, que sus emociones son suyas, que sus afectos son suyos y les corresponde decidir a quien mostrárselos y a quien no.

Me parece apropiado que sepan que los besitos no se compran.

No se venden.

No cuestan una sonrisa, un juguete, una moneda o un postre.

Que sepan que son sólo suyos y sólo se los deben dar a quién sientan que se los deben dar.

Que nadie tiene derecho a obligarl@s a mostrar algo que no sienten, o que simplemente no les apetece en ese momento.

Luego nos convertimos en personas adultas que no sabemos decir que no.

Personas que se sienten obligadas a mostrar afecto (que no respeto) a gente que nos repugna.

Personas que sonreímos a gente que ni nos gusta, ni nos agrada, ni nos aporta.

Personas, al fin y al cabo, que no se sienten libres para mostrar sus emociones y sentimientos.

¿Qué nos pasa que nos cuesta tanto empatizar? ¿Y más aún con niños y niñas?

Así que esa es mi pregunta: ¿cuánto cuesta un besito? ¿Y uno tuyo?