¿Se puede modificar el odio?

Es una pregunta que a menudo me pregunto cuando hablo con amigas que trabajan en los juzgados, o en los servicios sociales. A veces, intercambiamos impresiones sobre casos que tratamos o de los que nos hablan, incluso de los que saltan a los medios de comunicación.

Y claro, debatimos sobre emociones porque cuando una familia llega a un juzgado o a servicios sociales es porque su historia está llena de sentimientos, de entre los cuáles, el odio es muy habitual.

Mira que llevo años trabajando en este tema y me sigue sorprendiendo como dos personas que se juraban amor eterno pueden llegar a odiarse hasta límites insospechados.

Y es que el odio es un sentimiento que bebe de muchas fuentes: la ira, el asco, la tristeza, el miedo.

Cada relación personal tiene una química muy concreta que, cuando cambia y se transforma, resulta complicado recuperar un equilibrio emocional.

Una de las cosas que solemos comentar es que las relaciones se enquistan por miedo a ampliar la zona de confort. En muchas ocasiones, dos personas ya no se quieren, o se quieren pero no son capaces de convivir, y en vez de dejarse; siguen juntas hasta que no pueden ni verse (o una de ellas se muere).

Evidentemente, estos procesos no suceden de la noche a la mañana. Y no es algo exclusivo del ambiente familiar. Aunque sea el ámbito en el que estoy especializada, estos ciclos se dan en multitud de áreas: trabajo, formación, vecindad, aficiones, cultura, religión, hábitos… Cualquiera que te venga a la mente.

Existen tantas formas de odiar como de amar: infinitas.

Por eso, para algunas personas el término odiar es muy fuerte. Es como el culmen. Existen multitud de sinónimos: aborrecer, molestar, incordiar, despreciar, maldecir, detestar, rechazar… y sin embargo, parecen menos duros. El odio es lo peor que alguien te puede profesar.

Pero vamos al meollo de este artículo: ¿se puede cambiar el odio?

Claro, por poder se puede. Pero el único motor de cambio cuando hablamos de emociones y sentimientos es: la voluntad propia.

Y es que el odio también tiene sus ventajas. La sed de venganza es poderosa. Y más cuándo la combinamos con otros sentimientos: la injusticia, la indignación, la inseguridad, el horror, el poder.

Esto lo vemos claramente cuando uno de estos casos llega a los medios de comunicación de masas y prácticamente se hace un juicio paralelo en ellos. Pero claro, se hace sin pruebas, sin testimonios, sin veracidad, sin control, sin reglas… Se hace sobretodo desde el sentimiento, desde las vísceras. Y así se ha impartido la justicia durante muchas décadas, es más: durante siglos.

Y así se han condenado muchos inocentes, y se han salvado muchos culpables.

El sistema que tenemos no es perfecto, ni tampoco puede garantizar la venganza. Tan sólo puede intentar la rehabilitación de los individuos. Y claro, aquí es dónde las personas que vemos de cerca cómo funciona nos hacemos estas preguntas: ¿se puede rehabilitar a todo el mundo?

Pues no. Si una persona no quiere cambiar, no lo va a hacer. Pero es que además, cambiar es un proceso, y algunas rehabilitaciones son para toda la vida, y hasta puede haber recaídas, y aquí es dónde nuestro sistema falla estrepitosamente. Porque algunos procesos descartan lo emocional de tal manera que lo que logran es aumentar la intensidad del odio, cuando lo que necesitamos es que lo diluya.

Todas conocemos algún caso así:

Una persona que se ve inmersa en un proceso judicial, burocrático, extenuante, en el que se juega algo vital. Y se vuelve loca. Y hace algo drástico. Y la sociedad la juzga. Y entonces hace algo peor.

Y por si fuera poco, nunca nos ponemos en su piel, porque lo que ha hecho no tiene justificación lógica. Porque ni tú, ni yo, ni nadie en su sano juicio haría algo así. Por lo que intentar comprender esa conducta y esos hechos se vuelve algo nauseabundo. Es algo que también me fascina de la gente que escribe o investiga sobre crímenes.

Hace años, vi una película que hablaba de esto, se llama “Tinta roja”, en ella un periodista le explica a su aprendiz que no debe juzgar al escribir unos hechos, y le suelta una frase demoledora pero llena de sabiduría: “la única diferencia entre ese pobre diablo y tú, es que vos lo pensaste pero él lo hizo, nunca sabes a dónde te puede llevar la vida.”

Es precisamente por esto que a mí me cuesta posicionarme con los casos que se hacen públicos. Porque no tengo ni idea de los hechos, ni de las pruebas, ni de los testimonios. Para mí el gran fracasado, el gran culpable es el sistema. Y encima ni siquiera aprende.

Uno de los consejos que doy a todas las familias que acuden a mí, incluso antes de haber cobrado es este: “Solucionad todo lo que podáis entre vosotros, en el momento que interceda una institución en vuestro problema os va a aplicar un protocolo y ahí, vuestros intereses no le van a importar a nadie que decida.”

Y así vamos, por eso trabajo en la prevención, es en dónde la esperanza se muestra con mayor magnitud y eso hace que cuando tengo que trabajar ampliando mi zona de confort, valga la pena.

He llegado a la conclusión de que cambiar el sistema es tan complicado que es más sencillo enseñar a las personas cómo comportarse para no tener que usarlo.

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LO QUE NUNCA TE CONTARON DEL ASCO

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Si te pregunto por algo que te provoque asco, es probable que tu primera reacción sea pensar en algo viscoso, maloliente, residual. Y es muy común. Es lo lógico. la naturaleza nos ha dado la emoción del asco para sobrevivir a venenos, enfermedades y tóxicos.

Seguramente una de las cosas que más asco nos da a cualquiera es el agua putrefacta. Y es por eso, porque nuestros antepasados si bebían agua en mal estado se morían, pero es que además se morían de una forma muy asquerosa: entre vómitos y diarreas. Otra cosa que nos repugna enormemente.

Puede que a estas alturas ya hayas decidido dejar de leer porque te empiece a dar vueltas la cabeza. Pero espera, te pido un par de líneas para explicarte la evolución que ha tenido esta emoción en nuestra genética y cultura, a través de nuestra historia, hasta su sentido actual.

En el último artículo te hablaba de la presión de grupo, como un mecanismo poderoso para mantener a la comunidad unida, y es precisamente el asco, la emoción que juega un papel importante en este engranaje, ya que es la emoción que puede hacer que un individuo trascienda una conducta perversa y modifique la dinámica de la tribu.

Cada vez que sentimos que un hecho es injusto, la emoción que primero se activa es el asco, aunque luego de paso a otras como la tristeza o el enfado. Porque cuando algo nos parece inaceptable lo que se nos remueve por dentro, nos está avisando de que algo va a ser dañino o perjudicial para nuestro ser. Exactamente lo mismo que con un olor nauseabundo.

De hecho, en 1938, Jean-Paul Sartre escribió una novela reveladora llamada “La náusea” en la que su protagonista sentía esta sensación todo el rato como reacción a la doble moral que le rodeaba.

Algo en su interior pedía a gritos que se revelase ante la presión social existente en la que todos se hacían pasar por hombres de moral intachable cuando en la intimidad cometían actos despreciables.

Y hablando de desprecio, este sentimiento también bebe del asco, aunque pensemos que es la máxima expresión de la indiferencia, en realidad es el asco de quien se cree superior y/o se siente mejor que esa persona a la que mira con desprecio.

Y este sentimiento es muy poderoso en los procesos de bullying, acoso, maltrato…

Porque es también un mecanismo de protección atávico el excluir del grupo a quien “aparentemente” no tiene nada que aportar, o que claramente tiene sus capacidades mermadas.

Y seguramente, en algunas sociedades, la única forma de mantener la estabilidad grupal fuera condenar al ostracismo a las personas que mantenían conductas disruptivas.

Sin embargo, en una sociedad civilizada y justa, sabemos que la diversidad enriquece, sea del tipo que sea, tanto de género, de raza, de capacidades cognitivas, de funcionalidad, de cualquier cosa que se te ocurra.

Por eso es fundamental que el sistema educativo evolucione y diseñe nuevas articulaciones para integrar dichas conductas y destierre la mecánica del abandono, del mirar hacia otra parte, de escurrir el bulto, de mantener la autoridad por encima de cualquier otra cosa.

Necesitamos personas asertivas, diversas, negociadoras, con habilidades sociales y una gran capacidad creativa.

Nadie sabe cómo va a ser el futuro.

No sabemos qué profesiones serán punteras.

Ni tan siquiera sabemos si el aire podrá respirarse.

Lo que sí sabemos es que la violencia como mecanismo resolutivo del conflicto no funciona.

Necesitamos más dinámicas win-win.

Necesitamos líderes que entusiasmen, que unan a la gente, que sepan delegar y motivar equipos. Vivir bajo el yugo del miedo y el placer inmediato está dejando de ser productivo.

Genera mucho trabajo en vacío.

Genera más gasto social que de consumo.

¿Y en casa? Pues lo mismo, necesitamos identificar y aceptar nuestras emociones, aceptarlas, buscar la manera de enfocarnos en las soluciones y practicar las habilidades sociales básicas.

La represión emocional que llevamos arrastrando todos estos años de poco o nada nos ha servido, porque negar lo que sentimos nos lleva al bloqueo. Sin embargo, hemos logrado comprender que este no es el camino.

Y para ello necesitamos estar. Pero estar de verdad. Para conectar. Para tener oportunidades de comunicación. Para cambiar. Estar es imprescindible. Sin presencia la conexión es inútil.

¿Y entonces, es el asco importante? ¿Yo no suelo tener ascos? ¿Seguro? En mi día a día me encuentro con multitud de situaciones molestas: gente que molesta en la carretera, gente que molesta en bares y restaurantes, gente que molesta en las redes sociales.

Muchas personas están soportando situaciones insufribles en su casa, en su trabajo, en su escuela, en su vida familiar. Y aguantan cada día, ignorando todos las señales de asco que refleja su cuerpo.

El asco produce una gran infelicidad. Provoca gran malestar cuando se cronifica. Y nos acaba frustrando y/o amargando. Identifícalo y escucha qué te intenta decir.

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